La república más efímera de la historia

Puigdemont ha rizado el rizo del patetismo. En un mismo acto ha proclamado la independencia de Cataluña y ha suspendido la misma con la patética pretensión de que el gobierno de España abra un período de negociación con un presidente derrotado. O sea, que el presidente de las Generalitat queda para los anales como el hombre que abrió una brecha honda de división entre los ciudadanos catalanes que tardará en cerrar, que provocó la salida de Cataluña de buena parte de las más importantes empresas catalanas y españolas y como el presidente que ha proclamado la República más efímera de la historia. Todo un récord del político más lamentable que hemos conocido en mucho tiempo, y eso que hemos tenido unos cuantos.

Y cuando han pasado ya casi cuatro horas desde que se consumara el golpe de Estado catalán, Rajoy sigue pensándose la respuesta del Gobierno de España, habla por teléfono con los líderes del PSOE, PP y con colegas del Ejecutivo y del PP, y por ahora permanece quieto, como siempre, a la espera de que la fruta caiga por su propio peso. Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, en una comparecencia en el palacio de la Moncloa, ha dicho que  “no es admisible hacer una declaración implícita de independencia para luego dejarla en suspenso de manera explícita “y ha añadido que  “no se puede aceptar dar validez a la ley del referéndum suspendida por el TC, dar como válido el supuesto recuento de un referéndum fraudulento e ilegal ni mucho menos sentar que los catalanes han dicho que quieren independencia”, pero no ha dicho nada respecto a las decisiones que va a adoptar el Gobierno.

El patético Puigdemont, acosado por la CUP y con una eventual condena de más de 20 años de prisión como futuro a corto plazo, se ha achicado, y ha devuelto a corrales al morlaco que él ha llevado a la plaza de modo irresponsable. Ha sido incapaz de aguantar el órdago que él mismo se ha dado, ha vulnerado la legislación vigente en España y las leyes que se han dado los catalanes, y al final no ha sido capaz ni de hacer cumplir la ley del Referéndum y la Ley de Transitoriedad aprobadas de modo vergonzoso por el Parlamento catalán el 6 de septiembre, en sesiones que pasarán a la historia de la infamia política. Cuando ha estado frente al momento de la verdad, tras haber puesto al borde del precipicio a la sociedad catalana. Quienes le han seguido de buena fe en su itinerario ilegal e irresponsable se consideran ahora traicionados y le piden cuentas. Es lo que tiene ponerse en manos de los radicales de la CUP y dejar las decisiones del Gobierno y el Parlamento bajo el control de organizaciones que no tienen representación política alguna a quienes nadie ha votado, como la ANC y Omnium, que ahora afrontan además responsabilidades que pueden dar con más de uno en prisión si el Estado español se decide e a aplicar la legislación vigente.

En su intervención de esta tarde en el parlamento de Cataluña, Puigdemont ha dado por bueno el referéndum ilegal y su resultado, ha vuelto a construir un relato falso de la historia y de la realidad catalanas y tras consumar la declaración de independencia con la boca pequeña, ha solicitado suspender “los efectos de su aplicación”. Un ejercicio de funambulismo y de cobardía insuperables, dejando tirados a decenas de miles de ciudadanos que se creyeron su discurso y le siguieron en el dislate con buena voluntad, sintiéndose concernidos por tantas apelaciones a los sentimientos nacionalistas. No hay precedentes de una actuación política más vergonzosa, cobarde e irresponsable, cuyas consecuencias están aún por ver.

Miquel Iceta, en una intervención brillante tras el esperpento dramático de Puigdemont, habló atinadamente de “la suspensión de lo que no existe”. Anna Gabriel, de la CUP, con su desparpajo y descaro habitual, habló de su partido defiende una “independencia sin fronteras”, un concepto antitético que queda para  la historia de las sandeces más disparatadas pronunciadas jamás en una cámara de representación. Las masas que la CUP, ANC y Omnium habían llevado a la puerta del Parlamento para aclamar a Puigdemont y su Gobierno tras la declaración de independencia regresaron a sus casas decepcionadas con su conducator, sintiéndose traicionadas después de tanta verborrea y tantas ilegalidades y con la sensación de haber dado la cara por unos políticos que no lo merecían, Pero nadie les ha obligado, aunque sea cierto que el aparato de propaganda pública ha presionado lo suyo y no era fácil sustraerse a la presión del poder, que ha perseguido y excluido sin pudor a los discrepantes de los que hoy hablaba Puigdemont en su discurso con un aparente respeto que durante años han echado en falta mientras eran perseguidos y excluidos por la Administración  cada día con esmero y perseverancia dignas de mejor causa.