Obama, atrapado por el síndrome del “Prestige”

El impacto de la catástrofe ecológica producida por los derrames de petróleo en el Golfo de México, sumado al ocasionado en el empleo por la crisis, han hecho caer en picado la popularidad del presidente Obama, tal como refleja la caída de cinco puntos durante sólo mes en las encuestas de opinión. Además del general descenso desde el 70 por ciento de cuando le eligieron al 48 por ciento de ahora.

Pero lo que posiblemente más preocupa al presidente demócrata, más allá del estruendo del petróleo vertido – aunque sea eso la causa inmediata del deterioro de su imagen – es la no recuperación de los niveles del empleo, que históricamente, desde después de la Segunda Guerra Mundial llegaron a instalarse durante largos periodos con un paro del orden del seis por ciento.

Así, aunque el síndrome del “Prestige” sea lo que más le desluce, el desempleo le representa y supone la mayor preocupación. Es la nata negra de la crisis económica, más oscura todavía que los vertidos ocasionados con el accidente sufrido por la petrolera BP. La prueba más elocuente de la prioridad que esta Casa Blanca concede al paro se encuentra en su planteamiento ante la próxima Cumbre del G20. Apuesta por la expansión como primer objetivo, al que subordina la estabilidad, que es la preferencia estratégica de la Unión Europea.

Ante ese panorama de disenso atlántico, al fondo de la escena comienza George Soros a tocar los tambores de guerra contra el Euro. Posiblemente fiado en lo que fue su victoria histórica contra la libra esterlina, el 11 de diciembre de l992. Puesta de golpe en el mercado un oferta de 10.000 de libras, el Banco de Inglaterra hubo de echar la toalla y el mega-especulador se embolsó una ganancia neta de 1000 millones de dólares en sólo 24 horas.

Washington a un lado y enfrente Berlín. Para Obama, vistas las claves de su caída de imagen, lo preferente es la creación de empleo por vía de políticas de gasto público, en un relanzamiento de políticas neokeynesianas que no hacen nada felíz a la canciller Merkel, dispuesta a que la Unión Europea siga la ruta alemana consistente en interiorizar preferentemente en la propia Constitución de cada uno las pautas de disciplina presupuestaria contenidas en los Tratados de Niza y de Lisboa, para embridar con ello el gasto y estabilizar las economías en términos y condiciones que, de manera bien precisa, vengan a “constitucionalizar” como resultado la robusta condición de la moneda europea.

Se trata, desde la preocupación de Obama por el paro y su fórmula expansionista a la reunión del G20, de poco menos que un choque de trenes entre los dos socios de la Alianza Atlántica, a la que le han cambiado su jefe militar en la guerra de Afganistán.

Aunque a plazo inmediato su imagen esté primordialmente atrapada por el petróleo

vertido a las aguas del Golfo de México, Obama es a su modelo de crecimiento a lo que se aferra y en lo que dará la batalla frente a la canciller Merkel. Quiere, y está en su derecho a quererlo, tener despejado al precio que sea el crecimiento económico en las próximas elecciones presidenciales norteamericanas.