A muerte, Salman Rushdie

Salman Rushdie

EFESalman Rushdie

El libro del británico Salman Rushdie “Los versos satánicos” convirtió a su autor en el hombre más odiado y perseguido del universo islámico. También en el escritor más famoso del momento, aunque echando la vista atrás, el precio personal que tuvo que pagar por esa fama fue siempre demasiado alto. Pasó de autor, intelectual y humanista a fugitivo, por obra y gracia del fundamentalismo, mientras él, como persona, se diluía en un sinfín de despedidas, planes trazados para su seguridad, secretismo, abandonos y evasivas.

Por su parte, Los versos satánicos, con vida propia y siguiendo los pasos de otros libros prohibidos, se convirtió en indiscutible éxito de ventas. Un drama para los enemigos de la libertad de pensamiento incapaces de evitar, por ejemplo, que a pesar de la prohibición algunas radios piratas de países islámicos, incluido Irán, se hicieran lecturas en farsi de la pieza.

Intolerable.

Había que enseñar al enemigo cómo se pagaban las afrentas, y la maldición sobre Rushdie pronto tomó la forma concreta de fatua, pronunciamiento legal del Islam emitido por un especialista en ley religiosa sobre una cuestión específica, llamando a su ejecución por delito de blasfemia contra los musulmanes.

Era el 14 de febrero de 1989 y la recompensa se estableció en 3,3 millones de dólares. La sentencia a muerte dictada por el ayatolá Jomeini, líder político-espiritual de la Revolución islámica de 1979, nunca fue susceptible de alegaciones, recursos o demoras. No emanó de la ley, no hubo juicio, testigos ni magistrados. Y los años fueron pasando, al principio en absoluta clandestinidad, para el escritor nacido en Bombay en 1947. Sí, pasaron días, meses enteros a los que fue sobreviviendo, aunque para él ya nada fuera igual. Verse obligado a pasar tanto tiempo entre las sombras,  vigilando que no te peguen un tiro o te rajen la garganta, a la fuerza tiene que dejarle a uno secuelas.

En cualquier caso, siguió adelante. Y después de cuatro esposas y dos hijos, con residencia en Nueva York e igual de desaliñado que siempre, Rushdie “reaparecía” hace unos años para presentar su último trabajo: una novela titulada “Dos años, ocho meses y veintiocho noches”. En total, súmenlo, mil y una noches. El escritor nacido en Bombay había regresado a la ficción asegurando que era ahí donde quería quedarse. Tras vivir una realidad que al resto de los mortales nos parece una película, resultaba lógico que el escritor quisiera – y necesitara - poner un poco de fábula en su existencia, y de paso en la de sus lectores, con un libro que mezcla ingredientes tan explosivos como mitología, fanatismo o nacionalismo. Hasta se atrevía a hacer una reflexión sobre el amor eterno, otra empresa de alto riesgo, aunque no sea de las que amenacen con meterte en un lío que no pueda resolverse con palabras bien escritas. O acuerdos de divorcio redactados por un buen abogado.

Está claro que al escritor indio siempre le han atraído los retos y que, además, tanto encierro, por fortuna, no sirvió para cerrarle la boca. Lo que sí llegó a hacer fue, según él mismo ha confesado, “abolir” a ratos su parte creativa, porque como declaraba en una entrevista: “Estaba ocupado las 24 horas del día en no ser laminado por un radical islámico”. Rushdie también lleva tiempo advirtiendo de que en la actualidad aquella sentencia de muerte que llevaba su nombre es la misma que pesa sobre todos nosotros, aunque en ella no esté escrita nuestra identidad en concreto. Pequeño detalle que podría en un primer momento tranquilizarnos, pero que enseguida se muestra como lo que en realidad es: pura y simplemente diabólico. Cualquiera puede encontrarse un mal día, en el peor de los momentos, pasando por el maldito lugar elegido por los terroristas del fundamentalismo o sus acólitos lobos solitarios, para perpetrar una matanza. Para acabar, en definitiva, con el mayor número de infieles posible. Y, despertémonos, todos lo somos. Infieles como la copa de un pino, lo sepamos o no. Yo, por supuesto, lo soy. Soy infiel y de nada, absolutamente de nada, vale lo que piense y escriba o en cuánto me diferencie de xenófobos y radicales de occidente que, por supuesto, también los hay.

Al islamismo radical le importa muy poco que uno defienda, por ejemplo, la libertad de profesar cualquier religión o creencia, de acudir a mezquitas en lugar de iglesias, de llevar cubierto el cabello o vestir chilaba, en lugar de traje y corbata. Tampoco le importa que acojamos, con mayor o menor entusiasmo, a los refugiados vengan de donde vengan, sin hacer distingos por el hecho de que se declaren musulmanes. Es más, según informes de las inteligencias de varios países occidentales, los yihadistas llegaron a utilizar la llegada de refugiados como arma de guerra. Saben que los infieles (en general) tienen – tenemos – corazón. Para ellos es, simplemente, una debilidad más. Y a los débiles se los machaca. Igual que se hacen papilla las obras de arte, en definitiva, cualquier símbolo de cultura. El fanatismo, cualquiera de los que ha habido a lo largo de la Historia, siempre ha visto la cultura como signo de flaqueza y, por eso, demuestra su fortaleza reduciendo a escombros todo aquello en lo que los infieles podamos apreciar belleza.

Los infieles, para colmo, defendemos la libertad de expresión, otro arma con que los radicales juegan a dividirnos para vencer en nuestros propios dominios antes de que nos demos cuenta, de que quizás sea en esa libertad para decir lo que pensamos – con el debido respeto - donde se encuentre nuestro mejor baluarte. Para Rushdie, la libertad de expresión siempre ha sido el motor que mueve muchas de las cosas del hombre, empezando por la cultura, y por eso hay que defenderla. Ejerciéndola, con la palabra. Defendiéndola hasta el último suspiro.