Onegés contra el estado de Israel

Tal era el planteamiento que precede esta nota, un desafío del onegismo global al Estado de Israel, que se mantiene en alerta armada frente a la situación de hecho creada por el islamismo de Hamás en la Franja de Gaza, de donde expulsaron a tiros a los nacionalistas de la Organización para la Liberación de Palestina. Echar un pulso como ese, con una flotilla de seis embarcaciones y voluntarios civiles de 60 países, entre los que figuraban -según la versión israelí- los inevitables pacifistas variablemente armados; hacer eso en un contexto de violencia sostenida cotidianamente desde Gaza, pilotada desde Irán por los ayatolás más profundamente radicales y antidemocráticos, era algo que, un día antes o un día después, había de llegar fatalmente a donde lo hizo ayer.

Insistir como se ha hecho desde el propósito propagandístico, en una situación como la existente entre el Estado de Israel y el islamismo establecido en Gaza, que es una situación bélica en la práctica, no podía menos que conducir, tal como ha ocurrido, más que a un suceso de armas. Sobre todo, si se prueba que ha mediado una provocación violenta por parte de los pacifistas, lo que habría dado pie a que hablaran los fusiles de la tropa judía.

Con todo, puede que eso no sea lo más importante. No sería ello el desenlace catastrófico de la aventura propagandística contra Israel, puesto que las aventuras bélicas se acabaron hace ya tiempo, con la guerra del Ramadán o del Yom Kipur, ocurrida en octubre de 1973. Lo más importante podría situarse en la génesis del proyecto, que corresponde a una Onegé turca (la IHH), cuyas conexiones con el Gobierno islamista de Recip Erdogan habría que analizar para que se despejaran dudas, pues el momento diplomático de éste es de una singularidad rayana en la alarma.

De una histórica proximidad, de plena sintonía con Washington, tanta que llevó a una suerte de tutoría de las conversaciones de paz entre Israel y Siria para la devolución de los Altos del Golán a Damasco (todo de conformidad con lo acordado en la Conferencia de Annápolis, en otoño de 2007), la Turquía de Erdogan ha pasado, de una parte, a operar con la República Islámica de Irán, del brazo del Brasil de Lula, en el más tabú de los asuntos para el consenso de las grandes potencias: el del enriquecimiento de uranio.

Algo que para el departamento norteamericano de Estado regala a Irán un tiempo (parte del que necesita para conseguir por los propios medios niveles críticos de enriquecimiento de uranio) que corre contra la seguridad del mundo. Hillary Clinton hizo la denuncia cuando en Río de Janeiro se celebraba la II Cumbre de la Alianza de Civilizaciones, a la que el presidente Rodríguez desistió de asistir cuando ya tenía hecha la maleta para viajar a Brasil. Porque, al parecer, la confianza de Obama es la única que le queda.

Ocurre además que Erdogan hace estas buenas migas con Mahmud Ahmadineyad cuando el islamismo palestino de Hamás, con Ismail Haniye como mascarón de proa, era el directo beneficiario político del frustrado desembarco de las onegés en el puerto de Gaza. La distonía turca con Washington puede haber cerrado el círculo de hielo con este desgraciado y trágico episodio de “desafío civil” y pacifista al Estado de Israel, para el que la seguridad objetiva y subjetiva sigue siendo la yema de su dilema. Especialmente con Netanyahu con las manos al timón.