La hora también de los catalanes

Mañana celebra Cataluña su día nacional, la Diada, en pleno vendaval secesionista, con el pulso al Estado en su apogeo, con Puigdemont y su Gobierno preparados para reiterar su rebeldía, con el fantástico aparato de propaganda pagada por todos al servicio solo de quienes son partidarios de la independencia, con la CUP recibiendo personal de fuera para hacer ruido y más que ruido en las calles y sus cachorros de Arran amenazando con carteles del Rey y Rajoy recibiendo un tiro en la frente, con un Parlamento catalán que se cisca en la legislación vigente, con un Gobierno catalán que se apropia de las esencias y los valores de Cataluña, reparte credenciales de buenos y malos, se pasa por el forro la legislación catalana aprobada por la abrumadora mayoría de los catalanes y diseña una República popular y populista, sin división de poderes, en la que la democracia no es ni una sombra. ¿Y los catalanes? ¿Qué es de esa mayoría de catalanes que, según las encuestas oficiales, no quiere la independencia y no está de acuerdo con el Referéndum que se trajina la Generalitat? Ha llegado la hora de que el Gobierno de España y todas las instituciones cumplan con sus obligaciones, pero también ha llegado la hora de que los catalanes, la mayoría de los catalanes, se expresen con claridad, sin miedo, sin esa ausencia estruendosa de años en los que unos pocos se han apropiado en beneficio propio de Cataluña, creando, como escribió Javier Cercas, “la ilusión de unanimidad por temor a expresar la disidencia”.

Quienes manejan los hilos del secesionismo son supremacistas, desprecian el sistema democrático, manejan con habilidad y dinero público a espuertas la propaganda, han creado un clima de amenaza social que va a crecer severamente desde mañana hasta el 1 de octubre, buscan jaleo, sueñan con víctimas, con condenas, con presos, necesitan tensión máxima en la calle y que los medios la reflejen, a ser posible corregida y aumentada. Esa inmensidad de catalanes que hasta la fecha no se han sentido concernidos, que han tenido miedo, que han dejado hacer, que han tolerado que unos pocos se arrogaran la representación de todos como si existiera unanimidad, tienen ahora la responsabilidad de expresarse, de tomar partido.

No hay duda de que existe un problema político que no se ha abordado a tiempo y atinadamente. Siempre ha habido independentistas en Cataluña, claro, como los hay ahora sobrevenidos, de nuevo cuño, por oportunismo o interés, que consideran que apoyando esa opción van a obtener más beneficios. Es perfectamente respetable ser independentista, en Cataluña o en cualquier otro lugar. Lo que no es aceptable es pasarse por el forro la legalidad vigente, y en Cataluña no es que se esté violando la legislación española, insisto, se está vulnerando la legalidad que se han dado los catalanes, que votaron por clarísimas mayorías la Constitución y el Estatuto vigentes. Y lo han hecho con una norma para regular el Referéndum que es ilegal de cabo a rabo y que no ofrece la más mínima garantía para celebrar una consulta democrática a los ciudadanos. Y después han elaborado una Ley de Transitoriedad que es un homenaje al autoritarismo y el desprecio a las libertades esenciales que deben imperar en un Estado de Derecho. Pero además de un problema político que requiere soluciones, existe un problema social, de máxima gravedad. Y no me cansaré de repetir que buena parte de la responsabilidad moral de lo que sucede está en esa ausente burguesía catalana, en esas clases medias y medias altas que han dejado hacer, que decían en público lo contrario de lo que proclamaban en privado, que se han escondido, que incluso les han bailado el agua a los “indepes” (así les llaman con tono simpático), limitándose a criticar a los Gobiernos de España y a reclamar beneficios económicos y fiscales mientras patrocinaban, amparaban, apoyaban y animaban a quienes han llevado a Cataluña al borde del abismo.

Convergencia ha sido asesinada por los Pujol y sus golferías y la mala cabeza de Artur Mas, no existe a día de hoy liderazgo alguno en los catalanes que defienden el catalanismo, pero no quieren separarse de España, los grandes empresarios permanecen silentes poniendo a salvo su pasta, y nadie parece haberse leído los libros de historia, no recuerdan o, lo que es peor, no saben lo que sucedió en abril de 1931 con Maciá, o en octubre, también, de 1934 con Companys. Como no conocen la legalidad republicana que se cargó de un plumazo la autonomía catalana aplicando un Código Penal que algunos echan ahora de menos. Conviene conocer la historia para no repetir errores. Y conviene ser valiente en la vida, y defender la convivencia democrática, con respeto a todas las ideologías y a las leyes. Porque ya se sabe que primero fueron a por los comunistas, pero como yo no era comunista… después encarcelaron a los socialdemócratas, pero como yo no era socialdemócrata… cuando fueron a por los sindicalistas no protesté, porque yo no era sindicalista…, cuando fueron a por los judíos me callé, porque yo no era judío… cuando finalmente vinieron a por mí no había nadie más que pudiera protestar.