Netanyahu sigue echando borrones

Parece ratificarse la siempre sospechada e incluso advertida certeza de que un Gobierno israelí presidido por Benjamín Netanyahu sería la peor aportación de la derecha judía a la idea de una paz posible entre el Estado judío y los palestinos. Se corroboró trágicamente en la pésima instrumentación de la intervención militar -la insuperable chapuza de Ehud Barack y su equipo- contra la flotilla pacifista que intentaba romper el bloqueo a que Israel mantenía a todo evento la ciudad de Gaza. Un símbolo al que Hamás tiene sometido como rehén, desde su enunciado ideológico y teórico, y con su actuación concreta contra el reconocimiento árabe el Estado judío; en consonancia con la filiación genética de Hamás con los Hermanos Musulmanes, la anteiglesia del terrorismo islámico de Al Qaeda.

En la fobia antinegociadora de la paz entre árabes e Israel, coincide con Hamás el Gobierno del Likud. Un equipo gestor que está ahí por arbitraje del presidente Péres, cuando encargó a Netanyahu la formación del Gabinte tras las elecciones de la primavera de 2008. Pese a que fuera Tzipi Livni, con su partido Kadima, quien venció en ellas al obtener un escaño más que su concurrente en el espacio político del centrismo y la derecha. Era Livni quien mantenía por parte judía las negociaciones de paz con los palestinos para la sustitución de la ANP por el Estado Palestino. Algo que habría de conseguirse cerrar antes de que el año de 2008 acabara, tal como había establecido y convenido la conferencia de Anápolis, todavía durante la presidencia de George W.Bush.

Pues ahora resulta que mientras permanecen sin progresos las provisionales negociaciones indirectas en la relación palestino-israelí, indirectas y concertadas por George Mitchell, el enviado especial de EE.UU para Oriente Medio, el ministro israelí de Asuntos Exteriores, un ultraderechista que atiende por el nombre de Aviador Lieberman, sale con el registro de que ni aun en el 2012 se habrá conseguido un acuerdo sobre el Estado Palestino.

Esta declaración tendrá su razón de ser en la idea del Gobierno de Netanyahu de que tanto los palestinos como el Cuarteto internacional que impulsa el proceso vayan haciéndose a la idea de que no se establecerán las precondiciones necesarias, tal como la parte árabe exige, para dar el paso de las negociaciones indirectas, intermediadas por Mitchel, a la negociación frontal y directa. Tales precondiciones no son otras que el acuerdo sobre seguridad de fronteras y un cese completo de la actividad inmobiliaria judía en los territorios ocupados.

Las cosas, pues, no pintan nada bien. Ni para las negociaciones en sí ni para la sintonía de Tel Aviv con Washington, a donde Netanyahu viajará en fecha próxima para entrevistarse con Barack Obama. Al que por lo trascendido, le viene poniendo un tanto de los nervios, pues lo cuestión pendiente de la paz de Israel con los árabes tendría, de ventilarse tan sustancialmente con el establecimiento del Estado Palestino, una función y efecto de contrafuerte político de la mayor importancia en el entero contexto de Oriente Medio. Y, además, para la recoloración política de la guerra de Afganistán, tan envenenada por el islamismo. Ese envenenamiento obstruye la entrada en el escenario de componentes y alternativas de tipo nacionalista y por ende laico. Pero el mundo de Netanyahu es un tapón para esto. Parece como si la seguridad de Israel contara menos que la de sus negocios inmobiliarios. Atentos al señor Lieberman.