Más munición para Putin: el tiempo corre en su contra

ejército ruso

EFEUcrania

Día 4 de la invasión. Para Putin, muchísimos. También para Zelensky aunque por muy diferentes motivos. El mandatario ruso planificó una ocupación exprés, sin tiempo a que la opinión pública pestañeara o a que los países de la UE se pusieran de acuerdo en algo más que frases de condena, esas que se lleva el viento incluso con las isobaras en calma. El presidente ucraniano, por su parte, una vez repuesto de la tímida respuesta internacional al primer ataque, suma días de inimaginable resistencia frente a las tropas rusas. Ha entendido que con cada hora que su país resiste, obliga al mundo a asumir por fin lo que está ocurriendo y dar un paso más para enfrentarse a la potencia nuclear de Putin sin ponernos a todos en su demente punto de mira.

Joe Biden, en su primer discurso tras la invasión, no pudo evitar cierto tono de “ya os lo dije” y ofreció un dato de tal racionalidad sin pretensiones que, en mi opinión, contrastó como ningún otro con los análisis, predicciones y propuestas de la llamada diplomacia al más alto nivel. El veterano mandatario estadounidense hizo referencia al acopio por parte de Rusia de reservas de sangre como inequívoco indicador de que Putin solo esperaba que China clausurara los Juegos para dar luz verde al masivo ataque. Ya estaban en la frontera las tropas, los misiles, los carros y el resto de la maquinaria de matar, pero algunos líderes europeos, más jóvenes que él, se empeñaban en creer que era imposible que el presidente ruso pudiera mentir con ese desparpajo. Es decir, como lo hace un manipulador de tomo y lomo. Un psicópata de manual, que sabe que al enemigo se le vence con una estrategia combinada de aislamiento, descrédito y amenaza. O llegado el caso, cuando se aburre, por la fuerza.

¿Acaso no conocemos ya a Putin?, parecía exhortarnos a reflexionar Biden mientras Rusia le acusaba de paranoia extrema. Solo un ejemplo de antecedentes. Remontémonos a 2006, cuando al ex espía del KGB Alexander Litvinenko también le acusaron de paranoico hasta que el mundo asistió atónito a la lenta agonía de su organismo envenenado con polonio-210. A pesar de que Gran Bretaña le hubiera concedido la ciudadanía, él sabía que Putin no olvidaba. Sus propios amigos intentaban convencerle de que, después de haber conseguido escapar de Rusia, nadie se iba molestar en ir a Londres para matarlo. Ya lo habrían hecho en Moscú, le decían, en la cárcel por la que pasó dos veces. Pero el “pecado” del ex espía no tenía perdón en la realidad alternativa del mandatario ruso: cuando en 1998 Litvinenko recibió la orden de asesinar a Boris Berezovsky, lo que hizo fue advertir al oligarca y darle tiempo para refugiarse en Londres, desde donde él, a su vez, dos años más tarde, ayudó a salvar la vida a quien antes se la había salvado.

¿Cómo era posible que en pleno Londres, superada la Guerra Fría, hubieran asesinado a un hombre con un isótopo radiactivo? La Justicia británica concluyó que Andréi Lugóvoi fue quien envenenó el té de Litvinenko en el bar del lujoso Hotel Millenium de Grosvenor Square. Punto. ¿Dónde está Lugóvoi ahora? Es diputado de la Duma. ¿Qué fue de Berezovsky? Apareció ahorcado en 2013 en su mansión de Surrey, al sur de Inglaterra. Durante años, el Gobierno británico se opuso a llevar a cabo la investigación pública que reclamaba la viuda de Litvinenko resistiéndose a la injusticia y a ese olvido donde en la actualidad se disuelven, de forma tan instantánea como un sobrecito de veneno, los escándalos que no convienen. Putin aireó entonces que aquel terrible suceso fue orquestado por sus enemigos con el objetivo de enemistarle con sus “amigos” europeos. Hasta la próxima.

Y la siguiente parece probable que se le fuera un poco de las manos, incluso a él. Aunque, por supuesto, también saliera airoso. Por entonces, el papel de líder paranoico lo interpretó David Cameron - a propósito, ¿se dan cuenta cuántos mandatarios democráticos ha visto caer Putin desde su tribuna? -, quién tras el derribo (supongamos accidental) del vuelo MH17 de Air Malaysia urgió a Europa a adoptar medidas más duras contra Rusia y los intereses en Occidente de sus oligarcas, muchos de ellos, por cierto, en Gran Bretaña. Acababan de perder la vida 298 civiles de diversas nacionalidades, holandeses en su mayor parte, que viajaban en un Boing 777 derribado cuando sobrevolaba territorio controlado por los rebeldes prorrusos. A pesar de que estos estuvieron días jugando al gato y al ratón con las cajas negras, trasladando cadáveres y vigilando fusil en mano a los miembros de la OSCE que intentaban acceder a la zona cero, la investigación concluyó que fue un misil lanzado por ellos y suministrado por Rusia. Putin insistió que el misil lo había lanzado el ejército ucraniano. Y, otra vez, punto.

A Putin le hemos visto eliminar a periodistas, encarcelar a opositores, envenenar a “traidores” dentro y fuera de su país, anexionarse Crimea y apoyar a las milicias separatistas del este de Ucrania durante siete largos años. ¿Por qué tanto tiempo? ¿Por qué ahora Zelensky y su cúpula son una panda de drogadictos neonazis de quienes es urgente liberar a Ucrania? ¿Cómo es posible que el despliegue militar que hace unas semanas servía para unas maniobras ahora venga tan bien para acudir al rescate de las regiones separatistas reconocidas por Rusia precisamente estos días? Putin repitió hasta la saciedad el cuento de las maniobras, soportó visitas de mandatarios a los que desprecia y aseguró que siempre había estado abierto a la negociación. Todo falso. Marca soviética de la casa. No han pasado más de siete años porque Putin temiera la reacción de Occidente sino porque, conociendo ya cómo sería la misma, tenía que prepararse. En 2014, Putin calculó lo que podían suponer a largo plazo las sanciones internacionales en materia económica y, con taimada paciencia, planificó un modo para encararlas.

La Rusia de hoy no es económicamente la misma que en 2014. Desde entonces, el Kremlin ha acumulado reservas en oro y divisas valoradas en 630.000 millones de dólares, la cuarta cantidad de reservas más alta del mundo, para apuntalar el rublo durante un tiempo considerable y solo el 16% de las divisas se mantiene actualmente en dólares, frente al 40% de hace cinco años. El país ha reducido su dependencia de préstamos extranjeros, ha abierto nuevos mercados en China e India y ha recortado su presupuesto, priorizando la estabilidad sobre el crecimiento, lo que ha significado que la economía rusa creciera un promedio de menos del 1% anual durante la última década, volviéndose más autosuficiente en el proceso. También ha dado los primeros pasos para crear su propio sistema de pagos internacionales que le permita operar fuera del Swift y, en definitiva, ha dedicado estos años a construir un sistema financiero alternativo. A la medida de su realidad alternativa.

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