Sospecha de una guerra imposible

De los 90.000 documentos secretos sobre la guerra de Afganistán que se han filtrado, lo más importante no es el número de ellos, ni el balance de los muertos por los más diversos títulos habidos en el transcurso de la contienda, sino las referencias de cualidad sobre las que giran los avatares de un empeño militar y político que no logra moverse más que en torno a si mismo, sin progresos o avances que guarden la más remota proporción entre lo que se aplica, en hombres y en material militar, y lo que se obtiene en lo militar y lo político. Evoluciona aquello como una suerte de agujero negro, que todo se lo traga y nada devuelve en términos de luz capaces de alumbrar algo esclarecedor sobre lo que realmente pasa y puede suceder en adelante.

Pasa a ser obligado mirar hacia atrás para explicarse lo que ocurre, porque hacia delante nada o muy poco se ve capaz de generar aliento entre quienes se encuentran involucrados tanto en responsabilidades políticas como en compromisos militares. Y digo mirar hacia atrás, para sacar fuerzas y recabar algún género de evidencias ante tan dilatado tremedal como es la actual guerra afgana. En el anterior, en el fangal inmenso de ocho años donde la URSS contrajo la anemia política y militar que acabó con ella, ocurrió algo que pudo llevar a la creencia, entre los occidentales, que nunca podría pasarle a ellos.

Decían los soviéticos, y por aquí nadie les creyó, que lo suyo en Afganistán no era una aventura geoestratégica para dominar la embocadura asiática del mundo del petróleo desde el Caspio e Irán hasta Iraq y el entero Golfo Pérsico. Insistían en decir que la razón de aquel empeño no era otra que cortar el hervor islamista en el Asia occidental y el Caucaso, amenazándoles en lo más sensible de su propia seguridad nacional. Nadie les creyó y prácticamente todos nos alegramos cuando la URSS, política y militarmente desangrada llegó, sin fuerza alguna, al desafío económico y tecnológico que supuso la llamada “guerra de las galaxias”.

Ocurrió luego que ese mismo factor islamista que obligó a la retirada soviética de Afganistán, se volvió Estados Unidos, que había sido el soporte de fondo en aquella larga campaña, operando sin saberlo como catalizador histórico de un islamismo nuevo. Algo reformulado para la acción. Un potencial que, desbordado el largo, silencioso y oscuro quehacer de las “madrasas”; embalsado hasta entonces en el rencor estéril de los Hermanos Musulmanes egipcios contra el Occidente vencedor del Califato turco, la Sublime Puerta, en la Primera Guerra Mundial.

Las voladuras de las Embajadas norteamericanas en Kenia y en Tanzania operarían como rampas de lanzamiento de lo que después sería el 11-S de 2001 contra Nueva York y Washington. Ello traería de seguido la guerra contra los talibanes y el ciclópeo error de la guerra de Iraq, el ultimo gran reducto del antídoto por excelencia en Oriente Medio frente al islamismo, que no era otro que el nacionalismo árabe.

Ahora, frente a los talibanes y Al Qaeda, regionalmente, la OTAN no dispone de otro apoyo que del islamista Pakistán, hermano de leche de su enemigo en el campo de batalla. Y no puede ser de otra manera porque la yema del nacionalismo paquistaní es la propia clave islámica que le llevó en su momento a escindirse de la India. La doblez de los servicios secretos de Pakistán, de día con los norteamericanos y de noche con los talibanes, es una resultante estructural de la realidad de las cosas. Tan estructural y tan de fondo que alimenta la sospecha de que la de Afganistán sea una guerra imposible. Tanto quizá como no estar en ella.