Chávez expropia la libertad de expresión

Vistas las decisiones anunciadas por Hugo Chávez, en su tabarra semanal “Aló Presidente”, sobre “Globovisión”, la cadena de TV más cumplidamente crítica con la gestión del golpista al que golpearon en 2002; advertido el rigor jurídico y democrático de sus argumentos, el término “dictadura” aplicado a su sistema de gobierno, es apelativo que se queda corto y resulta impreciso. La arbitrariedad sería algo que también, de otro punto, se quedaría corto. Posiblemente fuera el término despotismo aquello que más cuadraría con la realidad de lo que en Venezuela se padece por las mayorías. Un despotismo, por demás, de tal zafiedad y porte que se sitúa en las antípodas de lo que quepa entender como ilustrado.

Ha dicho el caudillo bolivariano sobre “Globovisión” y su propiedad, además de sobre sus legítimos dueños, que no la va a expropiar sino a adquirir, puesto que de sus legítimos titulares – uno fallecido y otros dos exiliados en Estados Unidos para escapar a su persecución política, Guillermo Zuloaga y el banquero Nelson Mezerhane – tomará la propiedad de los respectivos paquetes accionariales. Además de recabar del Gobierno norteamericano, para el banquero perseguido, que se le extradite por “ladrón”.

Hagamos una parada en el camino. Dictadura será todo sistema de poder sin base democrática y sin otro asiento que la voluntad de un individuo, ajeno a todo principio político que no sea el de la prevalencia de su voluntad misma. Aunque en la práctica de ese poder tipo de poder, a veces, pueda observarse el respeto a normas culturales y morales de común aceptación por los integrantes de la comunidad nacional de que se trata. Pero no todo lo no democrático ha de ser tildado de dictatorial, y menos aun de totalitario. Ni los sistemas tribales, o los culturalmente arcaicos, como las monarquías de ciertos países musulmanes, deben sin más considerarse dictaduras; ni, por el contrario, cabe negar la condición de democracias a los sistemas políticos constituidos como monarquías parlamentarias.

El caso de Chávez, en este concreto y anunciado zarpazo sobre la propiedad de “Globovisión”, al igual que sus crecientes desmanes contra las libertades en general y contra la de expresión muy en especial, por más que se apantalle en la democrática manera con la que finalmente consiguió el poder luego de su precedente y fallido golpe de Estado, en tiempos de Carlos Andrés Pérez en la presidencia de Venezuela; el caso de Chávez, digo, podría clasificarse como el de estadio de una crisálida política, como el de otras tantas en las que las izquierdas, especialmente las marxistas, tras de conseguir el poder a través de las urnas, se instalan en una deriva mediante la cual, una tras de otra, van reventando las costuras del sistema democrático de libertades para transformarlo en otro que es su opuesto paradigma. En el de la democracia supuestamente para la igualdad. Chávez, por lo pronto, ya tiene instalada en su país una “nueva clase”, la llamada “boliburguesía”. Ahíta de privilegios y derramada de obsecuencias al poder y complicidades en sus abusos.

Por muchas razones de cambio histórico, con la Venezuela de Hugo Chávez no pasará lo mismo que ocurrió con el Chile de Salvador Allende. El golpe ya se lo dieron a Chávez en 2002; sin razón suficiente y sin la convicción necesaria, según la mayoría de sus adversarios políticos. Aquello de 2002 fue por ello, propiamente, una vacuna contra el golpe. Y ahora, para después de que expropie del todo la libertad de expresión, además de la orgía de zafiedad y la miseria de las masas, lo único que amenaza quedar en Venezuela, salvo el concurso de un grave conflicto regional – acaso con Colombia, por causa de las Farc -, es la caída por implosión en protectorado leninista de los Castro. Todo en zoología tiene su variante tropical, especialmente las crisálidas revolucionarias.