En la calle, no

Persona sin hogar durmiendo en la calle

EFEPersona sin hogar durmiendo en la calle

Cuando en agosto se ralentiza el paso de las grandes ciudades, por otra parte semivacías, se hace más visible el número de personas que, ajenos a ese calor del que nos quejamos, piden ayuda, es decir dinero, a los transeúntes. En verano, igual que durante todo el año, nos esforzamos, de manera inconsciente o no, en pasar de largo, pero con el ritmo que imponen temperatura y vacaciones, quienes se quedan por ejemplo en Madrid lo tienen más complicado. Algunos recuerdan a personajes dickesianos o del Madrid retratado por Baroja, infiltrados sin permiso en nuestro avanzado siglo XXI. La suciedad que cubre su vestimenta  y sus cuerpos oscurecidos por la intemperie, en lugar de llamar nuestra atención despiertan, demasiadas veces, el efecto contrario. Las miradas se desvían frente a lo que creemos imposible. Impensable. Por eso, se mueven sigilosos y sorprenden en una esquina o a la entrada de un garaje, mirando con ojos oscuros e insondables a la vez que tienden el vaso de plástico que hace las veces de eclesiástico cepillo.

Unas limosnas que hemos dejado de llamar así, porque a los mendigos tampoco les lamamos ya mendigos. Son sintecho, el cajón de sastre en el que solo los profesionales del SAMUR social, la Cruz Roja, Caritas y voluntarios de otras organizaciones se molestan en clasificar en evidentes categorías. En Madrid, desde 2014, con las correspondientes “actualizaciones”, se calcula que viven en las calles aproximadamente 2.000 personas. No en una acera o en un rincón distinto cada noche, ni siquiera cada semana, cada mes o según la temporada. Antes de “establecerse” con sus bártulos en ese metro cuadrado ya han probado otros hasta descubrir ese cobijo de un techo voladizo, soportal o rellano donde empezar una nueva existencia que no habían imaginado. Y allí se han quedado durante años, castigados al principio por la dureza del clima, la falta de higiene y los nuevos compañeros de fatigas. Luego, su cuerpo se fue haciendo a todo y su mente acabó por olvidar que alguna vez cerraron puertas, abrieron grifos, pulsaron interruptores y se tumbaron en un colchón, antes de cerrar los ojos.

En el centro histórico de Madrid “residen” muchos de ellos y el debate sobre su situación vista desde nuestros ojos no es nuevo. Alberto Ruiz Gallardón, en su paso por la alcaldía, no fue el primero en hablar de la necesidad de una normativa que impidiera a los sin techo elegir si quieren o no tenerlo. “Si hay recursos para atenderlos”, señaló en aquel entonces, “lo lógico es que se utilicen y que no sigan ocupando un espacio que es de todos”. La polémica no tardó ni una hora en llegar con virulencia a los mentideros, a pesar de que sin tanto ruido ya se estaban aprobando normativas en ese sentido, como en Alicante, San Sebastián de los Reyes, Segovia o El Puerto de Santa María, entre otros. Sin embargo, la realidad exenta de demagogia es que, con sanciones o sin ellas, las ciudades cada día ponen más barreras arquitectónicas para “limpiar” sus calles de indigentes: bancos unipersonales o divididos por un oportuno reposabrazos, pinchos, insalvables desniveles. Lo llaman nuevo diseño urbano.

El caso de los rumanos de etnia gitana es completamente distinto. Duermen en descampados, bajo puentes del Manzanares y de noche, al finalizar su “jornada laboral”, es difícil que los veamos hasta la mañana siguiente. Los hombres van en pareja, premeditadamente alejados. Las mujeres, sobre todo las jóvenes, de tres en tres. Caminan a buen paso, casi sin detenerse. Sólo reducen su errática marcha cuando llegan a zonas de mucho público o a abarrotadas terrazas. Allí, cerca, al acecho, permanecen invisibles mientras los camareros velan por el reposo de los clientes. Hasta que llega el instante en el que esos improvisados guardianes desaparecen en el interior del local, y se lanzan entre las mesas aprovechando el momentáneo desamparo. También los encontramos estáticos, sencillamente porque no pueden moverse. Están lisiados, aunque este término haya sido igualmente censurado, pero su misión, su trabajo, su obligación es la misma de quienes caminan a buen paso. Pedir. Dar lástima, provocar pesadumbre. Arrancar calderilla a nuestro estado del bienestar que va directamente a los bolsillos de las mafias que llevan años explotando tan siniestra mina de oro. Lideradas por otros rumanos, estas organizaciones criminales explotan sin miramientos a sus propios compatriotas a quienes trajeron a nuestro país con la promesa de facilitarles un trabajo y, en ocasiones, la asistencia médica que resulta obvio que muchos de ellos necesitan. La realidad que encuentran, por supuesto, es muy distinta.

Un “empleo” sí les han dado. Trabajan, y mucho. Jornadas de 12 horas, estrechamente vigilados por sus “jefes”. A las 7 de la mañana les recogen de los “asentamientos” ocultos, que no afean el paisaje urbano, para “colocarles” en los cruces más transitados, en las taquillas de metro, junto a quioscos de prensa, cajeros automáticos o a la entrada de los aparcamientos subterráneos. Lugares en los que el transeúnte tenga que sacar necesariamente su cartera, ocupar sus manos con tarjetas o monedas. El crucial objetivo es hacerse con los 80 euros que les exigen diariamente los carceleros de ese universo cerrado donde los barrotes están construidos de ignorancia y de miedo. Nadie piensa en denunciar. Son ellos los denunciados. Porque no siempre se consigue esa recaudación mínima por medio del vaso y entonces hay que hurgar en los bolsos, aprovechar los descuidos. La pena que sentimos y la desgracia que intentamos remediar son el alimento de los morosos del alma. Mafias donde reina una omertá que hace que, a su lado, la siciliana parezca un juego de niños. La comunidad de etnia gitana de Rumanía, de donde las redes mafiosas sacan a estos esclavos del siglo XXI, respeta a rajatabla la ley del silencio, huye de albergues, comedores sociales, o cualquier tipo de asistencia. Y jamás abre la boca. Sólo para pedir.