Torpezas a todo gas

El espectáculo que comparte el Gobierno ruso con el bielorruso a propósito de las cuentas pendientes entre sí por causa de los suministros de gas y de los derechos de paso del gasoducto por Bielorrusia camino de Europa, concretamente Lituania, Polonia y Alemania, no puede decirse propiamente que sea un pleito presentable, ni por el fondo ni tampoco por las formas a que recurren una y otra parte.

La calidad técnica de los interlocutores, desde Lukashenko, el presidente Bielorruso, al presidente de la Federación Rusa, Dimitri Medvédev, deja mucho que desear por su sensible nivel de incompetencia. Es algo, sin embargo, que tanto puede atribuirse al marco estrictamente político como al muy escaso peso técnico y profesional del equipo que gestiona el gigante energético Gazprom.

Que toda una jornada de discusiones entre el Gobierno bielorruso y el ministro Lavrov, titular de Asuntos Exteriores, sobre las compensaciones debidas o cruzadas entre las dos partes, haya dado paso a otra en la que el propio Lukashenko, el jefe del Estado bielorruso acaba por reclamar para sí una posición acreedora frente a Gazprom, puesto que los derechos de paso exigidos ahora desde Minks a Moscú exceden a los que se derivan del ajuste de tarifas exigidos desde Moscú a Minks.

Alguien ha hecho mal las cuentas y puede en consecuencia que ruede alguna cabeza, concretamente la de quien preside Gazprom, que al parecer no cayó en la cuenta de que no había satisfecho los citados derechos de paso. Entre tanto, en otro orden de cálculo y criterios de compensación, había el Gobierno bielorruso pretendido abonar la diferencia que pesaba en su contra por medio de pagos en especie, en una suerte de régimen de trueque que incluía desde alimentos a productos industriales. Algo que desde Moscú se rechazaba con el argumento de que la ley rusa establece que los pagos por la energía adquirida se deben hacer en divisas.

De no ser porque hemos entrado ya en el verano y la demanda de gas desciende sustancialmente, podríamos estar hablando de un problema que tendría tintes dramáticos, como ya ocurrió en el pasado con Ukrania, en sus disputas durante el tiempo que gobernaba la anti-rusa coalición anterior; pero el anunciado actual de tales riesgos son tintes cómicos y de sainete los que presenta. Lo fluido de las relaciones entre la Kiev de ahora y Moscú, especialmente después de haberse renovado el arrendamiento de la base ucraniana de Sebastopol por más de otro cuarto de siglo, permite garantizar tanto como que el conflicto gasístico entre Moscú y Minks, por mucho que empeore ahora mismo y de cara al invierno, nunca volverá a inquietar a la Unión Europea por riesgo de caída o suspensión de suministros de gas.

Es de observar, además, que en el caso de Alemania -directamente la más afectada parte europea por el rebote bielorruso- se encuentra desde hace muy poco incursa en un plano de muy mejorada relación con Rusia, planteada conforme un nuevo y profundo sistema de diálogo entre Berlín y Moscú. De momento sólo cabe hablar de torpezas y chapuzas a todo gas entre el vendedor y un comprador que al propio tiempo alquila su territorio nacional para el paso del gas.