Atravesando el infierno

El Gobernador de Georgia (EE.UU.), del Partido Republicano y admirador de Trump, parece dedicar más esfuerzos a derrotar a sus enemigos políticos que a combatir el coronavirus, que ha infectado gran parte del Estado y ha causado unas 4000 muertes. Ha demandado judicialmente a la alcaldesa de Atlanta, la principal ciudad de Georgia, que además de pertenecer al Partido Demócrata es negra (como la mayoría de la población de esa ciudad), para impedirle que haga obligatorio el uso de mascarillas. Ella lo considera una venganza personal, con claras raíces políticas y racistas.

Una carta firmada por unos 2400 médicos, enfermeros y personal sanitario pidió al Gobernador que exigiera el uso temporal de mascarillas, cerrara bares y clubes y limitara las reuniones cerradas y el culto en las iglesias. Le rogaban también que aumentara y acelerara el número de pruebas diagnósticas.

Una doctora de Atlanta, firmante de la carta, declaró: "Nuestra situación se está descontrolando deprisa. Los sanitarios de primera línea están al límite, nos han dejado a nuestro aire para salir adelante como podamos, mientras el Gobernador es incapaz de hacer lo que es necesario para controlar la pandemia".

¿Les suena este tipo de conflicto a los lectores? Política y ciencia médica enfrentadas y sin llegar a entenderse. La primera, obsesionada con alcanzar o mantener el poder; la segunda, luchando contra la enfermedad, para salvar vidas. Ahora tanto más grave en EE.UU., cuando unas inminentes elecciones presidenciales tiñen todas las decisiones que hayan de adoptar las autoridades políticas a cualquier nivel y una efervescencia antirracista se extiende por el país.

La evidente incompetencia de Trump y su errática gestión del poder han llevado a EE.UU. a una situación límite. Cuando en una entrevista se le hizo ver que morían diariamente mil estadounidenses respondió: "Pues es lo que hay. Pero esto no quiere decir que no hacemos todo lo que podemos. [La epidemia] está bajo control todo lo que es posible".

En la Universidad de Seattle se predice que para el 3 de noviembre, el día electoral, habrán muerto 230.000 ciudadanos y a fin de año esta cifra se acercará a 300.000. Por su parte, un científico médico de Houston declaró: "Esto es mucho más que una amenaza a la salud de los estadounidenses: es una extensa y grave crisis de seguridad nacional". Y añadió: "Los ciudadanos normales tienen tanta inseguridad que ya no se atreven a salir de sus domicilios".

Los esfuerzos académicos por resaltar la gravedad de la situación chocan con una especie de inercia popular que acepta las cosas tal como vienen y lleva a creer que poco más se puede hacer. Además, se crea una falsa confianza en espera de una vacuna, que, según el citado científico, difícilmente será eficaz antes de mediados del 2021. Augura también un otoño agónico para EE.UU. y al preguntarle qué habría que hacer en estas circunstancias citó a Churchill: "Cuando estás atravesando el infierno lo mejor es seguir andando. No hay otra elección".

Cuando en el país más poderoso del mundo, con una tecnología y una ciencia siempre en vanguardia y con recursos casi ilimitados, observamos situaciones como la aquí descrita, es cuando menos se entienden algunos fenómenos españoles, como la reciente manifestación popular en la madrileña plaza de Colón (¿dónde, si no?), mal utilizando la palabra "libertad" para oponerse a los esfuerzos de la ciencia médica a fin de vencer al único enemigo real que hoy nos amenaza a todos: el coronavirus.

En fin, ya sabemos que en España "hay gente pa tó".