MBS: ¿cómo no le vamos a querer?

Cumbre de Seguridad y Desarrollo de Jeddah

EFECumbre de Seguridad y Desarrollo de Jeddah

Nadie como un político sabe tragarse con tanto garbo sus propias palabras. Por motivos diversos. En ocasiones, pesa el propio interés en seguir ocupando la silla más preciada del poder; en otras, sin embargo, las circunstancias son tan extremas que, si realmente se ejerce el cargo pensando en el bien público y no en el privado, toca bailar con la más fea (o feo) y poner además la cama. A Mario Draghi, unas palabras – presuntamente pidiendo la cabeza de Conte - le han salido muy caras, aunque el suyo no sea un ejemplo de defender el asiento a capa y espada, sino que es Italia la que saldría perdiendo en una nueva crisis política que, por el momento, Mattarella ha logrado contener. De Boris Johnson, la verborrea siempre fue tan infinita que sus propios colegas le han bajado del trono y ahora andan a vueltas para que salga cuanto antes también de Downing Street.

Casos, los anteriores, todos en clave nacional a diferencia del protagonizado por Joe Biden, en pleno descenso de popularidad en su país y con público del mundo entero asistiendo a su visita a Arabia Saudí, tragándose las palabras que hace dos años dedicó al príncipe Mohamed Bin Salman, el siniestro MBS. Porque en 2020, el entonces candidato demócrata a la presidencia declaró su intención de convertir al reino árabe en un “Estado paria” y ya sentado en el despacho oval, ordenó publicar un informe de inteligencia cuyo resultado vinculó directamente a MBS con el asesinato del columnista de The Washington Post, Jamal Khashoggi, en el interior del consulado saudí en Estambul. Biden también decretó el llamado ‘veto Khashoggi’, que prohibía la entrada en Estados Unidos de saudíes que hubieran amenazado, intimidado o acosado a periodistas y activistas y, por último, congeló la venta de armas al reino árabe hasta que pudiera determinarse para qué las estaban usando, una clara referencia al conflicto en Yemen.

El mundo, sin embargo, se puso del revés.

Ahora más que nunca manda el realismo económico y geopolítico que ha obligado al casi octogenario presidente a desandar el camino de la mano dura, esa misma mano, ahora blanda, cuyo puño chocó Biden el pasado viernes con el polémico príncipe en Yeda, es decir, en su propio territorio. Exigencia ineludible de quien de facto manda más que su padre, el rey Salmán bin Abdelaziz, a quien sin embargo Biden sí estrechó la mano. Ya saben, teatro. La situación económica mundial se presenta tan grave que Biden se tragó no solo palabras, sino también un buen puñado de sapos porque, finalmente, el encuentro fue en casa del enemigo que, de pronto, no ha quedado más remedio que tachar de la lista negra. Hasta la fecha, MBS había despachado a todos los enviados del presidente estadounidense. Desde Brett McGurk, uno de sus hombres de confianza con experiencia en Oriente Medio, al director de la CIA, William Burns, figura respetada en el país árabe, pasando por Jake Sullivan, el consejero de política exterior más cercano a Biden. No volvieron de vacío, pero tampoco esperanzados. MBS rechazó los acercamientos de Estados Unidos argumentando que la inminente crisis energética estadounidense “se la habían buscado ellos mismos”.

El petróleo no ha sido, sin embargo, la única consideración de Biden en este viaje que le deja tan expuesto a las críticas. Otros líderes occidentales como el francés Emmanuel Macron, siempre conciliador, le había pedido varias veces que suavizara las tensiones con Arabia Saudí antes de que se decantarán por aproximarse a los círculos de influencia de Rusia, desestabilizándose aún más la zona. Arabia Saudí es clave para controlar a Irán, cuyo regreso al pacto nuclear está en punto muerto, buscar soluciones a la guerra en Yemen y frenar la influencia de China en la zona. La invasión rusa de Ucrania y la guerra económica en la que nos hemos embarcado lo ha cambiado absolutamente todo. Vladimir Putin ha logrado, incluso, hacer bueno al joven príncipe saudí de cuya llegada se esperaban reformas que enseguida se vieron eclipsadas por su actividad favorita: organizar arrestos. De periodistas, blogueros, activistas de derechos humanos. De todo aquel de quien no le gusten sus palabras. Países incluidos: expulsó al embajador canadiense, porque su país había osado denunciar la campaña de detenciones que lleva a cabo y que parece no tener fin.

Hasta el asesinato de Khashoggi, cuyo cadáver descuartizaron en una operación integrada por 15 agentes saudís, a MBS, cuya arrogancia solo puede crecer en la sensación de impunidad, lo que le preocupaban eran las críticas internacionales por la guerra de Yemen. Dentro de su país, una vez nombrado sucesor, su estrategia consistió simplemente en eliminar a los críticos y, sobre todo, neutralizar a sus poderosos enemigos. ¿Nos hemos olvidado ya de los millonarios a los que el príncipe encerró en el Hotel Ritz Carlton de Riad para que pagaran sus deudas con hacienda o devolvieran lo embolsado por presunta corrupción? Ellos seguro que no. Como tampoco han olvidado - en el recuerdo reside el miedo - que uno de los detenidos, el general Ali al Qatani, fue torturado hasta la muerte por su cercanía al príncipe Turki bin Abdulah, hijo del fallecido rey Abdalah, y por tanto rival de Bin Salman en la enrevesada línea sucesoria que implica a docenas de primos en diversos grados. El propio príncipe Turki también fue detenido, aunque más tarde fuera puesto en libertad, con pago o no de por medio, igual que lo fue el príncipe Al Ualid bin Talal, uno de los hombres más ricos del reino.

En su particular purga, Bin Salman también ordenó la destitución del jefe de la Guardia Nacional, lo que no gustó a las tribus beduinas que la forman, y también la del príncipe Miteb bin Abdalah, comandante en jefe de la misma. Destituciones ambas que obligaron a que mediara el anciano y enfermo rey Salman. El príncipe “moderno”, como a MBS le gusta que le vean, creó así un clima de ruptura también dentro de la casa de los Saud, cuya unidad el rey Abdalah y su sucesor el rey Salman, por el contrario, siempre se habían esforzado en mantener. Temperamental, arrogante e impulsivo, MBS tiró de apisonadora desde el primer momento. También con la guerra en Yemen, ahora estancada para sufrimiento de quienes la padecen, y el boicot a Qatar, su mayor fracaso internacional hasta la fecha.

Él no vale nada, pero su país cuenta con la influencia de su petróleo, enormes inversiones en Occidente y es un “buen cliente” de la industria armamentística. En definitiva, está al frente de un país tan rico que incluso se permite “rescatar” a millonarios. Al mismísimo Donald Trump en dos ocasiones (que se sepa): en 1991, cuando estaba al borde de la ruina, el príncipe saudí Alwaleed Bin Talal Alwaleed le compró su yate por 19 millones de dólares y en el 94, volvió a darle un respiro con la adquisición del 51% del Hotel Plaza de Nueva York por 125 millones. El bienvenido dinero saudí está también en el epicentro del poder tecnológico, Silicon Valley. Su fondo soberano, Public Investment Fund (PIF), ha comprado, por ejemplo, 2.000 millones de dólares de títulos del fabricante de coches eléctricos Tesla, 400 millones de Magic Leap, y ha puesto la mitad de los 93.000 millones de dólares del vehículo de inversión Vision Fund. Asimismo, los saudíes han invertido en Uber, en WeWork y están negociando acuerdos con Virgin para la construcción de un sistema de transporte ferroviario con trenes que circularían a 1.000 kilómetros por hora. Y desde que llegó al poder, MBS ha incrementado y acelerado al máximo esta política inversionista en Occidente. Así que, ¿cómo no le vamos a querer fuera a pesar de lo que haga dentro?

Esto era precisamente lo que denunciaba Jamal Khashoggi. En su último artículo para The Washington Post, publicado después de su muerte, sus palabras – él nunca se las tragó – destilaban amargura y resignación: «Mi querido amigo el prominente escritor saudí Saleh al-Shehi escribió una de las columnas más famosas jamás publicadas por la prensa saudí. Desafortunadamente, hoy cumple una condena de cinco años de prisión por supuestos comentarios contra el establishment saudí. El Gobierno egipcio se incautó de toda la tirada del periódico Al-Masry Al-Youm, sin provocar ninguna protesta ni reacción de sus colegas. Estas acciones ya no conllevan el rechazo de la comunidad internacional. Como mucho, desencadenan una condena rápidamente seguida del silencio. Como consecuencia de ello, a los Gobiernos árabes se les ha dado carta blanca para seguir silenciando a los medios de comunicación a un ritmo cada vez más rápido (…)».