El padre Francisco

Circulo en mi vehículo por el Paseo de la Castellana. Suena el teléfono, es un número oculto y respondo, no vaya a ser una noticia. Lo era, y se me escapó viva, fui inmensamente torpe. Este fue el diálogo:

-Dígame.

-¿Melchor?

-Sí, soy yo, ¿quién eres?

-Soy el Padre Francisco (con acento evidentemente argentino. O sea, que era el Papa Francisco, así, como lo leen, y yo sin enterarme)

-¿Nos conocemos?

-No. Una hermana tuya es amiga de un amigo mío y me han dado tu teléfono.

-¿Qué quería?

-Nada más, que me han dicho que estás un poco malito, y decirte que sepas que rezo todos los días por ti, y quería pedirte un favor.

-Pues dígame padre Francisco, se lo agradezco mucho.

-Quería pedirte que tú también reces todos los días por mí.

-Padre, pacto entre caballeros. Así será. No deje de hacerlo. Yo lo haré también.

Colgamos y llamo a mi hermana Fátima. Se lo cuento y me dice: “Melchor, era el Papa”. O sea, el enviado de Dios en la tierra. Me había llamado a mí y no me había dado cuenta. Imperdonable. Resulta que mi hermana es amiga de un sacerdote argentino amigo del papa, y le había comentado que transito un carcinoma con el que voy a acabar espero que en breve. Y el amigo de mi hermana se lo dijo al Padre Francisco, y este le pidió mi teléfono y me llamó. Así, sin más, sin conocerme de nada.

Evidentemente, si ya me gustaba este Papa Francisco después de lo que hemos conocido, desde la llamada me ha cautivado del todo. Me ha reforzado en mi fe, entendida la fe como una suerte de confianza espiritual, libre e independiente, con la protección de todos los misterios y las dudas. La fe te acompaña y te ayuda, incluso a algunos les salva, no sé de qué, pero les salva, y lo respeto profundamente. No es adoctrinamiento y nadie te obliga a tenerla. Se tiene o no se tiene. Algunos la tenemos y somos felices por ello.

La Iglesia es antigua, noble y a veces puede hasta ser peligrosa. Desde que el Papa Francisco está al frente de ella siento que es más próxima, me acompaña más, la encuentro más humana, más con los pies en la tierra, más respetuosa con los diferentes, más cercana a los desposeídos, a los que la necesitan, y creo que ese es el camino. El papa Francisco me parece un gran hombre. Y lo sucedido, esta llamada, me confirma su inmensa capacidad para hacer el bien y ayudar a los necesitados. ¿Quién soy yo para recibir una llamada del Papa, y además sin ser capaz de reconocerle? Supina torpeza. Pero, pese a ello, necesitaba contarlo, quiero que se sepa, sin pretender, Dios me libre, presumir de nada, quiero que se sepa porque acredita la calidad de este Padre Francisco, su proximidad con los seres humanos. Mi sufrimiento es una broma comparado con el sufrimiento de los que sufren de verdad. Que haya perdido tres minutos de su valioso tiempo en llamarme me ha convertido en un privilegiado que no merecía tal honor. Pero desde que colgamos he cumplido el pacto entre caballeros que hice con él sin saber quién era. Por supuesto que sí. Como no podía ser de otro modo.

No recuerdo quién escribió aquello de que, si queréis conocer a un hombre, investidle de un gran poder. El Padre Francisco lo tiene, y viendo cómo lo ejerce, me reconforta creer y sentirme protegido por Él, me ayuda en la batalla que libro, rodeado de amor, con toda una ayuda de la que no soy merecedor. Y creo que Papas como él ayudan a hacer este mundo más atractivo y confiar en la Iglesia y en su papel en esta sociedad miedosa e hipócrita que habitamos. El Padre Francisco, ¡ay! y no le reconocí. Ya me vale, sí, lo sé. Pero cumplo con el pacto entre caballeros.