Septiembre (I)

Sánchez y Feijóo se verán las caras en el Senado.

EFESánchez y Feijóo se verán las caras en el Senado.

Con Septiembre vuelve la política de siempre, la que nunca se va, la que desgraciadamente al final nos acaba dejando algunos posos de desesperanza. La política con minúsculas -no da para más- que esperamos con una ilusoria expectación hasta que aburrimiento y hastío, cuando no indignación, nos devuelve al duro pedregal. El Gobierno y la oposición de costumbre, los vicios de antes del tórrido estío y los viejos errores que siempre, inexorablemente, vuelven y de los que nunca aprende nadie. Le damos una vuelta de tuerca al manido tópico del nuevo curso político sin querer caer en la cuenta de que esto de nuevo no tiene nada y que lo que arranca es una repetición del año anterior y por supuesto un anticipo del que viene.

Septiembre, no hay que olvidarlo, es el mes más ficticio del año. Es el mes de las falsas ilusiones, de los coleccionables inútiles que se empiezan y nunca se terminan, el de las dietas que jamás nos quitan el gran peso que llevamos a cuestas, el de las promesas que siempre se incumplen, el de los errores que renovamos año tras año. Septiembre es una gran mentira que siempre vuelve y a la que dejamos entrar falsamente esperanzados aun a sabiendas de que nos está mintiendo. Septiembre debería estar prohibido porque nos hace soñar, y eso nunca es bueno; nos hace creer en lo que ni es ni, peor aún, va a ser.

Y va a ser en Septiembre cuando Pedro Sánchez vuelva a subirse a su viejo Peugeot 407 para intentar recuperar lo que se ha llevado el Falcon y lo que presumiblemente ha extraviado en las calles, en el imaginario popular y en las encuestas. Pero él, como contaba aquí Manuel Sánchez, afirma que no se da por vencido, que tiene relato para cambiar la tendencia, que esto no está perdido ni mucho menos, y que va a luchar contra los agoreros que afirman que su caída sólo es cuestión de tiempo, que el cambio de ciclo es imparable y que la aventura de la Moncloa toca a su fin. El presidente recuerda una y otra vez, y su entorno lo amplifica y lo convierte en mantra, que ya una vez estuvo muerto y acabó resucitando, aunque tuviera que esperar más de tres días. Por todo ello, es mejor no tomarse a broma a quien ha sido capaz de volver de entre los muertos.

Sánchez tiene por delante el curso más largo de nuestra reciente democracia para intentar reescribir lo que parece estar ya escrito: quince meses con municipales y autonómicas en mayo y generales en diciembre del año próximo, y con seis meses en los que España y Pedro Sánchez ocuparán la presidencia de la UE con todo lo que ello acarrea.

Pero las expectativas, lo reconocen en el propio PSOE, son o malas o muy malas: en las autonómicas y municipales se temen un gran castañazo y en las generales, más de lo mismo. Y a esto hay que sumar la desconexión absoluta y la falta de empatía del presidente con una ciudadanía que lo ve, con más o menos fundamento, como el origen de todos sus males. Sin embargo, el Gobierno está convencido de que no ha dejado sola a la gente, y de que tarde o temprano se verá y su buen quehacer pesará a la hora de votar, como escribía Manuel Sánchez.

Es conveniente recordar que, si dejamos a José Félix Tezanos a un lado, el electorado español nunca ha sido muy proclive al presidente del Gobierno. Sánchez, que alcanzó la Moncloa gracias a una moción de censura, logró mantenerse en su puesto pese a cosechar los peores resultados alcanzados en unas elecciones generales por un candidato a la Presidencia del Gobierno: apenas el 28 por ciento en los comicios de abril y noviembre de 2019.

En Génova 13, por el contrario, todo parecen ser buenas noticias ante la llegada de Septiembre. No hay encuesta que no pronostique la victoria del Partido Popular en las próximas generales y sólo parecen esperar -en esto el líder actual ha copiado a su antecesor- a que el tiempo transcurra lo más rápidamente posible. Feijóo piensa más en heredar que en conquistar y no cree necesario subirse a ningún Peugeot.

Los populares se han fortificado en el ‘no a todo’ como credo de su oposición, con sorprendentes paradojas como su rechazo a las medidas del plan de ahorro energético recientemente aprobado en el Congreso, prácticamente idéntico al consensuado en los países de nuestro entorno entre Gobierno y oposición, o las feroces críticas a la excepción ibérica, a la que ahora quieren subirse también todos nuestros vecinos. Como recordaba recientemente un reputado politólogo es obligación de la oposición hacer oposición, por supuesto, pero también lo es que ésta vaya más allá de la negación absoluta.

Haría mal Alberto Núñez Feijóo en creer que el enemigo ya está derrotado y en sentarse a esperar su turno, como parece. Susana Díaz pensó lo mismo y hace tiempo que ya es historia, aunque esté apalancada en el Senado, como el propio presidente popular. Y será precisamente en la Cámara Alta donde este próximo martes Sánchez y Feijóo tengan su primer cara a cara.

No debería desaprovechar la ocasión el gallego y dejar a un lado las excusas sobre si hay que debatir de esto o de aquello. Feijóo podrá hablar de lo que quiera y Sánchez no tendrá más remedio que contestar, aunque sea de esa manera tan suya de responder sin hablar de lo que no le interesa. Pero si el líder del PP quiere volver a la carga con los socios independentistas del Gobierno, la crisis económica, el precio de la luz y el gas o el traslado de etarras a las cáceles del País Vasco nadie se lo va a impedir. Lo que haga el presidente será cosa suya pero los españoles, animados por el efímero espíritu de Septiembre, van a estar muy atentos a lo que digan uno y otro y también a lo que, desgraciadamente, callen los dos.