La falta de prudencia de nuestros líderes

Pelosi, en su visita a Taiwán

EFEPelosi, en su visita a Taiwán

Solo quien tiene que enfrentarse a un enemigo más grande, descubre realmente su grado de debilidad. Puede, con razón, intuirlo, incluso preverlo, pero si hablamos del ser humano lo normal es que, afortunadamente, uno ni siquiera se vea en la tesitura de tener que pensarlo. Igual que ocurre con el coraje, porque aunque haya personas convencidas de poseerlo o no, únicamente encontrándose en una situación de inminente y real peligro, averiguarán la forma en que se enfrentan a él o huyen despavoridos. La falta de valentía, entendida como la capacidad de acometer una empresa arriesgada a pesar del peligro y el temor que suscita, nada tiene que ver con la debilidad. Se puede ser valiente y débil al mismo tiempo. Por lo general, la naturaleza ofrece en su catálogo recursos que el valiente pueda utilizar para contrarrestar la desigualdad de fuerzas pero, por desgracia, a pesar de leyendas y moralejas admitamos que la norma acaba siendo que el grande aplasta al pequeño. Ambos conceptos o actitudes, coraje y debilidad, se confunden a veces por razones obvias: son raíces del mismo árbol que pueden crecer a la par o no, a veces encontrándose antes de seguir su propio camino y, por añadidura, siempre dominadas por la relatividad. Ese rasgo de la vida donde los valores absolutos se diluyen en favor de la indiscutible correlación.

Si hablamos de territorios, comunidades, etnias o, en definitiva, Estados la historia demuestra aun con mayor rotundidad que la gallardía casi nunca vence al poderío. Sí, gana batallas tras la que plantar en el arrasado frente la bandera de la justicia, resiste un determinado tiempo en las trincheras de la razón, crea admiración en los espectadores pero pocas, muy pocas veces se alza con la victoria. Y, además, ¿qué es la victoria sino otro laurel imbuido de ambigüedad? En la rendición de uno de los enfrentados se basa a veces la proclamación del triunfo del contrario y eso en el mejor de los casos. El peor escenario es, sin embargo, la destrucción absoluta del pequeño por parte del grande. La misión de un líder no es sacrificar vidas, proyectos, ilusiones con el objetivo de impedir que su rúbrica quede para siempre grabada en un documento histórico. Un general de quien depende todo un pueblo demuestra más agallas admitiendo la derrota que eligiendo el camino de la huida hacia adelante. La línea que separa la ignominia del respeto se vuelve cada día más estrecha cuando hablamos de una guerra.

Siempre he creído en el dicho de que el diablo sabe más por viejo que por diablo. También en que la edad le hace a uno más reflexivo, menos belicoso. Que la madurez conlleva la elección de estrategias menos arriesgadas y en el caso de un líder político, la edad parecía hasta ahora una especie de garantía para el sendero de la paz dejando atrás, como ultimísimo recurso, cualquier escenario bélico. Que la sabiduría de los años frenaría la tentación de provocar al grande, siempre dispuesto a enseñar músculo, presto para la confrontación en la que se sabe mover y que, en el fondo, siempre está esperando. De hecho, la provoca a la vez que mide las costuras de los otros. Sin embargo, gobernantes como el inminente octogenario Joe Biden llevan a replantearse con preocupación si también en este asunto el mundo se ha vuelto del revés. Su tono nunca ha sido calmado, diplomático, equilibrado. Muy al contrario, ha alentado la confrontación de manera irresponsable. Prometió apoyo concreto en acciones importantes a quien, como el joven Zelenski, aún creía en la justicia y los milagros. Y dio la excusa perfecta a otro viejo líder, conocido precisamente por su crueldad, para “justificar” ante su población la invasión del pequeño país vecino. No, la guerra de Ucrania no es culpa de Biden, faltaría más, pero quizás sí ha llegado el momento de evitar más muerte y destrucción, de liberar a los rehenes (nosotros) abocados de nuevo a un mundo frío y a oscuras. Igual de sorprendente fue que los “mayores” del club europeo, Ursula Von der Layen y Josep Borrell, nos convencieran de que, esta vez sí, tenían la receta infalible para que el pequeño saliera airoso del ataque del grande. Solo Macron, por el contrario muy joven, estuvo desde el principio intentando no llegar a las manos.

Ahora Nancy Pelosi, otra octogenaria falta de prudencia, ha agitado el avispero taiwanés. Desde su visita, China justifica maniobras en las costas de la isla sin que sepamos tampoco si acabará convirtiéndose en la excusa de Xi Jinping para otra anhelada invasión como la de Ucrania.