Tras el verano del descontento, un invierno catastrófico

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Seis meses después de la invasión, el propio presidente de Ucrania nos advierte de que el mundo, incluso el más próximo geográficamente, se está olvidando de lo que ocurre en su país. En un discurso pronunciado ante los profesionales del sector de la publicidad la semana pasada, les rogó que utilizaran su ingenio creativo para que el mundo mantenga el interés por la guerra en su país. “No dejéis que el mundo cambie de tema”, pidió. Es el dramático papel que interpreta en un guion no tan difícil de prever tras la anexión rusa de Crimea, aunque inevitablemente haya empezado a darse cuenta de que el precio que ya se paga en los países “aliados” se incrementa de manera imposible para un elevado porcentaje de sus ciudadanos. Quizás en un futuro nada lejano, el mandatario ucraniano tenga que cambiar de foro a la hora de pronunciar sus discursos y en lugar de dirigirse a parlamentarios y asistentes a grandes eventos internacionales, lance mensajes directos a la población “reconociendo” su propio sacrificio.

Porque Emmanuel Macron se quedó corto cuando declaró que se había terminado la época de la abundancia y, ahora, es el alcalde de Londres, Sadiq Khan, quien se acerca más en la predicción de lo que se avecina tras el verano. En un tweet hace dos semanas, advertía que “Nos enfrentamos a un invierno en el que para millones de personas no se tratará de elegir entre la calefacción o la comida, sino de no poder permitirse ninguna de las dos cosas”. Lo cierto es que los británicos, tras una temporada estival de sequía e insólitas temperaturas, ya afrontan un presente muy oscuro,  a sabiendas de que cada día lo será más. Allí, los mayores de 50 años aún recuerdan los últimos dos años de la década de los 70, cuando el gobierno de Jim Callaghan estaba al borde del colapso y las huelgas se traducían, por ejemplo, en basura amontonada en sus normalmente impolutas calles, retrasos en todos los sectores y manifestaciones por doquier. Lo peor se vivió en el que fue bautizado como “el invierno del descontento” y, ahora, cuarenta años después, los británicos viven los últimos días del ya conocido como “verano del descontento”.

Con la inflación desbocada, 10,1% en julio, es decir, cinco veces el objetivo de estabilidad de precios marcado por el Banco de Inglaterra y la predicción de que supere el 13%, incluso el 18%, en los próximos meses,  se ha desatado la preocupación e indignación.. Y a los meses que se avecinan ya le han puesto también un nombre, mucho más siniestro: el “invierno catastrófico”. La culpa, no en exclusiva aunque sí decisiva, es del aumento vertiginoso de los precios del gas que repercute en casi todo lo que se compra. Por ejemplo, la producción de electricidad que depende del gas, o el el precio de los fertilizantes vinculados al gas que aumentan el precio de los alimentos, hasta los precios de los bares y las residencias de ancianos. Es cierto, la inflación también crece imparable en la mayoría de los países, pero en el caso de Gran Bretaña son los temas internos los que obligan a enfrentarse sin dilación a algunos desafíos específicos y le acercan a una inminente recesión. Uno de estos cruciales desafíos, en contra de lo que pudiera pensarse, es la fortaleza de su mercado laboral, que está teniendo un efecto inesperado. Tras la pandemia, aumentó la demanda de mano de obra sin que hubiera oferta suficiente y, como consecuencia, también creció la inflación. Por ejemplo, en el sector de la restauración, al no encontrar camareros o cocineros y frente a la perspectiva de cerrar el negocio, los propietarios acabaron subiendo los sueldos para atraer personal. Una falta de personal claramente relacionada con el Brexit, ya que muchos trabajadores procedían del continente y se quedaron sin permiso para trabajar en Reino Unido.

La economía británica también está aún digiriendo el Brexit duro que provocó un aumento de los impuestos a los hogares y, por su parte, la falta de conductores de vehículos de carga pesada incide en la cadena de abastecimiento de combustible. Reino Unido es un gran importador de petróleo, gas y carbón, lo que representa alrededor de un tercio de sus necesidades totales, por lo que está muy expuesto a los crecientes precios mundiales de la energía. De hecho, si se mantienen las actuales interrupciones del suministro de gas desde Rusia podría haber racionamiento en los meses de invierno, ya que su limitada capacidad para almacenar gas impide a los británicos apoyarse en la estrategia que están siguiendo otros países de cara al frío.

Otros elementos de vulnerabilidad de Reino Unido son una mayor proporción de alimentos importados y la debilidad de la libra desde el referendo del Brexit. Nadie esperaba todo lo que ocurrió después - pandemia y guerra fundamentalmente -, pero su salida del club europeo ya está pesando a muchos de los que querían dejar de pagar las cuotas correspondientes y blindar sus fronteras. Aquello, en cualquier caso, es el pasado y ahora lo urgente es procurar capear el negro futuro. A las huelgas se han sumado campañas como la llamada DON'T PAY (No pagues) que llama al boicot a partir del 1 de octubre si el gobierno y las empresas energéticas se niegan a actuar antes. Hasta el momento, más de 110.000 personas se han unido a la iniciativa a través de la web y se han comprometido a cancelar sus pagos por domiciliación.

Así que, impensable o no, en nuestro anterior socio la escasez ya se ha dejado ver en algunos estantes vacíos de varios supermercados y las largas filas para repostar gasolina. Ningún país está a salvo. Particularidades aparte, aquí también nos asomamos a un desconocido abismo y los mensajes cada vez son más realistas y descarnados.Sin embargo, agosto siempre fue un mes en que, si pueden, los mandatarios prefieren no aguar a nadie la fiesta.