Los sanitarios ya no pueden más

Personal del Hospital Universitario La Paz en una concentración

EFEPersonal del Hospital Universitario La Paz en una concentración

Los sanitarios españoles –auxiliares, enfermeras, médicos y demás personal que de una u otra manera se encargan de velar por nuestra salud– ya no pueden más. Cada día que pasa, el desaliento, el cansancio y el hastío, cuando no la desesperación, machacan su estado de ánimo, su moral y hasta sus ya escasas energías. Son pocos, muchos están mal pagados, su situación laboral es precaria y en demasiadas ocasiones tienen el enemigo, el enemigo político por supuesto, en casa.

La situación de estrés que vive además nuestro Sistema Nacional de Salud pone en demasiadas ocasiones a estos profesionales en la diana de los insultos y agresiones por parte de pacientes y familiares que ven en ellos el recurso fácil, el eslabón más débil y desprotegido sobre el que poder descargar su ira, su frustración al no recibir, según ellos, la atención y los cuidados que merecen. Una espada de Damocles más que recae sobre unos profesionales que no logran salir de la UVI.

Son muchos los que se han ido quedado por el camino desde que el coronavirus empezó a formar parte de nuestra vida y de nuestra muerte. Estuvieron ahí desde el primer día, trabajaron más horas de las que existen, se olvidaron de sus casas y de los suyos y el agotamiento se cebó con ellos sin contemplaciones. Dieron la cara en todo momento, sofocaron nuestros miedos, ayudaron a nuestros muertos y nunca se rindieron. Y cuando se fueron, lo hicieron en silencio. Pero nuestra memoria, por desgracia, es escueta y olvidamos con más rapidez de la que deberíamos. Y de la desmemoria de nuestra clase dirigente que les voy a contar que ustedes no sepan o intuyan.

Ahora, cuando parecía que por fin iban a poder tomarse unas vacaciones con cierta normalidad tras más de dos años de pandemia, una nueva ola, la séptima, que además no será la última, vuelve a tensionar aún más a un sector que no logra salir del coma. Las cifras de contagiados no paran de crecer: se habla ya de 1.000 casos por cada 100.000 habitantes en mayores de 60 años, pero estas estadísticas, que podemos calificar de ficticias, no reflejan ni mucho menos la realidad del coronavirus aquí y ahora; hemos pasado de una época en la que quizá estábamos hasta sobreinformados a otra, esta, en la que directamente se oculta la mayor parte de los datos por cuestiones de interés político. ¿Por qué sólo hay cifras oficiales para casos de mayores de 60 años? ¿Y el resto? ¿Acaso no acaban unos y otros, los que están dentro de estas escuetas estadísticas y los que están fuera, en el centro de salud más cercano? ¿Es posible que hasta el coronavirus haya caído bajo el influjo del marketing político?

Y a todo esto, el verano no ha hecho más que empezar. San Fermín volvió este martes tras dos años de silencio pandémico. Otras fiestas populares no tardarán en llegar en julio y agosto. Los festivales ya están aquí, también. La diversión sin mascarillas va a tomar las calles de España porque hay muchas ganas de fiesta, de pasarlo bien, de disfrutar. Pero todo esto va a provocar sin duda un aumento considerable de la presión sanitaria, que unida a las vacaciones de un parte del personal y a las bajas provocadas por la propia pandemia va a tensionar nuevamente a unos profesionales ya maltrechos que sufren más por lo que no pueden hacer que por las horas de más que tengan que trabajar. Una presión sanitaria que va a colocar nuevamente a nuestra red asistencia al borde del colapso.

Ahora, el Gobierno va a regularizar a 67.300 sanitarios que han vivido condenados a encadenar durante un sinfín de años contratos temporales. Es una gran medida que servirá, sin duda, para regularizar la lamentable situación individual de muchos de estos trabajadores pero que sin embargo no resuelve en absoluto el problema estructural de fondo de nuestra sanidad, porque a fin de cuentas son 67.300 profesionales que ya estaban dentro de nómina sanitaria, aunque fuera de una forma precaria, casi esclavista.

Es urgente contratar más personal, reza la pancarta de la imagen de arriba. Y lo que está ocurriendo es justamente lo contrario. No se contrata y encima no se renuevan contratos temporales que nacieron durante la pandemia. Vamos hacia atrás. Y en algunas comunidades, Madrid es quizá el ejemplo más lamentable, las necesidades aumentan al mismo ritmo que menguan los efectivos disponibles, con un preocupante retroceso por falta de medios en la atención primaria y en esas urgencias que se tienen que cerrar por la ausencia de personal especializado.

Y es por todo esto, por esta sobrecarga que no cesa, que nuestros sanitarios ya no resisten. Atrás, muy atrás, quedan aquellos aplausos de las 20:00 horas cuando en pleno confinamiento muchos salíamos a nuestros balcones y ventanas para agradecer el servicio de unos pocos por la salud de todos. Atrás, muy atrás, quedan también las estrofas de Resistiré, la canción del Dúo Dinámico, con letra de Carlos Toro, con la que queríamos homenajear a todos los servidores públicos que pusieron en riesgo sus vidas por todos nosotros, y de paso soslayar nuestras ganas de levantar la cabeza, de sobrevivir, de resistir fuera como fuera. Pero las fuerzas flaquean y resistir no siempre es posible aunque sea la primera opción. Y si no, que se lo pregunten a nuestros maltratados sanitarios, que por desgracia ya no pueden más.

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