De Isabel II a Juan Carlos I, de la ficción a la realidad

Isabel II, reina de Inglaterra.

EFEIsabel II, reina de Inglaterra.

La reina Isabel II de Inglaterra siempre ha tenido quien le escriba. Incluso de una forma muy diferente a la que se presupone si tenemos en cuenta que ella no es en absoluto un personaje de ficción sino uno de los grandes nombres propios de la Historia del siglo XX. A la retahíla de publicaciones de todo tipo sobre la monarca, desaparecida el pasado 8 de septiembre, hay que sumar El nudo Windsor, Un caso de tres perros y Murder Must Royal, -las dos primeras publicadas ya en España por Salamandra- tres historias con trasfondo policial, asesinatos incluidos, escritas por S.J. Bennett, y en las que la investigadora principal es la propia Isabel II, “el único traje de chaqueta en un mar de pantalones”.

Bennett nos presenta una reina casi en el ocaso de su vida, pero poseedora de una lucidez envidiable. Entrañable, humana, intuitiva y conocedora del mundo que la rodea y del papel que le ha tocado jugar en él desde hace ya demasiados años. Una mujer que piensa en sus hijos y nietos y en los errores que unos y otros han cometido, en el Brexit y sus consecuencias, en sus primeros y primeras ministras y en la visita del próximo jefe de Estado. Una mujer  a la que le gusta seguir disfrutando de esas pequeñas cosas que han hecho su existencia más llevadera. Especialmente montar a caballo, perderse en su castillo de Balmoral y conducir sin carné por las tierras altas de Escocia, pasear por los escenarios de su memoria -incluso esconderse en algún armario como lo hacía en su niñez-, comer tarta de galleta a la hora del té, las conversaciones con su marido y el gin tonic de todas las tardes.

Una mujer, además, que no ignora que su fin está cerca, pero que trata de llevarlo lo mejor posible descubriendo, en las dos historias que han caído en nuestras manos, quién asesinó a un pianista ruso en el castillo de Windsor, en la primera de ellas, y la relación existente entre la muerte violenta de un miembro de su personal, unos mensajes anónimos muy perturbadores que han empezado a circular por el castillo y la reaparición de un pequeño cuadro que la reina había perdido de vista hace 30 años, en la segunda. Y siempre con la estimable ayuda de Rozie Oshodi, su recién llegada secretaria personal adjunta, antigua capitana del ejercito inglés.

La trama, ya lo adelanto, es casi lo de menos. Lo realmente interesante, lo que hace de su lectura un placer absoluto es el contexto, que diría Sciascia, lo que no se ve pero se palpa de este mundo decadente y clasista; ese universo absorbente, verbal, físico y geográfico, que rodea a la reina investigadora. La pompa y circunstancia de todo lo que navega alrededor del universo de Isabel II. La suntuosidad, la grandeza, la solemnidad y la geometría del escenario. Los diálogos de la reina con sus colaboradores: lo que ella dice y lo que realmente tiene que entender su interlocutor. Las escasas pero certeras palabras que salen de boca de Su Majestad para que los que tengan que comprender, comprendan.

En un momento de El nudo Windsor, Rozie reflexiona esto de su reina: “Una persona especial a quién se había encomendado una tarea casi imposible que había asumido sin quejarse nunca y que había llevado a cabo de manera extraordinaria durante más tiempo del que la mayoría de la gente de aquél país llevaba con vida. La adoraban. Obviamente, todos le tenían terror, pero su adoración era más poderosa que su miedo”.

Palabras idénticas a las que estos días hemos leído u oído repetidamente por todos lados. Palabras que vienen a demostrar la pasión que la mayoría del pueblo británico, entre los que se puede incluir a un alto porcentaje de antimonárquicos y republicanos, sentía por Lilibet, y que no van a sentir, casi seguro, por su sucesor que con toda probabilidad no tendrá quien le escriba ni crímenes que investigar. Palabras en definitiva que a buen seguro alimentaron a Bennett para elucubrar sobre la monarca, sabiendo que se trataba de uno de los grandes iconos, sino el mayor, del Reino Unido y que el pueblo británico iba a estar, hasta el final, de su parte.

Sinceramente no me imagino algo semejante en España con Juan Carlos I. Nunca ha existido aquí una pasión monárquica semejante y si alguna vez realmente la hubo, ya es historia vieja. La realidad del anterior rey nos ha abierto los ojos a golpes de realidad. No veo un escritor capaz de hacer de él un personaje creíble ni tampoco lectores capaces de estimularse con sus aventuras, salvo que fueran de otra índole. Lo siento, pero se me hace raro imaginarme al emérito, aunque sea literariamente, colaborando con la Justicia.

No, no todas las monarquías son iguales. Isabel II heredó la corona de un imperio que se desmoronaba y después de 70 años y 214 días de reinado ha modernizado -hasta donde puede modernizarse una monarquía- una institución casi de ficción que sigue estando, eso si, en progresiva decadencia. Como podía leerse días atrás en The New York Times: “Lideró a un país en el que sólo tenía un papel ceremonial. Intento acercar la realeza al pueblo. Cumplió con serenidad los deberes que se le impusieron y otros que ella decidió adquirir”.

Juan Carlos I, por el contrario, llegó con todo a favor, aunque aterrizara de la mano de un dictador, y ha sido capaz, en mucho menos tiempo, 39 años y siete meses exactamente hasta que abdicó, de hacer múltiples trampas al solitario y de poner en el alero los reinados de su hijo y el más lejano de su nieta. Siempre quiso tener, y tuvo, un papel mucho más allá de lo ceremonial, su campechanía resultó falsa y no cumplió con los deberes que se le impusieron, salvo que estos resultaran de su interés. Y esto no es ficción, esto es realidad. Y si no se lo creen, vean los tres capítulos de Salvar al Rey en HBO.