Pulso geopolítico en el mar del Japón

Fin de semana formalmente crítico en el Mar de Japón. Estados Unidos y Corea del Sur efectuarán desde este domingo hasta el próximo miércoles maniobras navales conjuntas, anunciadas ya en su día, en respuesta al hundimiento, el pasado mes de marzo, de una navío de guerra surcoreano, la fragata “Cheonan”, por el impacto de un torpedo norcoreano, conforme posterior certificación internacional tras del análisis de los restos materiales del incidente, ocurrido en aguas cuya titularidad se disputan los Gobiernos de las dos Coreas. Como se recordará, en el hundimiento de este barco, partido en dos mitades por el impacto, perdieron la vida 41 marineros surcoreanos. Sabido es también la oposición de China, valedora de la dictadura comunista norcoreana, a la realización de estas maniobras navales, desde la consideración de que las mismas deteriorarán gravemente la estabilidad en la zona.

La dimensión política de estos ejercicios militares conjuntos, con los cuales EEUU enfatiza la incondicionalidad de su apoyo al Estado surcoreano, es una certeza ratificada por la visita que estos días han realizado a la península coreana la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y Robert Gates, secretario de Defensa de la Administración del presidente Obama luego de haberlo sido, sin solución de continuidad, el presidente George W. Bush. El órdago norteamericano no deja resquicio alguno, ningún margen a la interpretación en contrario. Sólo la trabazón de los compartidos intereses financieros y monetarios entre Pekín y Washington, parece operar como clave y colchón y amortiguador de la estridencia propia de esta circunstancia.

El perfil que corresponde a este estado de cosas ha dispuesto de un segundo turno de escenificación en la conferencia de la ASEAN (Asociciación de Naciones del Sureste Asiático), donde la presencia como observador del representante del régimen de Pyongyang ha servido para reiterar el punto de vista propio, flanqueado por el de Pekín; un punto de vista éste que parece esperar algo que tuviera que ver con la desaparición, acaso por muerte próxima del dictador norcoreano. Una especie de autista sin otro remedio que el de que confirme el rumor que le da muy poco tiempo de vida, y que su desaparición dará entrada en escena a uno de sus hijos llamado a sucederle, repitiendo así la conocida historia, en el Tercer Mundo, de dictadores que se convierten en reyes a su muerte puesto que trasmiten el poder que tenían a uno de sus vástagos. Sería algo parecido a lo que Gadafi prepara desde su jaima en las afueras de Trípoli, durmiendo como las liebres, con un ojo abierto, si es verdad eso que dicen de tales lepóridos, respecto de lo cual tendrá su última palabra mi vecina de columna, la sapientísima Fernández- Aceytuno. No fuera cosa que Ronald Reagan resucitara y mandase que le bombardearan, como en aquella ocasión en que un agente libio colocó una bomba en una sala de fiestas de Alemania, donde un puñado de soldados norteamericanos pasaban el rato.

Pero ni en sueños podría ocurrir una cosa así, puesto que Gadafi, al que Bush había puesto en su “eje del mal”, con Siria, Irán y Corea del Norte, se arrepintió de sus sueños atómicos y mandó a Washington todos los planos y papeles que tenía sobre el particular, comprados en Pyongyang o en Islamabad, quien sabe, porque el dinero le sobra y el petróleo no le falta.

Washington parece hacerle caso a los chinos y que no llevará la crisis geopolítica de estas horas, con sus portaviones en el mar del Japón, los cazabombarderos en el aire y los 30.000 soldados en tierra surcoreana, desde l953, cuando se firmó el armisticio de Panmunjon. Un acuerdo que acabó con los tiros pero no con la guerra de Corea.

En cierto modo, por el cruce positivo de intereses entre Washington y Pekín, este pulso geopolítico de ahora en el Mar del Japón va a ser una crisis con el seguro puesto. China sería la garantía de ello.