Todo está que arde

Pablo Iglesias y Yolanda Díaz

EFEPablo Iglesias y Yolanda Díaz

Ardemos. Las altas temperaturas se han adueñado del país de arriba abajo, de adentro afuera. Todas las señales que nos tienen rodeados nos hablan de una inflación que no cesa, de un otoño que se adivina perverso y de una incertidumbre que amenaza con aplastarnos; también llegan susurros de las hectáreas y hectáreas calcinadas, de los que están cayendo achicharrados por culpa de los desbocados termómetros y también de esos otros muertos que, en medio de un silencio apestoso, nos sigue dejando la Covid a la puerta de nuestras casas día tras día como recordatorio, no me cansaré de repetirlo, de nuestra frágil memoria.

El fuego y el calor extremo, además, se han metido de lleno en el cuerpo del Gobierno, tanto en la vertiente socialista como en la morada, y anda la coalición echando humo por los cuatro costados.

Pocos días después de que, contra pronóstico, la Fiscalía haya liberado de todo pecado a Esperanza Aguirre por la corrupción a espuertas del Partido Popular en Madrid, el Tribunal Supremo ha confirmado que un expresidente del PSOE y de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, entrará en prisión, tras ser ratificada su condena a seis años y dos días de cárcel y 15 de inhabilitación absoluta por malversación y prevaricación continuada en el ‘caso ERE’. Por esta misma trama, otro ex presidente del PSOE y de Andalucía, Manuel Chaves, ha sido condenado también a nueve años de inhabilitación por un delito continuado de prevaricación.

Con esta premisa -dos presidentes del PSOE condenados por corrupción-, uno de los grandes ejes de la llamada resurrección de los socialistas ha dejado de existir incluso antes de nacer. Ya no podrán alardear de que el PP, como partido, está condenado por financiación ilegal, sin que los conservadores se la devuelvan por partida doble. También es verdad que el PSOE siempre ha hecho trampa con esta cuestión y se olvida de Filesa, quizá amparándose en el hecho de que entonces,  cuando en 1997 fue condenado el partido de Felipe González por asociación ilícita, malversación y fraude, todavía no existía el delito de financiación irregular.

Ignoramos si cuando el pasado sábado Pedro Sánchez dijo que él no se resignaba ya intuía el sopapo que le iba a soltar el Supremo este martes, pero de lo que sí estamos convencidos es de que en Ferraz están tristemente convencidos de que las nuevas ‘exclusivas’ del comisario Villarejo van a ser a partir de ahora papel mojado.

El fuego tiene rodeado al PSOE. Y no va a haber agua suficiente para borrar el olor a chamusquina de aquí a diciembre del año próximo. Pero no sólo por la corrupción, porque el PP también tiene la suya y en abundancia. El problema radica en que la imagen de su jefe de filas no sólo no mejora, sino que empeora y que un fin de año con el problema de los precios descontrolados y quien sabe si también con restricciones de gas, se lo puede acabar llevando por delante.

Además, las últimas decisiones de Pedro Sánchez, entre ellas la toma del partido por parte del Gobierno, no han caído nada bien entre los barones socialistas, ninguneados una vez más, aunque como suele ser habitual nadie es capaz de alzar la voz para decir en alto y en público lo que dice en voz baja y en privado. El pasado cónclave dejó al descubierto otra vez la escasa autocrítica del partido y del Gobierno, más allá de la utilización de algunos tópicos de salón que en nada perturbaron el discurso ¿podríamos decir que sorprendentemente triunfalista? del líder del PSOE.

En la otra parte del Gobierno de coalición, las temperaturas también son extremas, más incluso que en el lado socialista. Unidas Podemos está al borde de la ruptura definitiva y solo el pegamento del poder mantiene el esqueleto todavía en su sitio. La ‘traición’ de Belarra a Yolanda Díaz al echar de su Ministerio de Asuntos Sociales a Enrique Santiago, mano derecha de la vicepresidenta en Sumar, para colocar a Lilith Verstrynge como secretaria de Estado para la Agenda 2030, ha sido el último rifirrafe de este multimatrimonio ya muy mal avenido, en el que Izquierda Unida queda al borde de la extinción.

Nadie duda de que la alargada sombra de Pablo Iglesias está detrás de este zarpazo. El antiguo líder de UP no perdona a Díaz “sus traiciones continuadas”, según su entorno, y no parará hasta terminar con ella. Al menos esta es la ilusión con la que, según dicen, se levanta cada mañana.

Este navajeo también nos sirve para intuir que el futuro cercano de Sumar y Unidas Podemos no pasa por ir de la mano a las próximas elecciones generales, lo cual sería una desgracia para Pedro Sánchez en su idea de renovar el actual Gobierno de coalición, una de sus contadas esperanzas que le quedan de poder seguir en la Moncloa. Pero ni Pablo Iglesias lo va a permitir ni Yolanda Díaz está interesada en sumar ni con Belarra ni con Montero, que lo que realmente desean es acabar con la líder gallega. Lo único que queda por saber en este puzzle autodestructivo en el que se ha embarcado la izquierda de la izquierda es qué acabará haciendo Díaz. Y no se descarta nada, incluso que Yolanda se olvide de Sumar y acabe rompiendo la baraja.

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