Cuba, con la Iglesia como puente

Algún fruto parece que tendrá de inmediato la gestión del cardenal primado de Cuba, monseñor Ortega, después de la entrevista que sostuvo el pasado miércoles con Raúl Castro sobre los presos políticos que retiene en sus cárceles la dictadura cubana. Un lote, según estimaciones fiables, que asciende a los 200. No habrá excarcelaciones, al menos de momento. Aunque sí traslados de cada uno de ellos a las prisiones más próximas a los domicilios familiares, para hacer menos gravoso a los suyos acercarse en visita desde su respectiva localidad hasta los centros de internamiento.

Ni se trata obviamente de una excarcelación ni la cosa se va a quedar sólo en eso, sino, muy probablemente, del primero de los pasos que habrán de darse para ello. En cualquier caso, dos son los puntos en que habría que reparar. Uno es el de la probada capacidad y paciencia mediadoras de la Iglesia ante la cerrazón hermética del sistema; y otro, que la cuestión de los presos de conciencia le resulta ruinosa a éste. Pero también debe reconocerse que la práctica de las relaciones entre Washington y La Habana está incursa en un cambio objetivo, fatal. Derivado de la propia naturaleza de las cosas.

Tanto de Barack Obama como de Raúl Castro se espera la respectiva novedad, el correspondiente cambio, puesto que no ha habido enfático desistimiento expreso por ninguna de las partes de los iniciales gestos de teórica buena disposición para entrar en un nuevo escenario de relaciones. Habría que sumar a ello algo tan ajeno y tan neutral como la inesquivable colaboración cubano-estadounidense, ya comenzada al parecer, en la lucha contra la marea negra producida por los gigantescos derrames de crudo en el Golfo de México, ocasionados por el catastrófico accidente ocurrido en las explotaciones de la BP.

Pero lo relevante en estas horas es que el disidente Guillermo Fariñas, desde su casa, y otros disidentes encarcelados en sus propias prisiones, siguen con sus respectivas huelgas de hambre. Y, tanto como eso, que la Iglesia tiene un peso moral en la isla y ante el régimen castrista que, con el paso de los años, no ha hecho otra cosa que crecer y fortalecerse. Lo certifica la propia biografía del cardenal Ortega, que hubo de pechar con dos años de trabajos forzados en un campo donde fue internado luego de haber sido ordenado sacerdote. Decisiva fue su intervención en la histórica visita de Juan Pablo II, en enero de 1998.

Ello da pie a la idea de que pudiera ser precisamente la Iglesia el primordial factor de transición, o de algún tipo de sustantiva apertura en Cuba. El cardenal Ortega y otros sacerdotes de la jerarquía católica en la isla conforman una realidad cubana de interlocución, establecida y consolidada. Tan independiente del régimen la Iglesia como ajena a toda suerte de vinculación con poderes internacionales, a los que demoniza el régimen – desde su hiperpatriorismo de cobertura de lo dictatorial – para deslegitimar a cualquier interlocutor que le resulte específicamente adverso o políticamente molesto.

Un arbitraje eclesial que tomara como estribo lo que ya se practica a propósito de los presos de conciencia, también podría resolverse en garantía y blindaje para desmontar la dictadura comunista sin que medie el lógico revanchismo eventualmente anidado en el país al cabo de medio siglo de brutalidades y torpezas. Lo que se evitó en la Europa del Este con la caída del sovietismo, cabría esquivarse también un día en Cuba. Y acaso la Iglesia sería el puente.