Crónica de una ruptura anunciada

Estaba cantado. La manera en que fue recibida en Caracas la denuncia colombiana sobre la presencia de la Farc y del ELN en territorio venezolano ya permitió saber que ocurriría lo ahora sucedido, luego de que el representante permanente de Colombia en la OEA denunciara oficialmente el problema, con la aportación de pruebas documentales en las que se incluyen fotografías y planos. Las cifras son muy precisas: 1.000 narcoguerrileros y más de 80 campamentos estables.

Previamente, desde hace un año las relaciones entre Caracas y Bogotá estaban congeladas tras la denuncia colombiana de transferencias de armamento a las Farc  adquirido por Venezuela en el extranjero. Y ahora, con las añadidas denuncias de la implantación guerrillera en gran escala dentro de su propio territorio, el Gobierno colombiana ha venido a poner la puntilla a tan decaída y crítica relación.

Ocurre además que el texto de lo de ahora mismo – la instalación guerrillera en Venezuela y la transferencia de armas a las narcobandas – tiene su contexto histórico. Un marco de hechos y situaciones en el que destaca sobremanera lo ocurrido en marzo de 2008 en Ecuador, donde fue destruido el campamento central de las Farc, en el que se encontraba su entonces mando supremo, el tal “Raúl Reyes”, que fue eliminado durante  el bombardeo. Permitió la operación aquella un botín de guerra de enorme valor militar y político: los ordenadores donde estaba el relato y las cuentas de las relaciones y contactos de las Farc con algunos Gobiernos del hemisferio iberoamericano.

Desde entonces, el Gobierno chavista de Rafael Correa mantiene rotas su relaciones con el de Colombia como consecuencia de la operación aquella, que si cierto es que fue realizada en territorio ecuatoriano, no lo es menos que el Gobierno de Quito incurrió en responsabilidades ciertas por haber permitido, voluntariamente o no, la presencia estable en su propio territorio de la narco-insurgencia colombiana.

Por ese patrón se ha cortado Chávez el traje político ante esta crisis. Daràn crédito a sus argumentos sus correligionarios y su cómplices. En cualquier caso abrirán una crisis en el seno de la OEA de parecido o mayor porte que aquella otra que se abrió con la destitución en Honduras de Manuel Zelaya como presidente del país. Pero esta crisis arrastra otros riesgos que los políticos.

Veremos a dónde llegan las bravatas del caudillo bolivariano.