Polio: lejos de la erradicación

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Escuchar la palabra polio, nombre del virus que ataca el sistema nervioso de los afectados, especialmente niños, destruyendo sus neuronas motoras en cuestión de días e incluso horas, nos trasladaba hasta ahora al recuerdo de generaciones pasadas. Al menos, en gran parte del mundo. El antaño tan temido virus se erradicó gracias a las campañas de vacunación, que en el caso de Estados Unidos comenzaron en 1955 y permitieron que los casos se redujeran de 100 en la década de 1960 a menos de 10 en la década de 1970. Fue el primer país que declaró erradicada la polio en 1979, mientras en otros países seguían a distinto ritmo sus pasos, gracias a la campaña de vacunación global, liderada por la OMS, que inició la ONU en 1988 en aquellos países donde una campaña a nivel nacional era inconcebible.

En España, la poliomielitis pasó de provocar más de 2.000 casos anuales en 1960 a 62 casos en 1965, gracias a la Campaña Nacional de vacunación antipoliomielítica. Liderada por el doctor Florencio Pérez Gallardo, que realizó las investigaciones epidemiológicas y virológicas previas, la vacunación se inició en León el 14 de mayo de 1963 administrándose a todos los niños de tres meses a siete años. Igual que la urgencia provocada hoy en día por la aparición del Covid19, en aquella época el pánico de la población y de las autoridades de los países más adelantados propició el gran esfuerzo en investigación básica, reconocida con el Premio Nobel en 1954 a los científicos Enders, Weller y Robbins, que permitió el desarrollo de las vacunas de Salk (inactivada, muerta) y de Sabin (atenuada, viva). Esta última, de gran eficacia y administrada por vía oral, condujo con rapidez a la eliminación de la enfermedad y sus terribles secuelas en muchos países del mundo. La meta, sin embargo, tenía que ser borrarlo de cualquier punto del mapa, por remoto que fuera. También Instituciones de carácter privado, como Rotary Club, y muchas otras se sumaron a tan crucial empeño: que jamás volviera a existir la posibilidad de que un niño fuese condenado de por vida a la invalidez que causa un virus para el que ya existía una eficaz vacuna.

Solo tres países del mundo – Nigeria, Afganistán y Pakistán – continuaban teniendo brotes continuados de la infección, pero en la última década empezó a incrementarse la cifra de casos “aislados” en otros países de la zona. En 2014, la OMS avisó de que en Siria, donde continúa el conflicto armado, volvían a registrarse contagios, igual que en Somalia, país en el que la polio creía haberse erradicado. Más tarde, ese mismo año, la creciente preocupación de la OMS hizo que denunciara públicamente “el terreno perdido en la lucha de todos estos años” y, sobre todo, alertó con datos escalofriantes del alto poder de contagio de este virus. La organización advirtió, asimismo, de que esta circunstancia podría significar que la enfermedad regresara originando brotes en muchos otros países de todo el mundo. Sí, también en el nuestro. “Sabemos, a partir de modelos matemáticos, que si no erradicamos la polio en diez años podremos llegar a ver 200.000 casos nuevos al año”, aseguró entonces el portavoz de la OMS, calificando de “catástrofe humanitaria” el hecho de que finalmente no se hubiera podido vencer por completo al virus.

En Occidente, la advertencia sobrevoló la actualidad informativa sin llegar a aterrizar en ella, a pesar de que en Siria, donde los bombardeos habían destruido infinidad de estructuras sanitarias, hubieron de interrumpirse los programas de vacunación puestos en marcha. También resultaba alarmante el caso de Somalia, con muchos de sus habitantes refugiados en campos de Kenia, lo que dificultaba la localización de los niños que tenían que recibir la vacuna. No obstante, el gran e inesperado problema con que se encontró la OMS fue el viento de rechazo a los programas internacionales de inmunización que empezó a soplar en la zona, obligando a los vacunadores a viajar con escolta para suministrar las dosis. Jugándose la vida, para salvar la de otros y proteger su salud. Saltaron con fuerza las alarmas. ¿Qué razón tan fundamental – o fundamentalista – podía justificar semejante disparate? En realidad las primeras campañas contra la vacunación habían surgido en 2011, cuando los talibanes empezaron a contaminar con su lunática demagogia el clima de inmunización asegurando que esas vacunas eran un complot para reducir la fertilidad de los musulmanes.

De pronto, los convoyes sanitarios que se desplazaban de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, se convirtieron en objetivo enemigo y aumentaron los atentados contra los equipos médicos encargados de las vacunaciones. Además de la paranoica excusa antes mencionada, los fundamentalistas decidieron que dichos convoyes eran grupos operativos encubiertos de los servicios de inteligencia de EEUU, teoría en la que se vieron “reforzados” cuando Osama Bin Laden cayó en la operación de los Navy Seals precisamente mientras se desarrollaba una campaña de vacunación en Abbottabad, la ciudad pakistaní donde se escondía. Estaba claro: la campaña anti-polio había aprovechado los pinchazos para extraer ADN de todos los niños de la ciudad hasta dar con los perfiles genéticos que coincidieran con los de la familia del terrorista más buscado del momento.

Por su parte, en un intento de contrarrestar la indeseable propaganda, UNICEF creó un folleto informativo que compilaba cerca de 40 decretos religiosos favorables a la vacunación, para convencer a los padres de que no pusieran en peligro a sus hijos. En vano. Ni siquiera destacados eruditos islámicos lograron persuadir a los radicales, a pesar de la contundencia del edicto firmado por destacados religiosos de Pakistán, Egipto, Afganistán y Arabia Saudí, que declaraba infieles a quienes asesinaran a los trabajadores dedicados a combatir la poliomielitis. La respuesta consistió, sin embargo, en un brutal ataque contra el equipo de vacunación que operaba en el noroeste de Pakistán. Por desgracia, la situación empeoró y ahora las predicciones de la OMS parecen haberse cumplido. Y no, esta vez la noticia no ha sobrevolado silenciosa sobre la actualidad informativa, porque ha sido en Nueva York donde un joven se ha convertido en el primer estadounidense en casi una década en contraer la polio y desarrollar una parálisis a causa del virus. A su vez, la Agencia de Seguridad Sanitaria de Reino Unido instó hace semanas a todas aquellas personas que no estuvieran al día con su vacunación contra la poliomielitis a que acudan a sus centros de salud para completar la pauta o a inmunizarse si no lo están. Un aviso que iba acompañado de la alerta emitida tras la detección de este virus en varias muestras de aguas residuales extraídas de las alcantarillas del norte y este de la ciudad de Londres.

El nombre de este conocido virus puede que en un tiempo ya no nos lleve al recuerdo de generaciones pasadas. El rechazo de los autodenominados antivacunas también existe en Occidente, aunque las “excusas” sean de otra índole.