Labordeta, aquí sigue habiendo mucho que cantar

José Antonio Labordeta.

José Antonio Labordeta.

Aunque se han cumplido ya 12 años desde que nos dejara, la letra y la música de José Antonio Labordeta siguen estando ahí, al cabo de la calle, para consuelo y recordatorio de una ciudadanía que sabe que el miedo tiene raíces difíciles de arrancar, como él escribió.

Vivimos tiempos revueltos donde una más que preocupante situación económica nos tiene maniatados, amedrentados, asustados; donde aún nos queman los rescoldos de una maldita pandemia que nos encerró en nuestras casas y aniquiló a demasiados de los nuestros, y donde una guerra, lejana pero cercana, que no sabemos ni cómo ni cuándo acabará ni qué se llevará por delante, nos conduce por caminos convulsos sin saber a ciencia cierta por dónde anda la puerta de salida.

Además, afrontamos los peligros que nos acechan, que nos tienen rodeados, tan divididos como siempre, tan enfrentados como de costumbre. Es el maldito “frentismo” del que hablaba Emiliano García-Page este lunes en una larga entrevista en El Mundo. Un frentismo que no para y que nuestra clase política en lugar de templar agita con una insensatez manifiesta y un electoralismo indigno a la par que inquietante.

Labordeta, un hombre profundamente de izquierdas, pero de valores universales, nos repetiría una y otra vez que aquí sigue habiendo mucho que cantar. Labordeta, un hombre sin más, título del documental dirigido por Paula Labordeta y Gaizka Urresti que llega este próximo fin de semana a los cines, es el retrato íntimo de un hombre íntegro y honesto por encima de todo y que sigue teniendo hoy la vigencia de ayer. El abuelo, como lo llamaban desde mucho antes de serlo, hubiera querido ser recordado simplemente, mucho más allá de sus canciones y de sus libros, como ese hombre sin más del documental, como ese árbol batido, como ese pájaro herido, como ese verano ido, como ese lobo cansino…

Autor de canciones que cambiaron la historia de su tierra y que reinventaron el Aragón de nuestros días, -además de autor de un canto a la libertad que ya forma parte de la historia- se echó a los caminos con una guitarra a cuestas y bien pudieron ser suyas las palabras que escribiera Pablo Neruda cuando confesó que había vivido y escribió que "de estas tierras, de este barro, de este silencio, he salido yo a andar, a cantar por el mundo".

Acabó con demasiados años de vivir con los ojos cerrados, hizo de su derrota la victoria de otros muchos y fue un elemento intelectualmente subversivo que siempre formó parte de esa “insólita cofradía de creadores pensativos, rebeldes frente a tanta opresión y tanta mediocridad”, como recordó el catedrático y amigo Eloy Fernández Clemente cuando, en marzo de 2010, poco antes de morir, el cantautor, además de escritor y mil cosas más, recibió el doctorado Honoris Causa por la Universidad de Zaragoza.

Hombre infinito, hizo de todo y todo lo hizo bien. Además de cantautor (24 elepés) y escritor (25 obras publicadas entre poesía, narrativa, viajes y memorias) fue profesor de Instituto en Teruel y Zaragoza, inventor de periódicos (Andalán), periodista, articulista, conductor de un maravilloso programa en TVE (Un país en la mochila), y político en activo en las Cortes de Aragón y en las de Madrid.

Ésta última etapa le dejó un regusto amargo. Aprendió de primera mano algo que ya intuía, que “la política es una madrastra sin entrañas”. En la carrera de San Jerónimo, y de la mano de la Chunta Aragonesista, cayo en el Grupo Mixto que, según cuenta en su libro Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, era “el lugar de los sobrantes, los mitad vaca y mitad cordero y, en las noches de luna, ciudadanos agrestes dispuestos a defender con ahínco lo que siempre creíamos que era justo. Casi nunca acertábamos”.

Se hizo famoso, casi sin querer, cuando mandó "¡a la mierda!" a un grupo de diputados del PP que no paraban de increparle y de interrumpirle cuando, desde la tribuna de oradores, mantenía un debate con el entonces ministro Álvarez Cascos. "¿No se puede hablar aquí o qué? Coño, a ver si no puede uno hablar aquí. ¡A la mierda, joder! Estoy hablando con el ministro y no con ustedes. ¡A la mierda!"

Hombre de palabras y también de silencios autoimpuestos, su pesimismo ilustrado le acompañó siempre. Ya en 2001 había escrito en Banderas rotas: “Avanzamos dejando en las veredas y en los caminos, en los recuerdos y en las vivencias paisajes y paisanajes que el tiempo destruye, desvirtúa, y con ellos se nos van muchas esperanzas e ilusiones… Somos una generación complicada, porque, cuando fuimos jóvenes, el poder nos miraba como un peligro y ahora, ya mayores, el poder nos mira como un estorbo y como un problema. Creo que lo mejor que podríamos aportar a la sociedad es nuestra paulatina desaparición”.

Aunque nunca se fue, aunque nunca se calló ni muerto, vuelve ahora con el ímpetu de los que siempre resultan insustituibles. Su vida fue un ejemplo y su obra un caudal de conocimiento al que siempre es necesario volver. Los que nunca se acercaron a él deberían hacerlo ahora, en estos tiempos difíciles donde se corre el riesgo de olvidarse de los imprescindibles.

El eco de su voz rota, triste y amarga sigue retumbando con la fuerza del cierzo del Moncayo, su pensamiento cada día está más vivo, su mochila continúa repleta.