La guerra contra el Daesh y su contracultura

Aunque nadie ha escrito en sus muros de las redes sociales “Yo soy reina” o “Yo soy Estambul”, o “Yo soy Berlín”, pese a que no se ha inundado la corrala del siglo XXI de fotos con fondo de banderas turcas o alemanas, los atentados en la discoteca de moda de la capital turca y en la capital alemana, y los posteriores, algunos de los cuales ni aparecen en los medios, evidencian que la lucha contra los terroristas yihadistas es la guerra contemporánea, y se libra en frentes diversos y con un ejército dividido, porque las víctimas, o mejor, quienes gobiernan los países en que residen las víctimas, no son capaces de ponerse de acuerdo en asuntos esenciales. Y el enemigo, debilitado, sí, es cada día más peligroso, porque sabemos que va a atacar, pero no cómo, cuándo y dónde.

Ha habido muchas críticas a los servicios policiales y de inteligencia. Algunas fundadas y sensatas, otras disparatadas. Combatir al Daesh es enormemente complejo y difícil. Vuelvo a aproximarme al problema hablando durante estas fiestas con tres expertos en la materia, desde ángulos diferentes: la inteligencia, la policía y la psicología.

Existe una amenaza global, no hay duda, pero no son solo Daesh y sus filiales, son también individuos que actúan en solitario sin seguir ordenes concretas pero inspirados en el mito que han creado, y grupos que no forman parte de la estructura terrorista como tal, pero que sí mantienen un grado de comunicación e inspiración en ellos. Y pasamos del peligroso suicida a aquel que decide intentar no inmolarese para poder seguir asesinando. Modifican sus hábitos, cambian sus tácticas, evolucionan.

La labor preventiva es enormemente compleja, y puede decirse que España es uno de los países en los que mejor se está trabajando en ese ámbito, lo cual no aleja el riesgo de que se produzca un atentado. La sorpresa, la imprevisibilidad, es una de las claves de la actividad terrorista del Daesh, y el trabajo preventivo requiere formación específica, acercarse al enemigo pensando como lo hacen ellos, disponer de medios materiales y humanos, capacidad de anticipación, estrecha y abierta colaboración entre los diferentes servicios policiales y trabajar con los más modernos medios tecnológicos. Y todo ello hace imprescindible que tanto los ciudadanos como quienes tienen la responsabilidad de gobierno, sean conscientes de los riesgos, dejen de lado sus políticas locales y piensen que solo unidos se puede derrotar a medio plazo al enemigo yihadista, y solo siguiendo ellos las pautas de los expertos técnicos que saben cómo, siempre desde la legalidad, se puede combatir al Daesh. No es sencillo, y entre otras cosas es necesaria una actualización permanente de la legislación para, sin conculcar derechos irrenunciables de los ciudadanos en democracia, poder armarnos de defensas ante un enemigo de la vida en libertad que nos hemos dado.

El análisis de los atentados perpetrados por el Daesh en el último año permite entender la permanente evolución de la metodología de los asesinos. Me explica Jorge Jiménez, mi especialista en psicología criminal preferido, que el Daesh ha logrado un efecto globalizador nunca antes conocido en el ámbito del terrorismo, pero “sobre todo, ha sido capaz de generar una auto captación de miembros que solo consiguieron los movimientos sociales de contracultura de los años 60 y 70 del siglo pasado”. Y cuentan con un altavoz formidable, descomunal, que es la red, donde el Daesh sabe que tiene una de las claves de esta guerra.

El hecho de que el Daesh trabaje cada día en la búsqueda, no ya de los que puedan ser autores materiales de los atentados (que les sobran entre sus fanáticos seguidores) sino de los más cualificados profesionales del marketing, los mejores comunity managers y los más destacados expertos en nuevas tecnologías, “evidencia la importancia que tiene este terreno para ellos. Y esto no es nuevo, ya lo hizo de algún modo la música con el movimiento hippie de los años 60. El truco consiste en saber emplear un canal de comunicación directo con los jóvenes y esperar a que ellos se integren sin necesidad de hacer mucho más”.

Ya he escrito varias veces sobre los caladeros donde buscan a sus seguidores quienes manejan el Daesh. Podría decirse, me explica Jiménez, “que desgraciadamente, los terroristas yihadistas han conseguido componer el “Imagine” de los jóvenes musulmanes radicales que tienen frustradas sus expectativas. Para ellos su punk-rock, su contrasistema, su levantarse contra lo establecido, su revolución es el Daesh, que les da sentido de pertenencia y les aporta un fin para su vida: “Y por ahí enganchan no solo a hombres dispuestos a todo, sino a mujeres jóvenes, a adolescentes que ven por primera vez en la historia de su contexto político-religioso cómo tienen cabida en un proyecto social. Incluso ellas llegan a ver en ese fenómeno terrorista una acción humanitaria que les atrae, como pudo en su día atraer el fenómeno ecologista a miles de jóvenes. Una forma de identificarse con un ideal, con una lucha contra los valores que les han venido impuestos, un medio para generar una imagen identitaria que no podrían lograr en sus vidas normales”.

El Daesh sabe aprovechar los cambios evolutivos que se generan en los adolescentes: la búsqueda de identidad, la atracción por lo prohibido, la justificación de la violencia por un bien superior de carácter religioso, la ruptura con la autoridad que les viene impuesta y con lo establecido por unas sociedades en las que no se sienten integrados. Ahora no se dejan crestas en el pelo, no quieren viajar a Londres o Nueva York ni se compran guitarras eléctricas. Sus crestas son ahora la barba, su Londres es Siria, sus instrumentos favoritos son el Kalashnikov y el AK-47 y sus objetivos, los mismos, incomodar, transgredir, y además, trascender. Tienen un enemigo, nuestra civilización, que justifica todas las muertes. Que les justifica a ellos mismos su propia existencia.