Giros copernicanos en los pagos ucranianos

Como suele ser lo habitual en los servicios informativos de las televisiones, la reiteración en lo espectacular o más llamativo – especialmente si se dispone de las imágenes oportunas -, se acaba resolviendo en un discurso de desinformación, o de mero e involuntario ocultamiento de los elementos más relevantes del asunto de que se trata. Así ha ocurrido con la bronca “a la italiana” de lo sucedido en el Parlamento de Ucrania, una bronca que esta vez estuvo rebozada con huevos a montón. La explicación estuvo, en lo principal, suplida por el espectáculo. 

Sin embargo, tras del sainete de las imágenes se escondía uno de los giros más importantes habidos en la Europa del Este durante estos años. Tan importante como pudo ser, en distinto sentido, la guerra de Georgia en el agosto de 2008, cuando se celebraban los Juegos Olímpicos en Pekín y con ocasión de ello, en la capital china,  pudo parecer que George W.Bush y su ex amigo personal Vladimir Putín, andaban de copas con sus respectivas esposas. 

Pues bien, el ahora triunfante Víctor Yanukovich, era derrotado en las dos elecciones anteriores por el bloque político de la anti-rusa Revolución Naranja, acaudillada entonces por Víctor Yutchenko, al que envenenaron con dioxina durante la campaña electoral, según diagnosticaron los médicos austriacos que le atendieron en una clínica vienesa. Pero fue aquello un asunto al que se le perdió el rastro en cuanto Yutchenko ocupó la presidencia y entró la gobernación del país en una deriva de irregularidades sitémicas; deriva en la que se establecieron las condiciones para que, al cabo de la segunda ronda, electoral regresaran los entonces derrotados. 

Regresa, por tanto, un conjunto pro ruso con Víctor Yanukovich en la presidencia del país, luego de haber sido Primer ministro con Leonid Kuchma, que había estado diez años al frente de la República y en plena sintonía con los gobernantes del Kremlin. 

La recurrida – y finalmente consolidada – victoria de Yanukovich, que traía en su mano la inversión de la política exterior del Gobierno de Kiev, ha sido respondida y acogida por Moscú con el ofrecimiento a Ucrania de un contrato de suministro de gas natural con rebajas del 30 por ciento (se entiende que sobre las tarifas promedias vigentes durante el tiempo de las presidencias de Valdimir Putín, cuya política energética con Ucrania fue calificada de “brutal” por el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy), equivalente a un ahorro ucraniano de 40.000 millones de dólares. Cantidad con la que Rusia pagará el arrendamiento de la base naval de Sebastopol, desde este presente hasta después de 2017 – fecha en que expira el actual contrato, y a partir de la cual extenderá su vigencia por otros 20 años más, prorrogables con un quinquenio adicional. 

La diplomacia de Kiev, después de ocho años mirando a la Bruselas de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica, vuelve a estar orientada hacia la polar de Moscú, abierta a las prioridades del nacionalismo ruso en su doble expresión putiniana, por el ex presidente y actual primer ministro y por el actual presidente Dimitri Medvédev, un tecnócrata hecho a imagen y semejanza de Vladimir Putín, en todo menos en la helada aspereza de la granja del KGB. 

Sebastopol es una base fundamental para el dominio ruso del Mar Negro, sobre el que están montadas sus propias posiciones respecto al Caucaso como meridiano de salida de los gasoductos y oleoductos que trasiegan al Oeste los hidrocarburos de la cuenca del Mar Caspio. La bronca en el Parlamento de Kiev sólo fue la guarnición folclórica de los giros copernicanos que allí se votaron para sacramentar el pacto con Rusia.