USA se tienta la ropa con Corea

Pese a la declaración del presidente Obama respaldando las exigencias de su homólogo surcoreano, Lee Myung – bak y alertando a los militares estadounidenses para que estén preparados y coordinados con los de Corea del Sur ante la eventualidad de un ataque desde el otro lado del Paralelo 38, el Pentágono de Washington ha dicho “vade retro”, como rechazando a Satanás, cuando se ha esperado que calificara de acto de guerra – puesto que lo es – el hundimiento de una corbeta surcoreana, la “Cheonan”, el pasado 25 de marzo. 

Ahora se ha sabido que fue mediante un torpedo disparado por la Marina de Guerra norcoreana cuando el navío, que se fue a pique partido en dos con 46 de sus hombres, navegaba por el Mar Amarillo en aguas cuya soberanía se atribuyen los dos Estados. La identificación del arma empleada, por un comité internacional de expertos, certifica para todos la realidad de la agresión bélica; pero la reserva semántica y militar por parte de EEUU, certifica a su vez que reconocer enteramente la dimensión y cualidad de lo sucedido, implicaría de suyo, poco menos que automáticamente, la definición de un compromiso propio para la beligerancia por el hecho de que Estados Unidos es garante de la seguridad de su aliado surcoreano. 

Se diga lo que se diga, sin embargo, estamos ante un “casus bellí”, un caso de guerra o para la guerra puesto que fue una acción bélica la llevada a cabo por la dictadura comunista de Pyongyang, pilotada todavía en el que parece tramo final de su biografía  por el autista Kim Jong Il. Extremo éste que complica todavía más lo mucho que ya está la situación norcoreana, compelida como se encuentra a un cambio histórico global, por la propia evolución del sistema político chino – su máximo valedor con Moscú -, por el consumado cambio ruso, más allá del post-sovietismo, y por el ocaso biológico de la tiranía hereditaria reinante al norte del Paralelo 38. 

Volviendo a la muy calculada reacción norteamericana sobre el significado de lo ocurrido,  tanto en su nivel jerárquico militar como en su nivel político – es decir desde el jefe del Estado Mayor Conjunto hasta el secretario de Defensa -, debe repararse en la premisa de que parten y en las disponibilidades que de la misma resultan. La premisa  no es otra que la del doble compromiso que Estados Unidos tiene en el Continente Asiático: el militar, con la guerra de Afganistán: y el político, con el mantenimiento del cerco diplomático a Irán por causa de su programa nuclear. Asunto este que en notoria medida se imbrica con el propio problema norcoreano, pues no es de descartar que desde el mismo Pyongyang se hicieran aportaciones tecnológicas importantes para los desarrollos balísticos iraníes, que pondrían en valor crítico – en riesgo inasumible – los logros en armamento atómico que los iraníes consiguieran alcanzar un día. 

La guerra de Afganistán, según se señala en los referidos medios de la defensa militar norteamericana, limitaría en medida muy sustancial la capacidad de aportar tropas a la península coreana (donde se encuentran instalados establemente 28.000 soldados estadounidenses), lo cual, a corto plazo, desplazaría la posibilidad de apoyo suficiente, en caso de guerra, al arma aérea y al arma naval.  

Pero de momento todas esas eventualidades corresponden a un nivel de probabilidad que el Gobierno norteamericano entiende que aun no ha sido establecido. Es la hora todavía de estarse tentando la ropa.