Cosecha tempestades

Mientras que por rebote de la debacle griega  – cuya deuda cae a los niveles de los bonos basura, y a Portugal le baja S&P dos peldaños en su calificación -, a España se le duplica en un mes el precio de la deuda a corto plazo que adquiere en el mercado, pagando así tres veces el precio que satisface Alemania para su deuda a diez años. Todo por el mismo síndrome de incapacidad para preservar mínimos asumibles de equilibrio fiscal. Y todo también, la verdad sea dicha, en tanto se expande la pregunta sobre quien califica a los calificadores, las agencias de “rating”, luego de su contribución sistémica a la implosión de la Banca y la crisis financiera del 2008. 

Advertido que los vientos, como tantas cosas, lo mismo se siembran por acción que por omisión, son cada vez más los españoles miran y reparan, al margen de lo que votaran en ls últimas elecciones generales, en las responsabilidades por omisión en que incurrió y todavía incurre el presidente del Gobierno, al no reaccionar frente a la crisis económica. Por no aclararse en el grave extremo de que, en sistemas de libertad, no hay política económica más antisocial que aquella que impide el crecimiento y genera el paro. Asunto este cuya punta ha rasgado los dirigidos silencios del Instituto Nacional de Estadística por el concurso de un incidente informático, que ha revelado lo catastrófico de la alcanzada punta del desempleo. El terrorífico esplendor de la política antisocial. 

Ocurre también que la mensurable responsabilidad por omisión en política económica, cuando ya el enfermo espera a la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos, se acompaña de otras en política de policía institucional, esa que lleva a velar por el cuidado de las instituciones, tanto las sociales como las que componen en su ordenada jerarquización el entramado institucional del Estado. Más ordenado cuanto más se corresponde formalmente con el Estado Democrático de Derecho. Algo definido en su base por la división de su poder con la separación de los tres poderes que lo componen: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. 

Ahí, en un plano tan manifiesto de inducción – por aliento – y de omisión, la envolvente de la supuesta “sociedad civil” que dicen los muñidores de las manifestaciones y de los actos de acoso al Tribunal Supremo por someter a proceso al juez Garzón, ha sido una maniobra de sabida convergencia con otra; con la marcha, de vestidura institucional, montada desde Barcelona con la unanimidad de los medios periodísticos y la coyunda del catalanismo nacionalista de CiU y del catalanismo socialista del PSC, contra la continuidad de los equilibrios vigentes en el Tribunal Constitucional, como única vía para llegar a la meta imposible de que sea reconocido, como conforme a la Constitución, el engendro jurídico político del Estatuto de Cataluña. Tan alentado y orientado por el Faro de la Moncloa. 

La devolución de bronca (de la que le echó en la tribuna del desfile en el Día de las Fuerzas Armadas la presidenta primera del Gobierno) por parte de la presidenta del Tribunal Constitucional, ha hecho, en el Senado, que, por fin, se pronunciara el actual titular de la Moncloa contra la movida desguazadora del TC. Y también, al propio tiempo, ha tenido el presidente Rodríguez que reconocer el dato de que el paro se le ha ido de las manos al Gobierno mucho más allá de lo que pensaba, horas después de las glosas en sentido contrario realizadas por el fantasmón ex presidente casi vitalicio de la Junta de Andalucía. 

De todo ello resulta que si el crédito económico de un país se hubiera de medir también por el crédito político de sus dirigentes, la calificación de la deuda española podría caer a niveles helénicos. Sí, porque el presidente del Consejo – conforme muchos suponen – ha sido, por inducción y por omisión, el responsable de una indecente acoso institucional sobre el TS y el TC, para taparse así del amargo espectáculo de la formidable recesión económica y frente a la incubada crisis social. 

Ha pulverizado el consenso que restaba para encarar este presente crítico y rescatar el futuro en que se creía y esperaba. Sembró todos los vientos que tuvo a mano y ahora habremos, todos, de pechar con la tormenta perfecta. Esa que compendia la cosecha de tempestades.