Entre cuidadora y asesina

Conmoción en Alcalá de Henares. Beatriz L.D., de 37 años, soltera y con una hija de 9 años, auxiliar de enfermería del Hospital Príncipe de Asturias, ingresó en prisión provisional tras seis días de detención, acusada por el juez de la muerte de una paciente de 86 años a la que supuestamente inyectó una burbuja de aire en las venas que le provocó una embolia, cuando la mujer estaba muy cerca de recibir el alta definitiva. La Policía sospecha que pueda estar involucrada en otro caso sucedido en el mismo hospital hace dos años, el fallecimiento de una paciente en circunstancias similares, a la que también asistió Beatriz.

Desde la muerte sucedida en 2015 fue instalada una cámara de videovigilancia en la Unidad de Medicina Interna, en la que prestaba sus servicios Beatriz, sin conocimiento de los trabajadores del centro para evitar que se frustrara la investigación. Como el juez ha decretado el secreto de sumario, no se conocen más datos. Sí se sabe que la detenida llevaba diez años trabajando en el mismo hospital, que desde 2014 ocupaba plaza de interina, que había estado de baja un año y medio por una lesión en un brazo y que la investigación, debido a esta baja, había encallado por falta de pruebas.

La investigación se lleva con el máximo sigilo, pero es un dato que el juez haya ordenado el ingreso en prisión de la auxiliar. Es sabido que los auxiliares no tienen acceso a los expedientes médicos, carecen de competencia alguna para suministrar medicación a los enfermos y se dedican a trabajos relacionados con el cuidado, la higiene, la alimentación y la limpieza, por lo cual ha extrañado a los profesionales del hospital la presunta implicación de Beatriz en los hechos. Pero la supuesta existencia de imágenes es la que ha podido llevar al juez a adoptar la medida de privación de libertad.

Dos penalistas a los que he localizado en esta canícula coinciden en la dificultad de emitir opinión sin conocer los detalles de la causa, pero me adelantan los riesgos que corren este tipo de decisiones respecto a la colocación de cámaras sin aviso a los trabajadores, elemento que puede ser utilizado por la defensa de la acusada, aunque dan por supuesto que el instructor debe disponer de otros medios de prueba si ha decidido decretar la prisión.

Jorge Jiménez, mi psicólogo criminalista de guardia permanente me dice que “estos sucesos son relativamente frecuentes. Llama mucho la atención de la opinión pública, como es lógico, pero no deben crearse alarmas. La historia de la criminología contiene muchos casos como este. El más conocido, el del británico Harold Shipman, un médico que fue acusado de matar a más de 200 pacientes, lo que le valió el apodo de Doctor Muerte, y cerca de nosotros, en 2009 el caso del “Celador de Olot”, acusado de asesinar a 11 ancianos en la residencia en la que trabajaba”

Según me explica el doctor Jiménez, “hablando de modo genérico, porque no conozco detalles del caso concreto de Alcalá de Henares más que por lo leído en la prensa, a este tipo de asesinos en serie se les denomina ángeles de la muerte, y suelen ser personas que trabajan en entornos sanitarios o asistenciales, donde hay personas vulnerables que están enfermas o necesitan ayuda para sobrevivir. Es esta situación de contacto con la muerte la que explica la motivación de estos asesinos. Ellos obtienen una gran sensación de poder acabando con una vida, se consideran poderosos porque controlan la vida y la muerte de sus víctimas. No son personas agresivas ni violentas en su vida cotidiana, no utilizan instrumentos para generar dolor, por lo general emplean drogas o medios no agresivos para acabar con sus víctimas. No las odian o sienten necesidad de venganza hacia ellas. Pueden cuidarlas con gran cariño y realizar su trabajo asistencial con máxima competencia, pero sienten la necesidad de jugar con ese poder máximo que les da capacidad para decidir sobre la vida de alguien. En sus manos está que la persona pueda seguir viviendo o muera, es un modo de controlar sus vidas y sentirse inmensamente poderosos, y quizá también superar de ese modo algún complejo de inferioridad. Sus vidas transitan entre ser un cuidador y un asesino. El complicado mundo de la psicología criminalista, la compleja mente de los seres humanos”.