Ucranianos: mejor, en casa

Ucranianos marchan en agradecimiento en La Haya

EFEUcranianos realizan marcha de agradecimiento en La Haya

Los millones de refugiados ucranianos que abandonaron su tierra, igual que cualquier refugiado con independencia de su procedencia, llegaron cargados con un equipaje emocional de indescriptible desazón. También de esperanza imbuida de intención: regresar a su tierra lo antes posible. Cada frontera que cruza un refugiado en su incierta escapada es una puerta que, en su mente, necesita creer cercana, siempre abierta. Antes de que Rusia invadiera Ucrania, los refugiados que se habían aproximado a fronteras europeas, como la polaca, la checa y especialmente la húngara, se toparon, en mayor o menor medida, con alambradas, políticas migratorias de cuotas, farragosos trámites burocráticos, esperas en inhóspitos campos en mitad de la nada e, incluso, palpable hostilidad.

Sin embargo – ignoro si a raíz de esto se empezará a tratar igual a todos los refugiados -, la invasión rusa que obligó a huir a los ucranianos nos dejó imágenes completamente distintas. No solo los países limítrofes acogieron con entrega y solidaridad a quienes llegaban a sus fronteras, toda Europa se organizó, como nunca lo había hecho antes, para que ningún ucraniano quedara desamparado. También en nuestro país, el quinto en número de refugiados ucranianos, muchas familias abrieron sus puertas y las autoridades se ocuparon de asistirles a su llegada, darles cobijo, organizarles una vida lo más parecida posible a la normalidad.

Se respondió a la urgencia de tan trágico momento, a pesar de que se intuía que la guerra iba a ser larga y que los recursos para prestar la indispensable ayuda no eran, nunca lo son, ilimitados. Pasadas las primeras semanas, a medida que la atención mediática internacional se veía arrastrada por otros acontecimientos, muchos ucranianos decidieron regresar a su país. Los últimos datos de ACNUR reflejan que hasta el pasado 7 de junio se habían registrado unos 7,3 millones de cruces fronterizos desde Ucrania, y otros 2,3 millones de regreso al país y la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios, citando al Servicio Estatal de Guardia de Fronteras ucraniano, calcula que 30.000 personas están cruzando de vuelta a Ucrania cada día.

Aunque la situación de seguridad en Ucrania continúa siendo extremadamente peligrosa, también se han registrado desplazamientos de ida y vuelta: viajes relámpago para evaluar, antes del ansiado regreso, la destrucción del hogar que quedó atrás. Porque no todos pueden volver. Casas gravemente dañadas, imposibilidad de recuperar el trabajo o de encontrar uno nuevo en un país donde, además de con artillería enemiga tienen que lidiar con un impacto económico devastador, obligan a muchos a regresar al país que los acogió. En toda España hay familias ucranianas que llegaron escapando de la guerra y que ahora intentan marcharse para escapar de la inflación y la incierta situación económica. Es el principal argumento que esgrimen: el mercado laboral sólo les ofrece empleos precarios y deben invertir todo su sueldo en pagar gastos. Además, algunos de ellos han sido expulsados del programa de acogida a los refugiados que puso en marcha el Ministerio de Inclusión y que aplica Cruz Roja. Son los entresijos de una ayuda de la que se enseña solo la superficie.

En su fondo, sin embargo, el programa tiene varias fases, en las que se les aportan necesidades básicas como alojamiento y comida, ayudas para el alquiler, clases de español y formación para conseguir trabajo. En principio, aunque no se rechaza a nadie, está pensado para la gente que tiene menos recursos. Por tanto, hay que justificar las salidas y estancias fuera de los centros. El tiempo máximo en el que puede estar dentro es de entre 18 y 24 meses en función de la vulnerabilidad de cada caso. Es un gran número de personas y el coste por refugiado es elevado, por ello se les pide que justifiquen sus salidas o abandonen el “refugio” en caso contrario.

El Ministerio de Inclusión insiste en que cuando llega un refugiado tiene que firmar un documento personal con una serie de compromisos que tienen que cumplir. No aclaran desde el Ministerio cuántas personas han salido del programa, cuáles son las bases específicas que hay que incumplir para la expulsión o si hay un plazo determinado de noches que puedan ausentarse. Pero insisten en que cada caso es particular y, sobre todo, en que los recursos están pensados para los más vulnerables porque se está haciendo un gran esfuerzo económico.

Algunos optan por probar suerte en Alemania o Polonia, los países que mejor han organizado desde el punto de vista gubernamental la acogida, porque no ven futuro en España. Aunque es Europa en general la que no estaba preparada para un conflicto de tal calibre a las puertas de Europa. Las entusiastas familias de acogida se vieron superadas cuando quienes alojaron no encontraron un empleo que les permitiera tener un domicilio propio y tuvieron que decir a los acogidos que tenían que marcharse. La solidaridad de estos hogares españoles no tardó en convertirse en una montaña imposible de escalar sin ayudas estatales. En la actualidad, algunas comunidades autónomas han puesto en marcha paquetes de ayudas económicas a los quienes acogiesen refugiados, pero en la mayoría de los casos las ayudas no han llegado. Las grandes redes de donaciones con destino a Ucrania también se han visto afectadas por el paso de los meses y contemplan con tristeza sus almacenes ahora vacíos. El regreso de los ucranianos a su país plantea, por otra parte, nuevos desafíos para la entrega de ayuda humanitaria, ya que estas personas precisarán apoyo para reintegrarse en sus comunidades o encontrar emplazamientos de acogida adecuados si el regreso a sus hogares ya no es viable.