Estalla el bicentenario de la independencia

El programa de la celebración en Caracas del bicentenario de la independencia bolivariana (la de Simón y no la Hugo) no incluía el foco lateral para la efemérides venezolana que ha supuesto la aparición sincrónica de las declaraciones del cardenal Ortega, arzobispo de La Habana, al pedir éste, de manera simultánea, la liberación de los presos de conciencia que se encuentran en las cárceles de los Castro y el levantamiento de las restricciones económicas norteamericanas. Unas restricciones que son hermanas gemelas de las constricciones políticas del castrismo y que han bloqueado históricamente el ecosistema económico de la isla, permitiendo de forma simultánea que la dictadura comunista justificara en ello su fracaso sistémico, la ruina del país y la confiscación política de las libertades de los cubanos.

Puestos a comparar, puesto que las comparaciones no son necesariamente odiosas, las declaraciones del prelado a la revista “Palabra Nueva” y los delirios proclamados por Hugo Chávez – que muchos considerarán falsificación histórica del Libertador, por ejemplo, en lo que se refiere al destino que esperaría a los indios con la Emancipación y en lo que el propio Bolívar consideraba que había sido su labor (“Estuve arando el mar” – dicen que dijo en su lecho de muerte) -, tienen peso, trascendencia política mayor, los contenidos de lo dicho por este príncipe de la Iglesia en América. 

No preveían, digo, los que esperaban una explotación por el populismo marxista del eje castro-cubano de cuanto deba dar de sí este segundo centenario del principio de la emancipación de la España americana. Proceso incubado en la invasión francesa y alentado desde la obligada alianza británica contra Napoleón. No se preveía  este paso dado por la Iglesia en Cuba, por encima de alineaciones y partidismos entre unos y otros, fuera a tener la enorme repercusión que merece y que tendrá si la Administración del presidente Obama entra en ese juego, novísimo que propone el arzobispo Ortega. Un juego que invierte la dialéctica de medio siglo por medio de un diálogo que finalmente fructifique y abra al pueblo de Cuba las puertas de la libertad. Comenzando, naturalmente, con la libertad de los presos políticos que se encuentran en las cárceles del régimen. 

El escenario planteado por el cardenal Ortega, al no venir de la política y ser tan proporcionado en la atribución de las cargas para el diálogo y la negociación, abre la expectativa general ante cuales vengan a ser las respuestas de Washington y La Habana. La no convenida simultaneidad en las manifestaciones aperturistas al respecto por parte de Barack Obama durante su campaña electoral, y en las expresiones de Raúl Castro, el actual presidente cubano, estuvo posiblemente en la causa de que no se llegara a nada. Salvo una reducida porción de concesiones estadounidenses sobre movimiento de personas y trasiego de pequeñas cantidades de dinero cubano desde EEUU a la isla, mientras se endurecía por enésima vez el rigor contra los disidentes y sus familiares. 

De otro punto y volviendo la vista a los fastos y retóricas de la emergente dictadura de Chávez en la celebración reduccionista y hemipléjica del Bicentenario, habrá que atender a cual es la reacción de los Gobiernos concernidos en la izquierdista ALBA y los que están fuera de ese sindicato hemisférico. Estemos atentos también, naturalmente, a la OEA.