Gallardo, machirulo de pelo en pecho

Juan García-Gallardo, vicepresidente de Castilla y León y presidente de Vox en esta comunidad.

EFEJuan García-Gallardo, vicepresidente de Castilla y León y presidente de Vox en esta comunidad.

Son los políticos con tintes fascistoides que llaman imbécil a quién no piensa como ellos, o simplemente a quienes no les caen bien o les critican en función del cargo que ostentan, los que acaban enviando a un cierto sector de nuestra clase política al fondo del estercolero nacional. Hablamos de los matarifes de la palabra, los verduleros sin modales, los chuletas de toda la vida, los machirulos de pelo en pecho que siempre eligen insultar antes que hablar.

Son personajes como Juan García-Gallardo, vicepresidente de la Junta de Castilla y León y presidente de Vox en esta comunidad, los que acaban asustando a una perpleja ciudadanía que se pregunta con estupor y algo de vergüenza ajena si realmente se merece este escaso nivel en sus representantes públicos.

Nadie se merece tanto chunguerío. Nadie se merece una política de tiro al plato, por mucho que el cazador tenga el aval, que no patente de corso, que ofrece el resultado de las urnas. Los votos no pueden justificar ni dar cobertura a los insultos como armas de destrucción masiva, al atropello continuado, a la chufla, a la humillación, al menosprecio absoluto contra quienes, no hay que olvidarlo, también han sido elegidos democráticamente por los ciudadanos. No se puede ir con tirachinas por los hemiciclos porque luego se acaba estirando la goma en la calle y ahí sólo quedaría ya liarse a hostias. Y al muchacho en cuestión se le veían maneras, y demasiadas ganas, desde el primer día.

Terrible resulta, además, que el lenguaraz, el tal Gallardo, sea el mismo individuo que en mayo, al dirigirse a una diputada de la oposición en Castilla y León con discapacidad, le dijera que iba a hablar con ella “como si fuera una persona como todas las demás”. Tal barbarie provocó una ola de indignación que, con pena tengo que decir, no pareció afectar demasiado al personaje, ni le hizo replantearse, eso seguro, su concepto de la normalidad.

Lo mismo que cuando el pasado mes de junio atribuyó a la “banalización del sexo” el grave problema de despoblación y baja natalidad, porque “cuando se olvida que la finalidad principal del sexo es la procreación, hay personas que se liberan de las cadenas que supone la familia y el matrimonio para dedicar su existencia a satisfacer sus deseos sexuales”.

No se quedó ahí el muchachote y culpó de todo lo habido y por haber a “la infantilización de la sociedad, con eternos adolescentes y hombres y mujeres caprichosos que no quieren asumir las cargas implícitas e inmediatas que supone tener un hijo”. Una sociedad, añadió, que “demoniza a la familia y señala al matrimonio como una institución jurídica opresora”.

En esto de la banalización del sexo y de lo caprichosos que podemos llegar a ser, nada tengo que decir. Retrata al personaje, pero es muy libre de pensar y decir lo que tenga a bien siempre y cuando, y volvemos a lo importante, ni insulte ni menosprecie u ofenda a quienes no ven la vida como él. Dicho queda que no nos gusta su peculiar manera de ejecutar, de utilizar a su conveniencia la libertad de expresión a la que hasta alguien como él tiene derecho. Andar a trompadas por la política, siempre disparando, ni es ético ni presentable y siempre termina acarreando malas consecuencias.

Debería resultar una obviedad, pero no lo es, ni mucho menos, el respeto debido entre quienes defienden ideas antagónicas, y que incluso este respeto fuera incrementándose en función de la mayor diferencia de pensamiento entre unos y otros. Pero esto no solo no es así, sino más bien parece que estamos abocados a todo lo contrario.

Hemos convertido una buena parte del debate político en un torneo de garrotazos donde el titular se lo lleva el más burro. Lo hemos trasmutado en un debate canalla, falso y mediocre. Y a este peligroso juego no solamente juegan determinados machirulos de pelo en pecho procedentes de las catacumbas, sino que empieza a causar furor, y esto sí que es realmente inquietante, entre los dos grandes contendientes de la escena nacional que ven en este cuadrilátero un buen campo de maniobras donde echar al barro a su alegre muchachada para tratar de apalear al enemigo, en lugar de tratar de rebatir al contrario.