11-S, el día que todo cambió

21º aniversario del atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono del 11-S

EFE21º aniversario del atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono del 11-S

Desde aquel ya lejanísimo día que nos robó el aliento mientras contemplábamos atónitos la diabólica matanza perpetrada en el centro neurálgico de Nueva York, capital de nuestro mundo occidental, adquirí la personal promesa de recordar los hechos cada aniversario. Aunque solo sea con un puñado de frases que, por otra parte y como es lógico, quedarán sepultadas bajo la actualidad, centrada estos días en el momento histórico que supone la pérdida de Isabel II, la impecable monarca que llegamos a creer eterna, y los primeros pasos de su, también casi eterno, sucesor. Aun a riesgo de resultar exagerada, les confieso que sigo viendo en aquel 11 de septiembre de 2001 una suerte de “despertar” de la “inocencia” occidental, una cruel herida abierta que cambiaría el mundo, que ya lo había cambiado. De pronto, las películas post apocalípticas made in Hollywood que narraban las peripecias de los supervivientes de un atentado global resistiendo en un entorno desolado, dejaron de resultar tan fantasiosas. Las imágenes de las torres en llamas, trabajadores lanzándose al vacío, nubes de polvo y cascotes o miles de neoyorquinos vagando por una ciudad clausurada, sin medios de transporte, incluso sin rumbo, eran más impactantes que cualquier tragedia cinematográfica. Tanto, que costaba hacerse a la idea de que fueran reales.

Si antes del atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono, a algún creativo cineasta le hubiera dado por recrear, con las últimas tecnologías de efectos especiales, una escena en la que enormes aviones comerciales secuestrados por terroristas impactan contra las famosas torres y acaban por derribarlas - imágenes hasta entonces más propias de video juegos –, su trabajo habría quedado incluido de manera inmediata en el archivo correspondiente a la ciencia ficción. Si, para colmo, hubiera añadido la suerte de los otros dos aviones-bomba pilotados por miembros de Al Qaeda para atentar contra más edificios emblemáticos de Estados Unidos, quizás al propio productor de la cinta le habría parecido demasiado y habría ordenado eliminarlo. Sin embargo, en un día, en 149 minutos de muerte, desconcierto y horror, aquel “antes” dejó de existir y ni siquiera podíamos imaginar entonces que a las 2.996 personas asesinadas en Estados Unidos habría que ir sumando más muertos, procedentes de cualquier lugar del mundo. Porque Estados Unidos ya no era el único enemigo que el yihadismo en sus distintas ramificaciones se había comprometido a aniquilar. El 11M en Madrid o el 7J en Londres fueron el preludio de la infinidad de matanzas indiscriminadas que buscaban sembrar el terror, obligarnos a vivir bajo el peso de una constante amenaza que, cada tanto, sorprendía a inocentes a quienes arrancaba la vida o dejaba marcados para siempre. Desde las Ramblas a Bataclán. En el metro, en un mercadillo de navidad, en la playa de un lujoso resort, en la terraza de un bistró.

Ese miedo, sin embargo, no llegó a calar. El ser humano, por supervivencia o simplemente gracias a la sabia programación de sus neuronas, fue borrando de su disco duro el impacto producido tras cada uno de aquellos atentados. Nadie se iba a quedar en casa porque, por otra parte, enseguida entendimos que “aquello” era una macabra lotería. A los organizados atentados suicidas se habían añadido cuchillos de “lobos solitarios”, clavándose sin miramientos en quien tuviera la mala suerte de pasar a su lado. Y si la organización liderada por Osama Bin Laden ponía los pelos de punta, poco después los terroristas de Daesh nos mostraron que en la maldad siempre se podía dar una zancada más. Su carta de presentación fue el asesinato filmado del periodista estadounidense James Foley, aunque, en aquel momento, la nacionalidad de la víctima y el título del vídeo que sus asesinos colgaron en la red, “Mensaje para América”, hizo que, en general, los europeos continuáramos mirando a nuestro alrededor con esa presbicia para la que el viejo continente no logra encontrar la graduación apropiada. El salvaje grupo islamista radical suní acababa de levantarse en armas contra los gobiernos de Siria e Irak para fundar su califato, y sus matanzas indiscriminadas se hicieron cada vez más frecuentes. A veces perpetradas por miembros de Daesh; otras, encargadas a alguna de sus filiales extendidas por buena parte del mundo en forma de células o lobos solitarios. Cambiaba la mano ejecutora, pero no el perfil de las víctimas: cualquiera.

El recuerdo de aquel 11 de septiembre, el día en que, por primera vez, miramos cara a cara nuestra vulnerabilidad llega hoy, veintiún años después, con la noticia de que el Estado Islámico sigue vivo y con capacidad real para matar. Sería un error imperdonable creer que con la derrota del califato en 2019, terminó la pesadilla. Su yihad solo está en suspenso temporal, reorganizándose en otros países, pero volverá. Y lo hará más sangrienta que nunca, avivada por el anhelo de vengar la muerte de sus líderes, Abubaker al Bagdadi y Abu Ibrahim al Hachemi al Quraishi, a manos de las fuerzas de operaciones especiales estadounidenses. El primer aviso, aunque ahora no estemos para pensar en ello, fue el ataque a la prisión de Hasaka con el objetivo de liberar a sus combatientes presos y reforzar sus estructuras. Solo queda por saber cuándo y dónde se librará la batalla que reanudará esta guerra, a la que aún nos negamos a calificar como tal.