De armas y emiratos

Tanto el Pentágono como el Departamento de Estado, al informar sobre el "éxito" de los programas de venta de armas al extranjero han resaltado que crecieron casi un 3% respecto a 2019 (incluso a pesar de la pandemia). Abrimos así el nuevo año, entre el optimismo de los fabricantes de armas y la razonable preocupación de quienes observamos qué Estados son los que las reciben y utilizan.

Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) son un Estado peculiar, tanto por su extraordinaria riqueza, basada en la exportación de gas natural y petróleo, como por la ausencia de democracia y el ostensible lujo y refinamiento en que viven las élites.

Otro rasgo distintivo afecta a la demografía: apenas el 20% de la población son ciudadanos emiratíes y más de la mitad son inmigrantes del sudeste asiático, que desempeñan las tareas subordinadas. No menos peculiar es el hecho de que la población masculina supera en más del doble a la femenina, casi un récord mundial, justo después de Catar, otro emirato del Golfo Pérsico.

Pues bien, para este país el Senado de EE.UU. aprobó a principios de diciembre una venta de armamento por importe de 23.000 millones de dólares. En el carro de la compra: 50 modernos cazabombarderos F-35, 18 drones artillados y más de 15.000 bombas. Todo ello como premio por establecer relaciones con Israel para la despedida de Trump.

En una lógica razonable esto hubiera debido ser imposible. Los EAU han desempeñado un papel esencial en la guerra del Yemen, que Naciones Unidas ha calificado como la peor catástrofe humanitaria del mundo, con más de 112.000 muertes. Durante los peores años del conflicto, que comenzó en 2015, los EAU han intervenido en él con sus ejércitos y armando, entrenando y financiando las milicias que allí combatieron. Y aunque retiraron sus tropas en febrero pasado, los EAU mantienen una milicia activa de unos 90.000 efectivos mercenarios.

Los EAU también han contribuido al caos libio, apoyando a las fuerzas del general alzado contra el Gobierno reconocido por la comunidad internacional, atacando con drones y violando el embargo decretado por la ONU.

Con estas intervenciones, se ha facilitado el renacer de grupos extremistas y terroristas, incluso los relacionados con Al Qaeda y el ISIS. El espectacular lujo de las mansiones de Dubai, Abu Dabi y otros lugares privilegiados, donde residen pacíficamente ricos expatriados multinacionales, no debería ocultar que los EAU son cualquier cosa menos un país amante de la paz.

Con estas perspectivas, y otras de análogo cariz, concluye 2020 y se inicia 2021. Perspectivas que no serán muy distintas a las del año pasado y, probablemente, a las del siguiente. A no ser que la pandemia que nos acosa y la inminente emergencia climática nos hagan cambiar forzosamente la orientación de nuestras preocupaciones vitales. A pesar de todo ¡que 2021 sea propicio para los lectores de estas líneas!