¿Por qué no paras la guerra?

Vida diaria en Kiev en medio de la invasión rusa a Ucrania

EFEVida diaria en Kiev en medio de la invasión rusa a Ucrania

El pasado viernes, la Rusia de Putin tuvo un día muy ajetreado lanzando bombas también fuera de su particular patio de batalla, Ucrania, donde la agresión sigue sumando muertos, refugiados y destrucción. En la esfera diplomática, su mano de derecha - una de ellas -, el ministro de Exteriores ruso Sergei Lavrov, harto de “reproches” y sin demudar ese rostro que ya conocemos, mezcla de condescendencia y hartazgo, abandonó antes de lo previsto la cumbre de jefes de la diplomacia del G20 que comenzó en Bali el jueves. Ya a su llegada al lujoso resort de la isla indonesia, Larov lanzó de soslayó una de esas miradas indulgentes que le caracterizan cuando, entre abucheos, un espontáneo del público congregado a las puertas le increpó “¿Cuándo pararás la guerra? ¿Por qué no paras la guerra?”.

Si hubo algún otro ciudadano de a pie que preguntara, no solo a él sino a todos los reunidos, qué demonios pintaba Rusia allí, no ha trascendido. Sí sabemos que Estados Unidos, apoyado por algunos de sus aliados occidentales, había pedido que Rusia fuera excluida de los foros internacionales. Sin embargo, Indonesia, preocupada por su neutralidad, confirmó su invitación al Ministro de Relaciones Exteriores de Rusia y “solucionó” el asunto invitando también a su homólogo ucraniano. Así que allí estaban todos, pero si Larov esperaba “más diplomacia” de puertas para adentro debió de quedar espantado al comprobar que el espíritu del populacho había contagiado a sus educados homólogos. Es cierto que se esperaba tensión, especialmente cuando, por primera vez desde la invasión, se viera las caras con el estadounidense Antony Blinken, pero en esas cumbres, afortunadamente, impera la corrección y ya estaba previsto zanjar el mal ratillo evitando el encuentro entre ambos. Ya saben, ningún contacto visual, aunque fuera a metros de distancia, ni inoportunos cruces casuales por alguno de los pasillos del paradisiaco complejo. La diplomacia manda y, por otra parte, así debe ser. Al enemigo, aunque de momento no huya, puente de plata, máxima militar de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, que de guerras sabía un rato.

Sin esa diplomacia o corrección, que la plebe llamamos hipocresía, estaríamos perdidos. Se esperaba, en definitiva, que todos guardaran las formas. Pero no ocurrió así. Empezando por el ministro ruso que, sobrado, exento de urbanidad y cargado de soberbia, abandonó el auditorio justo en el momento en que su homólogo ucraniano, Dmytro Kuleba, hablaba a través de videoconferencia. Me dirán que el hecho fue simple coherencia, que también, pero no se trató de un “regalo sorpresa” que le tuvieran preparado. Larov también estuvo ausente, ni se acercó por el auditorio, durante el discurso de Blinken, quien dedicó parte de su conferencia a abogar por la reanudación de las exportaciones de cereales ucranianos, para evitar acrecentar el daño en numerosos países de Oriente Próximo y del norte de África como consecuencia de la disminución del comercio. A pesar del vacío asiento ruso, Blinken se dirigió a quien debería haberlo ocupado: “A nuestros colegas rusos: Ucrania no es vuestro país. Ese grano no es vuestro grano. ¿Por qué bloqueáis los puertos?”.

La estampida definitiva de Larov tuvo lugar, sin embargo, cuando llegó el turno de la consabida fotografía de familia y quedó claro que ningún líder occidental iba a prestarse a posar con él. Posteriormente, se quejó con amargura a la prensa del maltrato y la falta de profesionalidad de sus colegas occidentales, que querían “utilizar la arena del G20 para cualquier cosa que no sea un foro para discutir los principales problemas mundiales”, como si la crisis energética y alimentaria mundial provocada por la agresión a Ucrania no lo fuera.

Poco después, lejos de Bali, en la ONU, Rusia vetaba una resolución del Consejo de Seguridad para autorizar las entregas transfronterizas de ayuda vital al noroeste de Siria, controlado por la oposición. El cierre de la última ruta desde Turquía había puesto en riesgo de inanición a más de tres millones de personas y la tragedia humana, tras once años de guerra, es inconmensurable en aquel país. Solo la operación transfronteriza puesta en marcha en 2014 gracias a un mandato de la ONU, ha permitido que llegara el indispensable auxilio humanitario sin el permiso del presidente sirio Bashar al-Assad, aliado de Rusia. Era precisamente su prórroga – el mandato de la ONU finalizó este 10 de julio – lo que estaba previsto aprobar en Nueva York durante la sesión del viernes. El resultado, tras el veto de Rusia y la abstención de China, es devastador. Tamer Kirolos, director de la respuesta en Siria de Save the Children, reaccionó de inmediato llamando a la cordura: “No se equivoquen, el hecho de que el Consejo no vuelva a autorizar este cruce pone en riesgo la vida de cientos de miles de niños, niños que no han conocido nada más que el conflicto y la vida en los campamentos”.

Rusia hace tiempo que se quitó la careta, sigue haciendo rehenes del hambre y no puede permitirse perder aliados. Porque la realidad es que si la ONU administra las transferencias de ayuda al noroeste del país es porque se encuentra fuera del control del gobierno sirio. ¿Mandar alimentos al enemigo? El régimen sirio solo ha facilitado una pequeña cantidad de lo que se conoce como ayuda “cruzada”, es decir la que cruza las líneas del frente dentro de un país, en lugar de cruzar las fronteras internacionales. Y es lo que Rusia defiende como solución, aunque lo que realmente esté protegiendo sea la soberanía del presidente Al Assad. Es él, afirma Rusia para justificar su veto, quien tiene prioridad a la hora de proporcionar ayuda. El problema, sin embargo, es que no lo hace ni lo hará. Mientras que el auxilio que ha llegado a través de Damasco ha alimentado a menos de 50.000 personas, desde el centro de operaciones en el cruce con Turquía, la ONU y sus socios daban de comer a 1,4 millones de personas.

Como colofón a tan febril jornada, Vladimir Putin aprovechó una reunión con los líderes de los grupos parlamentarios y la directiva de la Cámara Baja en el Kremlin, para advertir que su país, en realidad, aún no ha empezado “nada serio” en Ucrania. El temporizador ya está en marcha: “no nos negamos a celebrar conversaciones de paz. Pero aquellos que se niegan deben saber que cuanto más tiempo pase tanto más complicado será llegar a un acuerdo con nosotros”. El invierno, señores, está a la vuelta de la esquina.