Ceniza volcánica, cambio climático

El penacho de cenizas del nuevo volcán islandés barre ahora los cielos de Europa y los cierra a la aviación comercial. Pero también a más cosas. Seguridades que se tenían como establecidas para siempre entran en forzosa cuarentena. ¿Qué hay detrás, qué viene luego de esa inmensa barrera de residuos volcánicos, empujada por borrascas y frenada por anticiclones, danzando desde el norte de nuestro mundo europeo y perturbando nuestra forma de vida, la particular y la colectiva, la privada y la pública? 

Hay una general inclinación a creer que las respuestas al peso y el acoso de la Naturaleza son todas de éxito seguro y carecen de marcha atrás. Que los logros frente al medio natural se acumulan y acumularán siempre en un proceso de renta progresiva, blindada y vitalicia a favor de la Humanidad. 

Por eso, de momento, no nos acabamos de creer que sea verdad esto de que ya durante unos días no hayan podido los aviones comerciales cruzar los cielos de Europa, ni las gentes volver de sus vacaciones o acudir a destinos profesionales, ni los gobernantes moverse para acudir a sus compromisos de Estado, ni nada de nada que no sea volver todos y cada uno al transporte por tierra o por mar, individualmente o de forma colectiva, como se dispone hacer el Gobierno británico, que recuerda de pronto que son una isla y que hay que ir al  “rescate” de sus ciudadanos que estén al otro lado de la mar … 

A lo del volcán impronunciable de Islandia corresponde llamarle impacto o accidente de estructura. De estructura global porque corresponde a efectos de alcance y origen planetarios. La Historia de la Humanidad – solemos olvidarnos en medida proporcional a los desarrollos científicos y a los avances técnicos, de crecimiento exponencial – está empedrada de catástrofes con alcances apocalípticos, ocasionadas por volcanes; desde el que acabó prácticamente con la isla de Santorini, en el Mediterráneo oriental, y con la civilización cretense, a los volcanes de Toba y Tambora, en Indonesia. Y más cerca, el volcán islandés de Laki, que acabó con la vida de cientos de miles de europeos, cronológicamente, al pie mismo de la independencia norteamericana.

 ¿Qué atención se había prestado hasta el presente – en que las emisiones de CO2 a la atmósfera como factor de cambio climático es cosa que suena a broma – a la función de los volcanes sobre el cambio del clima de la Tierra? Se cuenta que el dióxido de azufre eyectado en 1783-84 por el volcán islándés Yaki, antecesor de este de ahora,  el Eyjafasaokull, que cayó sobre los campos de Europa Occidental, equivalió al producido durante tres años, en la actualidad, por la industria del Viejo  Continente. Y los datos referentes a las contaminaciones atmosféricas de los volcanes indonesios, auténticos decanos en el llamado Círculo de Fuego del Pacífico, han sido en la Historia y la Prehistoria de magnitudes tan colosales como su propia inevitabilidad, conforme señala abrumadoramente este sobrecogedor penacho del humo y cenizas islandesas. 

No sería de extrañar que la víctima principal del enorme suceso volcánico de estos días no fuera otra que el ya muy averiado Protocolo de Kyoto. Tal parece la percepción.