Miguel Ángel Blanco: Del autor detrás del autor

Miguel Ángel Blanco, secuestrado y asesinado por ETA

EFEMiguel Ángel Blanco

El concejal de Ermua secuestrado y posteriormente ejecutado por los terroristas de ETA, Miguel Ángel Blanco, tendría hoy 54 años. Sin embargo, en unos días, lo que se cumplirá será el 25 aniversario del atroz martirio que, en soledad, a oscuras, sin saber lo que ocurría en su casa y en todo un país, el joven político del PP se vio forzado a padecer. Quienes tenemos edad suficiente para haber seguido en vilo la noticia de su desaparición, del chantaje que puso precio a su vida y de su execrable desenlace, aún nos estremecemos. No todos, por supuesto. Porque la memoria puede ser tan frágil como traicionera. A veces tanto como uno quiere; en otras ocasiones, por desgracia, aunque no quiera. A nivel individual, resulta asolador que se borre el recuerdo de la persona que fuimos, de aquellos a quienes amamos, de dónde vinimos, hasta qué lugar llegamos. Como colectivo, el olvido distorsiona la Historia, nos arrastra de nuevo a ese precipicio que invita a repetir los mismos errores, los mismos crímenes. A no hacer justicia.

Por eso, este año, que el homenaje convocado por la fundación que lleva el nombre del político asesinado esté “acompañado” por el informe de la Guardia Civil que sustenta la tesis de que hubo una autoría mediata del crimen que aún no ha rendido cuentas es, al menos para algunos, esperanzador. El titular del Juzgado Central de Instrucción número 6 de la Audiencia Nacional, Manuel García-Castellón, que ordenó dicho informe, afirmó en el auto que admitía a trámite la querella presentada por la Asociación Dignidad y Justicia que “En pocos casos, como este atentado, puede perfilarse con más nitidez la figura de la comisión por omisión, pues quienes ejercían el liderazgo de la organización terrorista, el llamado Comité Ejecutivo, dispusieron de, al menos, cuarenta y ocho horas para detener la acción, pudiendo disponer en todo este tiempo, presuntamente, de un dominio directo del hecho, en el marco de la organización, que permite, desde este momento procesal, iniciar una investigación para delimitar el avance de sus posibilidades”.

Es, en mi opinión, una torpeza demagógica confundir recuerdo con rencor, memoria con resentimiento. ETA empezó a desangrarse precisamente aquel verano, si es que por sus necrosadas venas corrió alguna vez sangre en lugar del cianuro con el que confeccionaba sus planes. La banda asesina dejó de matar porque fue derrotada, pero nunca ha renunciado al odio que le impide reconocer su perversión, pedir perdón a las víctimas y colaborar para que no quede ni un atentado sin resolver. La memoria está, entre otras cosas, para evitar que los verdugos de antaño pretendan ahora hacerse las víctimas. No es rencor; mucho menos, revancha. Es sentido común, justicia, memoria y democracia. Sin embargo, el camino para que la reapertura del caso de Miguel Ángel Blanco lleve finalmente a que quienes, siendo responsables, quedaron impunes de aquel crimen, es decir, los máximos dirigentes de la organización en aquella época: 'Antza', 'Kantauri' 'Iñaki de Rentería' y 'Anboto', es pedregoso e incierto. No solo por las lógicas e indispensables interpretaciones jurídicas de la doctrina de la autoría mediata, sino también por las garantías judiciales propias de los países democráticos. Un primer escollo en la instrucción ha sido precisamente el rechazo del Tribunal de Apelación de París a ampliar la orden de entrega del exjefe de ETA José Javier Arizcuren Ruiz 'Kantauri', que cumple condena en el Centro Penitenciario de Murcia II, tras ser entregado por el país galo por unos hechos distintos al asesinato del edil, lo que obligó a la Audiencia Nacional a solicitar permiso para interrogarle por hechos diferentes.

En relación a la doctrina del profesor alemán Claus Roxin acerca de que en estructuras férreas de control jerárquico el mando viene desde la cúspide, existen en España importantes divergencias en su interpretación. Por ello, en el informe de la Guardia Civil se aportan documentos incautados a la banda donde puede leerse, por ejemplo, que “la militancia asumía los principios del centralismo democrático” o que “las órdenes solo se daban durante los comités ejecutivos celebrados cada domingo”. En definitiva, que nadie más que la dirección adoptaba las decisiones. Todas, con independencia de su “trascendencia”. A partir de este hecho incontestable de carácter general, la investigación se centra en desgranar con detalle y en concreto la responsabilidad penal de cada uno de los miembros de la Ejecutiva en el secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Primero dieron la orden de golpear a los políticos del PP, y cuando el joven concejal vasco estuvo en sus manos, ordenaron matarle o, en cualquier caso, no hicieron nada para impedir que los terroristas a sus órdenes le pegasen un tiro. El informe nos recuerda que «Durante el tiempo que duró el secuestro se produjo un clamor social de enormes repercusiones, y es imposible que los integrantes del Comité Ejecutivo no tuviesen conocimiento del mismo de cara a poder cambiar su decisión primaria de asesinarle si no se cumplían sus exigencias». Es aquí donde entra en juego, la doctrina de la autoría mediata también en su vertiente de la comisión por omisión. El autor mediato tiene el poder y capacidad para decidir si el intermediario ejecuta el delito. Los jerarcas de ETA tuvieron en sus manos impedir el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco y no lo hicieron porque en 1997 la prioridad de la banda terrorista era “cazar concejales del Partido Popular”. Fue una operación articulada desde arriba, “no una decisión de motu proprio” de los etarras del comando Donosti que la ejecutaron”.

La aplicación de esta teoría tiene como fundamento que “en una organización delictiva, los hombres de atrás que ordenan delitos con mando autónomo, pueden, en este caso, ser responsables como autores mediatos, aun cuando los ejecutores inmediatos sean, asimismo, castigados como autores plenamente responsables”. En resumen, el ejecutor material condenado “empuñó la pistola, mientras la jefatura empuñaba a dicho ejecutor”. Por ello, la querella de la Asociación insiste en que “si el peón fungible que empuñaba la pistola se hubiese negado finalmente a disparar, hubiese sido fácilmente sustituido por otro peón fungible que sí hubiese disparado y Miguel Ángel Blanco habría sido igualmente asesinado”. Es decir, habrían seguido adelante, como así hicieron, con todas las consecuencias. A veces, no obstante, cuando el sorbo de veneno inunda la garganta de un pueblo entero para intentar ponerlo de rodillas, doblegarlo bajo el peso del miedo, equivocarlo de culpable, el resultado es el contrario. Así ocurrió aquel mes de julio, cuando los terroristas escribieron la crónica, a cámara lenta, de la muerte anunciada de Blanco. Un delirio asesino, que terminó por volverse en su contra. No habían previsto que el miedo, el chantaje y la amenaza que querían infligirnos a todos con la sangre del joven concejal, iba a traducirse en repulsa, conmoción y rechazo. Salimos a la calle para exigir que Miguel Ángel fuera liberado y, después, una vez cometido el cobarde crimen, volvimos a inundar las calles, para condenarlo. En lugar de dejarnos envenenar, guardamos silencio, alzamos manos pintadas de blanco, permanecimos juntos frente a la barbaridad de unos matones, unidos en el dolor por el asesinato de un hombre que solo estaba empezando a vivir. A poner su granito de arena en la lucha para alcanzar una existencia en libertad. Sin miedo a ser, decir, mirar, mostrar.

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