Acierto israelí sobre el bloqueo de Gaza

Netanyahu ha cambiado las listas, por Consejo al parecer de Tony Blair en su gestión mediadora, y se ha apuntado un tanto importante en el ajedrez de las tensiones, a propósito de Gaza, que está jugando ahora con la nueva “flotilla” humanitaria armada por Turquía, y con los envíos navales de Irán, en los que no se detecta presencia de ninguna clase de onegés, de Occidente ni de Oriente. El recurso al empleo de la cintura frente al recurso del maxilar es camino nuevo en político israelí como éste. Puede así sacar mejor partido que el la rigidez y la dureza huérfanas de matices.

Las listas que ha cambiado el Gobierno judío son la materia del acierto. Habrá cogido a contrapié a Erdogan y Hahmadineyad, actuales mandarines en Turquía y en Irán. Netanyahu ha invertido la lente con la que se ayudaba, para seguir ahora procedimiento consistente en abrir la mano pero y con ello evitar riesgos innecesarios. Ha dejado a un lado el sistema hasta ahora seguido de establecer el número las cosas que pueden entrar en Gaza para tomar la opuesta fórmula de limitarse a enumerar las cosas que están prohibidas.

Así se acaba mucho antes y no hay lugar a confusiones, desde las bolsas de patatas fritas a los sacos de cemento con que arreglar las casas dañadas durante el último conflicto armado. Ese de diciembre de 20008 y enero de 2009 con el que Hamás, pilotado menos que a control remoto por la República Islámica de Irán arruinó el proceso de las negociaciones de los demás palestinos, representados por Mahmud Abbás, con Israel, aplicadas a convertir la ANP (Autoridad Nacional Palestina) en Estado Nacional Palestino con sus atributos soberanos.

Tal desenlace, que significaba el reconocimiento de Israel por la parte más representativa de las reivindicaciones árabes, era y es el peor de los desenlaces para la República Islámica de Irán, que pese a ser la capital del mundo chií coincide puntualmente con el antijudaísmo representado por la cepa suní de los Hermanos Musulmanes, con la que conecta Hamás. Es la secta islámica que en las elecciones de 2006 consiguió derrotar electoralmente en Palestina al nacionalismo árabe representado por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), el movimiento político heredero de Arafat, representado por Mahmud Abbás.

Tales son las razones de complementariedad política entre el régimen de Irán, con Mahmud Ahmadineyad, títere político del Líder Supremo de la Revolución, Alí Jamenei, y el movimiento Hamás, acaudillado Ismail Haniya. Aquel es la negación de Israel y del Holocausto nazi, y éste es el enemigo palestino, por islamista, del nacionalismo árabe. Ocurre además que esta relación simbiótica bilateral se ha visto últimamente enriquecida por el rebote islamista de Erdogan, el primer ministro turco – socio de Rodríguez Zapatero en el estafermo ideológico de la Alianza de Civilizaciones -, resultante del rechazo europeo a su pretensión de integrar a Turquía en la UE. Algo que, en la práctica y a medio plazo, no resultaría en la europeización de Turquía (ensoñada por Kemal Atataturk, que secularizó el mundo otomano), sino en la islamización de Europa, sobre la ya establecida premisa demográfica resultante de los millones de musulmanes establecidos en ella a través de la emigración.

Una perspectiva trivial del problema de Gaza lo reduce todo a un enunciado humanitarista de flujos libres de leche maternizada y galletas, junto con sacos de cemento para la reconstrucción de la ciudad, tras de una guerra que provocaron Hamás y el régimen iraní. Y además de ello, esa percepción bendice la “generosidad” del otomano Erdogan, que sueña ahora con la restauración del Califato.

Posiblemente haya hecho Benjamín Netanyahu, con su apertura selectiva y humanitaria al bloqueo de Gaza, el movimiento más inteligente de toda su carrera política.