¡Atención al neotrumpismo!

Aunque quedan pocos días para que Trump abandone el puesto de mando en EE.UU., la situación en este país es muy anómala: un presidente, que fomentó una algarada popular contra el Capitolio de Washington, sigue siendo el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

Anticipando este peligro, tres días antes del día señalado para la sesión del Congreso que proclamaría a Biden, The Washington Post publicó un artículo, firmado por los diez antiguos secretarios de Defensa vivos en la actualidad, insistiendo en el apoliticismo de las Fuerzas Armadas y la prohibición de que éstas puedan intervenir en contiendas electorales.

Ya se habían producido hechos que hacían temer que Trump podría recurrir en último extremo a cualquier medida para permanecer en el poder, como la declaración del estado de guerra y una repetición del proceso electoral. El mismo día de la publicación del citado artículo, Trump llamó al Secretario de Estado de Georgia pidiéndole que añadiera falsos votos a su favor para triunfar en ese Estado. Recurrir a tan visible y vergonzosa trampa revelaba la situación desesperada en la que se sentía.

Los forcejeos de Trump con el Pentágono, donde se despreciaban sus triquiñuelas para no ser derrotado, le hicieron desistir de seguir azuzando a sus seguidores y materializar con armas el golpe de Estado que se estaba iniciando. La respuesta del Gobierno fue, sin embargo, tibia e indulgente frente a los graves sucesos del día 6: más de dos horas tardaron en llegar al Capitolio las tropas del Distrito de Columbia para auxiliar a los desbordados agentes de la policía capitolina, aunque ya estaban avisadas desde muchos días antes de lo que podría ocurrir. Esto dio amplias facilidades a los amotinados que camparon a sus anchas por el Capitolio.

Acostumbrados como estamos en España a relacionar a las fuerzas armadas de ciertos países con los golpes de Estado contra sus gobernantes, nos puede parecer una paradoja que en EE.UU. haya sido la evidente exhibición de imparcialidad del Pentágono la que abortó lo que hubiera podido ser un golpe mortal a la democracia norteamericana. Los uniformados supieron permanecer fieles a la Constitución.

El discurso de Trump del día 7, mostrando su repulsa por el asalto al Capitolio, queda como un documento para la historia del humor. Lo que con él pretendía era salvar cualquier responsabilidad legal que pudiera complicarle la vida una vez abandonada la Casa Blanca o incluso frenar para siempre sus ambiciones políticas. Nadie duda hoy de que, si hubiera estado seguro del apoyo militar para seguir en el poder, hubiera completado una operación que se venía intuyendo sin más que leer sus innumerables tuites relacionados con el proceso electoral.

Pero no respiremos aliviados los que desde lejos hemos contemplado la antidemocrática aventura. La honda fractura que sufre EE.UU., la masa popular que ha apoyado y sostenido ciegamente a Trump y las varias heridas por las que sangra la nación americana hacen temer que un "neoTrump" más inteligente, menos zafio, más hábil manejando a la burocracia y más habituado a las artes de la demagogia disimulada podría reanudar la fallida operación y consumar la ruina de la democracia en EE.UU. Hay que seguir manteniendo la guardia, sin bajar un ápice las defensas.