Esto es por nosotros, pero también por ustedes

Mariano Turégano

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En una semana marcada por la sucesión de la corona británica y los discursos pronunciados con motivo de tan histórico hito, confieso que únicamente uno de ellos llamó profundamente mi atención. Por su fondo, también su forma. No procedía de Gran Bretaña. Tampoco de ningún mandatario internacional en reconocimiento a la figura de Isabel II y su longevo reinado. Ni siquiera tenía que ver con una reina que hoy se antoja difícil de sustituir por el hombre llamado a hacerlo. El discurso a que me refiero no fue redactado por asesores especializados, mucho menos revisado por jefes de gabinete o secretarios personales. Las palabras contenidas en el mismo, tan rotundas como perentorias, en lugar de pomposas florituras contienen dramáticas realidades cotidianas que afectan a los más vulnerables. Una llamada de socorro hecha por quien vive la injusta verdad de cómo en esta pantagruélica sociedad tratamos a nuestros mayores. Unos mayores que forman parte, además, de aquella generación que sin tener nada, ni siquiera libertad para pensar diferente y expresarlo, lo dieron absolutamente todo para que la carencia que enfrentaron sin lamentaciones no la conocieran sus hijos.

Si aún no han tenido ocasión de escuchar las palabras de Mariano Turégano García, les animo a que lo hagan. A sus 82 años, con el tono quebrado que deja el paso del tiempo, este vecino de San Sebastián de los Reyes leyó en el pleno del consistorio las hojas que contenían su mensaje y que él se afanaba en sujetar con manos temblorosas. Su voz, además, como él mismo quiso dejar claro, se alzaba en nombre de quienes comparten sus desvelos y necesidades, especialmente para que escucháramos a quienes el paso del tiempo les ha robado también los recuerdos, la movilidad y el entendimiento, dejándoles en un desamparo que se vuelve insoportable cuando no se atienden siquiera sus necesidades más básicas. “Hoy estoy yo aquí en representación de mis compañeros y compañeras, de los que pueden expresarse correctamente y reclamar sus derechos y también de los que, desgraciadamente, no pueden hacerlo porque sus capacidades cognitivas no son las de antes. Ellos no pueden protestar y muchas veces aprovechan esa condición para tapar las negligencias”.

Este modélico e impensado líder comparte su último tramo del camino con 140 compañeros en la residencia Moscatelares de la citada localidad madrileña. Un centro público que depende de la Comunidad de Madrid y está gestionado por manos e intereses privados. “Nuestro centro”, denunció el octogenario, “tiene esa fórmula torticera donde lo público y privado se mezcla y la gestión de nuestro dinero se vuelve opaca. Ustedes pueden ver desde fuera la lamentable situación en la que se encuentra el jardín, diseñado para hacer amable nuestra estancia. Hoy nada más que hay un secarral descuidado”. Concreto, alto y claro: “Dentro, en nuestras habitaciones, hemos pasado un verano de 40 grados porque la Comunidad de Madrid mira para otro lado cuando se trata de velar por la salud y el bienestar de sus ciudadanos. Algunas de nuestras compañeras y compañeros han sido hospitalizados este verano con altos niveles de deshidratación que agravan o desencadenan otras patologías”.

Apuntó Mariano directamente a los responsables, que no son los trabajadores, quienes, aseguró, procuran atenderles en la medida de sus posibilidades: “La falta de personal hace que estén trabajando en unas condiciones lamentables. Los 40 grados también son para ellos y tienen que hacer su trabajo y el de los puestos que no están cubiertos. Nos dicen que no encuentran personas que quieran trabajar. Pero nosotros sabemos cómo funciona todo esto. Hay en nuestro país un porcentaje muy alto de personas que, aun trabajando, no pueden llegar a fin de mes porque los sueldos son miserables. Será imposible tener una plantilla completa y estabilizarla si los salarios y las condiciones laborales son tan lamentables. La consecuencia es nuestra desatención, y esa desatención puede precipitar situaciones trágicas”. Y añadió, con acento ya más resignado: “Podría extenderme mucho más explicándoles que no hay personal en lavandería y muchas veces no tenemos ropa en nuestros armarios porque los montones de prendas sin clasificar se acumulan en los sótanos de la residencia. Podría decirles que muchas veces la comida es tan deleznable que estamos horas y horas sin comer nada, podría decirles que nuestra privacidad queda reducida al absurdo y que no podemos tener nada en nuestras habitaciones porque nos desaparece al instante…”.

Apeló Mariano, con conocimiento y razón, a un delito que protege no a un individuo en concreto, sino a la solidaridad humana: “Hemos venido ya a este Ayuntamiento en otras ocasiones a pedir ayuda. Que no son sus competencias nos dicen. Les voy a explicar por qué sí son sus competencias. Porque nosotros somos ciudadanos y ciudadanas de San Sebastián de los Reyes. Ustedes también gobiernan para nosotros y gracias a nosotros. ¿Podemos mirar para otro lado mientras la ladrona apalea a una señora hasta robarle el bolso? Podemos hacerlo porque no somos policías y no es nuestro trabajo. Pero ¿Qué clase de personas seríamos? ¿Acaso no es un delito la omisión del deber de socorro? Podemos justificar casi cualquier cosa y sus contrarias, ustedes sabrán si es así como quieren vivir”.

El tiempo”, concluyó el protagonista de tan certero discurso, “es lo único que tenemos y pasa para todos. Esto es por nosotros y también por ustedes”. Fue el broche final de un específico llamamiento. Porque, lejos de pretensiones demagógicas y extensivas, Mariano habló de lo que él personalmente conoce, vive y se duele cada minuto del día. Sí, para todos pasa el tiempo y a veces incluso se retuerce desembocando en situaciones que jamás habríamos contemplado para nosotros. Sin embargo, nadie está a salvo de pérdidas, ruinas y descalabros. Puede que lo sano sea no pensarlo, pero como se preguntaba Mariano ¿Qué clase de personas seríamos si, ante la realidad que padecen quienes un día tanto nos cuidaron, elegimos mirar para otro lado? No es la residencia de Mariano un caso aislado, por desgracia hay otros ejemplos, en ocasiones más sangrantes. Igual que hay mayores viviendo en soledad, preguntándose qué fue de todo aquello que construyeron, dónde están sus familiares. Sus vecinos. Las autoridades. Procurando justificar aún lo injustificable.