La congelada península coreana

Resulta que el hundimiento de un buque de guerra surcoreano no se produjo por accidente, a resultas del choque con una mina a la deriva desprendida de otro barco de guerra, o desasida de un supuesto anclaje a determinada profundidad, sino debido a un torpedo norcoreano. Y resulta también que una vez averiguado el origen, la causa, de que se fuera a pique tras resultar partido en dos, con varias decenas de marineros y oficiales a bordo, son muchas las horas que han transcurrido y todavía el Gobierno surcoreano no ha dicho otras palabras que las referidas a la averiguación de lo que pasó, luego de que una grúa gigantesca de más de 2.000 toneladas consiguiera extraer las dos mitades del navío desde el fondo marino donde reposaban. 

Nada, como señalo, ha manifestado el Gobierno de Seúl a la hora de redactar esta nota, pese a la indiscutible gravedad del suceso. Y es para extrañarse, tanto más cuanto que entre los dos Estados coreanos no existe Tratado de paz, pese a la guerra habida entre ellos poco después de acabarse la II Guerra Mundial, y coincidiendo con el principio de la Guerra Fría entre Occidente y el bloque soviético. No es usual nada de lo ocurrido. Menos aun cuando en defecto de la citada inexistencia de una suscrita paz entre las partes, sólo para ellas un acuerdo de Armisticio: de simple cese de las hostilidades a partir del momento del alto el fuego. 

Necesariamente deba explicarlo todo el singular estatus existente entre los dos regímenes coreanos, democrático y capitalista el del sur, y totalitario comunista el del norte. El primero, por razones históricas, es sistema digamos dependiente de EEUU, por haber sido lo que Hugo Chávez llama “el Imperio”, lo que dirigió, condujo y llevó a los surcoreanos, en nombre de Naciones Unidas, a rechazar la invasión militar que habían hecho los coreanos del Norte tras rebasar el Paralelo 38 con el apoyo de la China de Mao Tse Tung, instalada entonces en la inercia de su victoria militar sobre las fuerzas del Kuomintang, acaudilladas por Chiang Kai Check, en la dilatada guerra civil padecida por el Imperio del Centro. Que es como los nacionalistas chinos, de izquierda y de derecha, llamaron siempre a su vasta y milenaria patria. 

La guerra entre las dos Coreas pudo haber acabado de otro modo si el presidente Truman hubiera accedido a la pretensión del general Mac Arthur, vencedor de la guerra en el Pacífico contra Japón, de bombardear las fuentes del río Yalú, sajando así el apoyo de los chinos a los norcoreanos. Pues bien, entre chinos y norteamericanos sigue estando todavía el juego en aquella península del nordeste de Asia. 

Washington y Pekín – los dos polos de la negociación con los norcoreanos para obtener el abandono de éstos de su condición de famélica potencia nuclear; negociación en la que acompañan Rusia, Japón y Corea del Sur – mantienen tutelados, bajo control,  a los separados hermanos de la península coreana. Pero lo hacen de manera desigual, con más autonomía operativa los de Pyongyan, como ha demostrado el hundimiento del barco surcoreano. 

Puede decirse, por tanto, de manera que se encabeza este comentario. Se trata de una relación congelada, aunque con ciertas intermitencias y fugas a situaciones de calor. A estas alturas de la película pesan mucho más los compartidos intereses globales entre Washington y Pekín que los contrapuestos intereses particulares de Corea del Norte y Corea del Sur. Sin embargo, lo probable es que unos y otros, chinos y norteamericanos, tal como se dice, estén a la espera de ver qué pasa con la sucesión del alicaído Kim Jong-II, el rijoso dictador comunista que ahora se afana en que un hijo suyo le pueda suceder de la misma manera que él sucedió a su padre. Habrá que permanecer atentos a la pantalla.