Serrano, 205: otra casa de los horrores

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Nadie, al parecer, sabía “demasiado” del maltrato o, como mínimo, de la acerbidad que reinaba en el piso 1ºC del número 205 de la madrileña calle de Serrano. A pesar de que es difícil concebir un refugio más sagrado que el propio hogar, con independencia de su ubicación y metros cuadros, descubrimos con frecuencia que entre las paredes que rodean a una familia pueden producirse los crímenes más atroces. Lentos o acelerados, con episodios desapacibles como temporales que terminarán amainando antes del siguiente o, por el contrario, definitivos como la muerte. A veces, ella, la muerte, es la única capaz de terminar de una vez por todas con existencias terroríficas y sacar a la luz el constante o intermitente martirio de algunas convivencias. Y, por desgracia, cuántas veces el epitafio es, simplemente, crónica de una tragedia anunciada.

El crimen cometido por Fernando González de Castejón ha sido el penúltimo que se suma a la lista de finales definitivos tras años de tortura padecida, una vez más, en el propio domicilio. Gemma Jiménez Vivalda, de 44 años, y su amiga Julia Cuevas, de 70, fueron ejecutadas con un único disparo en la cabeza en el interior del hogar de la primera. Su caso, es cierto, ha conmocionado de manera especial por los títulos nobiliarios que ostentaba quien apretó el gatillo y la privilegiada existencia que se le suponía. Sin embargo, su carácter agresivo y su apabullante prepotencia en las relaciones afectivas de cualquier clase demostraban que no era de los que permitían “afrentas”. Siempre se ha dicho que para recorrer el camino que separa el amor del odio sólo hay que dar un paso muy pequeño, pero hablar de amor en estos casos provoca indescriptible rechazo. A mi juicio, no existe mayor prueba de amor que el respeto. También a la hora de dejar marchar al otro, si así lo ha decidido, ya sea por hastío, miedo, supervivencia, desamor o incluso un nuevo enamoramiento. No concibo una demostración más auténtica de amor que asistir con resignación a la despedida.

¿Cuántas veces se escucha hablar de relaciones sentimentales en las que el amor no aparece por ningún sitio? ¿De qué estamos hablando entonces? ¿Posesión, orgullo, obsesión? A veces se trata sólo de esa pulsión, por desgracia también tan característica del ser humano, de no saber perder y no me refiero, claro, a pérdida en el sentido de ausencia del ser amado, sino a la pérdida de quien vive la existencia como una constante competición, una infinita batalla. El conde de Atarés y marqués de Perijá llevaba décadas haciendo imposible la vida de su más estrecho círculo que, en silencio, para evitar escándalos, resistía sus envites. Lo hicieron su madre y sus hermanas hasta que fueron agredidas por Fernando durante una cena “familiar” en 2009 y el saldo fue, por fin, la correspondiente denuncia, una judicial orden de alejamiento y una decisión, esta de carácter personal, de limitar la relación con él a lo estrictamente indispensable para seguir teniendo contacto con su nieta y sobrina.

Era precisamente Gemma quien facilitaba los encuentros de su hija con la familia paterna y, aunque en 2018 a su casa también llegó una noche la policía alertada por los vecinos, ella nunca ratificó en el juzgado la denuncia de malos tratos por parte de su pareja. Por el contrario, tras pasar un tiempo separados, regresó al hogar que habría de convertirse en la escena de su injusto homicidio. ¿Una nueva oportunidad? ¿Promesas de haber cambiado? Por desgracia, su decisión acabó siendo coartada para que Castejón pudiera continuar “culpando” a los demás de su fracaso existencial, que él vivía como un complot de seres inferiores. Jamás como prueba incontestable de que necesitaba cambiar, aunque solo fuera para reconvertirse en un manipulador más eficaz, ya saben, de esos que tiran de mentira y sutileza para conseguir sus propios fines. No estaba en su carácter.

De su tío abuelo, José Miguel López-Nieulant y Díaz de Tuesta, Fernando heredó los títulos y la parte del legado que los acompañaban pero no el grueso de su millonaria fortuna. Soltero, sin hijos, López-Nieulant siempre se preocupó por contribuir al bienestar de su ya entonces soberbio y malcriado sobrino pero, a falta de herederos forzosos, pudo hacer con su riquísimo patrimonio lo que le dictaba el corazón y no la sangre. Así que Vicente Marín, su compañero de vida, fue quien heredó todo cuando José Miguel falleció en 2010, a los 92 años. Marín fue, por supuesto, mil veces amenazado por el sobrino “agraviado”, que no pedía las cosas ni malgastaba energías en camelar a sus víctimas para obtenerlas. Consideraba que le pertenecían, igual que las personas. Su mujer no iba a marcharse esa noche, ni nunca. Este hecho, el del definitivo hartazgo de una víctima de malos tratos a manos de quien asegura quererla, desencadenó la tragedia que, una vez consumada, sorprendía a las amigas de Gemma.

Porque las víctimas de violencia en el hogar tardan décadas, primero en aceptar frente al espejo que los son y, más tarde, en reunir el coraje necesario para confesar su vida de puertas para adentro. Se resisten durante años a verlo y, luego, experimentan una inexplicable vergüenza que les impide contarlo. Para la psicóloga Clarissa Pinkola en su libro “Mujeres que corren con los lobos”, también tardan, si es que finalmente llegan a hacerlo, en encontrar fuerzas para librar la última y decisiva batalla contra su pareja, es decir, separarse. Han vivido literalmente el cuento de Barba Azul, casándose con quien destruirá sus vidas, a veces, convencidas de que podrán “curar” a aquella persona con su amor. Con el tiempo, sin embargo, sus esperanzas de una vida digna para ella y sus hijos son cada vez más escasas. Aun así, en lugar de buscar una salida, lo que hacen es empezar a vivir de una manera falsa. Sin embargo, por mucho que una mujer trate de ocultar las devastaciones de su vida, la pérdida de su energía vital, no cesará hasta que identifique la verdadera condición del depredador que duerme a su lado e intente alejarse.

Cuando estas mujeres abren las puertas de su interior y examinan las carnicerías contra ellas perpetradas, descubren la ejecución sumaria de sus sueños, objetivos y esperanzas. También unos pensamientos, sentimientos y deseos exánimes que antaño fueron prometedores y que el depredador se ha estado dedicando a destruir metódicamente. Descubrirlo y admitirlo es difícil; confesarlo y pedir ayuda, mucho más. Gemma por fin se marchaba y tomó precauciones. Puso a salvo a su hija y pidió a una amiga que la acompañase a recoger algunas cosas antes de liberarse. Fue demasiado tarde, el conde no tenía el perfil de alguien capaz de enfrentarse a desafíos tan devaluados hoy en día como el de pasar por una ruptura amorosa sin caer en la tentación del castigo indiscriminado al otro, una represalia que, a veces, afecta incluso a los que rodean a la pareja. ¿Habría asesinado también a su hija de diez años de haberse encontrado en el domicilio? Nunca lo sabremos, pero la ejecución de Julia lo torna más que viable. De nuevo un asesinato para evitar perder lo que uno mismo ha arruinado.

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