Así no, así no

Tiene razón Carles Puigdemont, “así no, así no”. En su discurso de esta tarde, desde el Salón de la Virgen de Montserrat del Palau de la Generalitat, con una escenografía muy estudiada, una puerta abierta de par en par a sus espaldas, Puigdemont ha diseñado un discurso institucional para contrarrestar la intervención de ayer del rey Felipe VI, y en su intervención ha insistido en mentir al hablar de Cataluña como “un solo pueblo”, el pensamiento único de los independentistas de izquierda y los nacionalistas de derechas entregados a la CUP. Ni una mención del presidente de la Generalitat al rosario de ilegalidades en que han incurrido los responsables políticos catalanes, mucha apelación a los sentimientos y a las emociones e insistencia en el rollo de la “brutalidad de la Policía nacional y la Guardia Civil”. Argumento este que le están comprando muchos ciudadanos españoles y dirigentes políticos extranjeros. Como si los Mossos o las policías de todo el planeta repartieran ensaimadas cuando salen a la calle ante manifestaciones pacíficas de todo tipo. ¿Se nos han olvidado ya las imágenes de los Mossos disolviendo a quienes se manifestaron el 15-M en la Plaza de Cataluña y otros lugares”? ¿Por qué entonces Puigdemont y sus mariachis no hablaron de brutalidad? ¿es que solo son brutales las Fuerzas de Seguridad españolas? ¿Cómo actúan los antidisturbios en Alemania, Francia, Gran Bretaña o los EEUU?

Pero tiene razón, “así no, así no” hay salida al gravísimo problema catalán, con un un presidente catalán como Puigdemont, que se pasa las leyes por el forro y gobierna en minoría, en manos de la CUP, y con un partido deshecho, que hasta ha tenido que cambiar de nombre para tratar de borrar el turbio pasado inmediato y un presidente de Gobierno en España que en vez de hacer política practica el laissez faire, laissez passer (“Dejar hacer, dejar pasar”) es imposible solucionar el problema, que es real, porque hay más de dos millones de catalanes que no quieren seguir en España.

Puigdemont y los suyos han generado la mayor fractura social conocida en Cataluña, una grieta inmensa, profunda, que está destrozando familias y relaciones de amistad de años, en una espiral irresponsable, disparatada, que les está costando muy cara a todos los catalanes, en sentido material, moral y político. Y Rajoy, como sus antecesores, sigue inactivo. Se cansó de decir que no se celebraría el referéndum, y se celebró, vaya si se celebró. Y ahí sigue él con sus ministros, todos encantados de haberse conocido, como ausentes, reiterando falsedades, porque en Cataluña los responsables de este disparate siguen actuando a sus anchas y no pasa nada. Así no. Así es imposible encontrar una solución. Por mucho que hoy Puigdemont apelara reiteradamente al diálogo, un diálogo al que él no está realmente dispuesto porque sigue con su posición unilateral de declarar la independencia. Pero a ver si lo hace. Lo dudo, porque podría costarle a él una sentencia de más de 20 años de prisión. Él lo que quiere es que se ponga en marcha el artículo 155 de la Constitución, porque la factura para él sería solo la inhabilitación. Por eso fuerza la máquina.

El Estado de Derecho está seriamente amenazado, la estabilidad institucional ha saltado ya por los aires y la solución compete a todos los partidos políticos. Claro que hay que dialogar y negociar. Por supuesto. No hay otra. Había que haberlo hecho hace mucho tiempo, pero ahora lo que no puede suceder es lo que pretenden Puigdemont y los suyos, que es conseguir que le entreguen por las buenas lo que no han logrado ciscándose en la ley, por las malas. No puede ahora suceder que se ceda al chantaje y se oculte la cesión con el disfraz del diálogo. Por ahora el independentismo le va ganando la partida al Gobierno de España, que asiste como espectador acomplejado a este drama. El Gobierno inane, la justicia lenta como una tortuga, as usual, y los independentistas envalentonados, victoriosos, con toda la convicción y la fe en su proyecto que no tiene el Gobierno de España, dispuestos a todo aunque arrastren al abismo a los suyos, a unos ciudadanos que asisten atónitos al espectáculo, dantesco, de una clase política que no nos merecemos.

El independentismo, envalentonado, crecido, no está en posesión de la verdad, no tiene la razón, pero está teniendo la capacidad de tener la calle y de vender su mercancía a los medios de comunicación nacionales e internacionales, mientras el Servicio Exterior español hace un ridículo histórico, equiparable al que está haciendo el presidente Rajoy no haciendo nada. Porque lo ha dejado todo en manos de los jueces, que van a su ritmo, y no gobiernan, dejando la política a un lado en una cuestión que es política. Hay muchos catalanes independentistas. Claro. Y muchos catalanes que se sienten también españoles, y no quieren una República independiente de Cataluña, ni quieren verse fuera de la Unión Europea, y consideran que está en riesgo su puesto de trabajo porque la economía siempre pasa factura tras crisis de este calibre.

Y quienes sostienen esta posición, tan respetable como la de los independentistas, se ven presionados, y se sienten abandonados y sufren con el fracaso del Estado, que es el fracaso de todos. Es el fracaso general. Porque la realidad es que buena parte de quienes apoyan ahora la independencia son gente moderada, que hasta hace muy poco votaban a Convergencia, nacionalistas, catalanistas, pero no independentistas de cuna. Y todos estos se han ido de España hace mucho tiempo porque no la sienten, les pilla lejos, no la han sentido. La desconexión del alma y el corazón, de los sentimientos, no se publica en ningún boletín oficial, pero viene de mucho tiempo atrás, todo el tiempo que los Gobiernos de España no le han dedicado al problema, de modo que para ellos España es el franquismo y la bandera del pollo, no la España moderna de la Constitución democrática, los Juegos del 92, El Estatuto de Autonomía, la vida en libertad y el control de la Enseñanza, la propaganda y la Hacienda, la Policía propia, que en caso de conflicto es un Ejército, a cuyo mando han colocado a un fiel instalado en la desobediencia y el disparate, un Trapero repleto de medallas en el pecho. Lo Administrativo no siempre va al compás del corazón. El DNI te lo dan, pero no se lleva en la sangre que bombea el corazón y las emociones.

Lo que está sucediendo estos días estaba anunciado desde hace ocho años. Y lo malo para la imagen de España en el mundo no han sido las cargas de la Policía, que va, lo malo es la sensación de fracaso estrepitoso del Gobierno, y la incapacidad de los partidos nacionales para hacer algo que ilusione a los catalanes y plantear una propuesta de diálogo sin cesiones a lo ilegal que sea bien recibida por todos los catalanes, que resuelva problemas reales y permita encontrar una salida en paz y en libertad a este desastre que se nos viene encima por su mala cabeza. Para eso han sido elegidos en las urnas por los ciudadanos, para hacer política y encontrar soluciones a los problemas, no solo para lo suyo. Y así no, así no hay forma. No se encuentra una salida a este laberinto infernal y disparatado.