No pudo ser de otra manera

Lo del general Stanley McChrystal sólo podía quedarse en lo que todo ha quedado. En su destitución fulminante. La cosa no tenía otro desenlace posible. Para sólo echarle una bronca al jefe militar de la OTAN y director de la guerra de Afganistán, al presidente Obama le hubiera bastado el teléfono. Pero la destitución fulminante requería la presencia en la Casa Blanca. Tomar el avión desde el escenario de la guerra, llegar a Washington y poner el cuello, previamente ofrecido con la redacción de la epístola de la dimisión. David Petraeus, actual jefe del Comando Central del Ejército, ha sido designado para que asuma el mando.

¿Qué pudo pasar para que McChrystal y sus próximos en la guerra, ante los reporteros de la revista “Rolling Stone”, vertieran y dijesen lo que dijeron de los colaboradores inmediatos del presidente Obama, e incluso del propio presidente? Carece enteramente de sentido, y de precedentes. Con toda razón se habían preguntado en Washington durante las últimas horas sobre qué podía haber oscurecido la cabeza del general para cargar contra todos, no sólo en la Administración federal sino también en el servicio diplomático americano en Kabul y contra ministros de Gobiernos aliados. Quizá un día no lejano se sepa.

Pero otras son las cuestiones que habrá de preguntarse de inmediato. La primera de todas, en lo que al desarrollo de la guerra se refiere, será la de saber hasta dónde donde puede incidir, en el inmediato decurso de la campaña, el cambio que se ha operado en la dirección de la misma. Y tanto como, específicamente, las conclusiones prácticas a que habrán llegado los afganos todos, desde los del Gobierno a los combatientes de uno y de otro lado sobre el significado, más o menos profundo, de lo sucedido.

La poderosa máquina norteamericana ha sufrido sino una avería grave sí un trastorno manifiesto, de obligadas e inmediatas consecuencias en el sincopado fluir de la política afgana, en las relaciones con los aliados de la OTAN, en el decurso de la guerra y en el propio parecer del pueblo americano, en cuya memoria histórica se registran sucesos de disidencia militar e incluso de desacuerdos políticos expresos entre el poder castrtense y el poder civil, como fue el caso del general McArthur con el presidente Truman, sobre el rumbo que había de seguir la guerra de Corea; pero no aparecen cosas, inconveniencias tan m anifiestas como las que han llevado a la destitución fulminante del jefe militar de la OTAN y director de la guerra afgana.

Aquí hay una clave no desvelada que, como digo, puede que no tarde en conocerse. Acaso se haga en unos días. Habría desacuerdos no aflorados y rencillas silenciadas. Pero, por mucho que fuera, nunca pudo haber base como esa escandalosa salida de pata de banco que entonaron a coro McChrystal y sus acompañantes ante los reporteros.