Asimetría islámica

Sí hace el hábito al monje, y a la monja. Entre la “hiyab” o velo y el “burka” o escafandra textil, eclipse parcial y eclipse total, respectivamente, de la presencia de la mujer en el mundo musulmán, se ha levantado la polémica en estas horas iniciales del conflicto cultural, brotado de las masas de inmigrantes mahometanos asentadas en Europa frente a las propias percepciones europeas contra la discriminación de la mujer. Y junto a ello, la esgrima de los signos coránicos, en los espacios laicos de nuestro mundo occidental. Todo, dentro de la convivencia – puesta en cuestión – entre grupos de raíces culturales distintas. Unas, las de los paisajes de origen de los islámicos. Otras, las del mundo que les acoge y recibe. 

Pero el problema no se limita a la expresión bilateral de las diferencias, ya que una parte, la europea y occidental, es abierta e internamente pluralista; mientras que la otra, la musulmana, es fundamentalmente cerrada y compacta. Aquí, en el caso de la muchacha de origen marroquí, Najwa Malha, con su insistencia y la de los suyos en llevar la “hiyab” dentro del instituto Camilo José Cela, en Pozuelo de Alarcón, como algo inferido de sus derechos islámicos, se ha encontrado con la negativa de la autoridad escolar en cuestión. Una negativa cuyo énfasis numérico parece haber traducido la presumible irritación del órgano rector del instituto por el  apoyo que habían dado, a las pretensiones de la “hiyabista”, otras varias muchachas de idéntica o participada condición musulmana, tocándose también con el velo. 

Las cosas se habían enredado todavía más cuando el ministro del ramo asimilaba al derecho a la educación el de tocarse con el velo, llevando el laicismo constitutivo de este Gobierno a límites obviamente sectarios y rayanos con la necedad. Obliga ello a traer dos asuntos a colación. Uno es la decisión del presidente Sarkozy de sacar adelante una ley contra el “Burka” en la vida social y pública de Francia. Y otro, por problemas de asimetría en el “convivium” de las religiones, es el de la práctica de las autoridades marroquíes contra la presencia social de los cristianos, católicos y no católicos, en la vida del Reino Jerifiano, con la expulsión de 80 de ellos en las últimas semanas, según informaba ayer ABC. 

Entre los ulemas marroquíes – estamento de identitaria proximidad a Mohamed VI – se sostiene la equivalencia de proselitismo cristiano con terrorismo, mientras Marruecos recibe de la Unión Europea un trato que supera lo estrictamente preferencial. Es un supuesto muy específico de asimetría entre la realidad del islamismo – incluso la del marroquí, que pasa por templado y muy occidental – y su demanda colectiva de aceptación por parte del mundo europeo, en términos poco menos que de estricta igualdad. 

Estas esclarecedoras incidencias habidas en Marruecos sobre las diferencias religiosas tienen al cabo, sin embargo, la virtualidad de alumbrar sobre las complicaciones culturales, en lo social y en lo político, que se derivarían de la entrada de Turquía en la Unión Europea como miembro de pleno derecho. El choque de civilizaciones es una realidad pese a la contumaz insistencia de Rodríguez Zapatero en su “alianza de civilizaciones“. Contumacia de la que surge el silencio oficial ante lo que pasa en Marruecos contra los cristianos. Un silencio que adquiere significaciones críticas en el contexto de la pálida presidencia española de la UE.