Madrid mugriento

El alcalde Martínez Almeida y un grupo de operarios de la limpieza de Madrid.

EFEEl alcalde Martínez Almeida y un grupo de operarios de la limpieza de Madrid.

Aunque últimamente se nos olvida, Madrid sigue siendo una de esas contadas capitales del planeta donde la vida te puede salir al encuentro en cualquier recodo. Una ciudad en la que perderse entre sus calles, como si un vía crucis recorrieras, es lo mismo que entrar de lleno en un territorio, convulso e idílico al mismo tiempo, que no para de desparramarse, que no se acaba nunca; que se convierte, como por sortilegio, en un libro permanentemente inacabado por el que navegamos entre líneas; un universo paralelo en el que casi podemos palpar el cielo y en el que dormimos al borde del hoyo y la espada, como dijera Miguel Hernández.

Pero ahora lo que nos sale al encuentro es la mugre. Madrid, esta ciudad infinita y malvada, mágica y canalla, hermosa y salvaje, se está convirtiendo en una ciudad sucia y guarra, mugrienta y desencajada, a la que no te apetece mirar a los ojos.

No nos merecemos los madrileños no querer bajar la mirada al suelo para no tropezar con la triste realidad que nos ofrece las calles de nuestro exuberante pueblo; calles todavía luminosas pero que ahora arrastran una roña que no les hace justicia; calles donde la vida no se derrite ni aun cuando el termómetro aprieta, pero donde es posible que la inmundicia salga a tu encuentro a la vuelta de la siguiente esquina o en el túnel que viene.

Debería el alcalde imaginario que tenemos en Cibeles preocuparse más de las venas del foro que de su futuro político dentro del Partido Popular; un partido que, además, y para su desgracia, ya sabe que no se puede fiar de él. Más pendiente de su supervivencia que de la suciedad de sus calles, Martínez Almeida ha contribuido a esta dejadez, a esta capa polvorienta y pegajosa que se cierne sobre una de las ciudades más apabullantes que imaginarse pueda, siempre en constante crecimiento intelectual, con alma de compañera eterna y de la que jamás te quieres separar aunque a veces, como ahora, te pueda dar grima mirarla directamente a la cara. Es lo que hay y desde Filomena ya sabemos los inquilinos de la capital lo que podemos esperar del primer edil.

Parece ser que sus políticas no pasan porque una ciudad tan respetable como Madrid presente un estado igualmente respetable. No. No es que haya una limpieza desigual entre barrios, que por supuesto la hay, sino que sobrevivimos con una limpieza mediocre y sin control alguno en toda la ciudad. El Grupo Socialista del Ayuntamiento viene denunciando, y con razón, lo uno y lo otro. La limpieza de Chamberí cuesta 115 euros por habitante y año, y la de Usera, 73. Pero ambas están para el arrastre y desde luego la primera no está el doble de limpia que la segunda; o dicho de otra manera, la primera apenas está la mitad de sucia.

Además de que se gasta mucho menos que Manuela Carmena en barrer el piso -ahí están los presupuestos-, el Ayuntamiento no tiene ni un miserable inspector que controle el trabajo de las empresas de limpieza contratadas y les ha dejado a éstas, qué risa, qué pena, la labor de evaluar el control de calidad del trabajo que realizan.

Sólo nos cabe esperar que la llegada de elecciones en mayo próximo eche a la calle a don limpio, y al propio alcalde si es necesario, para tratar de lavarle la cara a toda leche a esta ciudad irrepetible y de espíritu inquebrantable, que, sin embargo, sufre ahora en sus carnes la disparatada desidia de quienes se han olvidado que es conveniente e higiénico ducharse todos los días.

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