Apartamentos de supervivencia para superricos

Durante la Guerra Fría se construyeron en zonas poco pobladas de EE.UU. unos enormes silos subterráneos para los misiles balísticos intercontinentales que mantenían en vigor la "destrucción mutua asegurada", aquella estrategia de disuasión nuclear que aterrorizó a muchos millones de personas a cambio de enriquecer a las empresas del complejo militar-industrial.

Conocí personalmente a alguno de esos aterrorizados durante mis estancias en Texas y Alabama. Honrados ciudadanos estadounidenses que, en cuanto intimaban con el forastero "aliado" (eso éramos los militares españoles que allí estudiábamos), enseguida le exhibían orgullosos el armario repleto de armas de fuego que la 2ª Enmienda de la Constitución les permitía mantener. Pero ningún grado de confianza con un extranjero les permitiría abrir la entrada al refugio nuclear que algunos de ellos poseían en su patio trasero, bien aprovisionado y preparado para afrontar el temido comienzo de la guerra nuclear que la URSS iba a iniciar en cualquier momento. Solo un absoluto secreto era garantía de supervivencia personal.

Con el paso del tiempo, muchos de aquellos 72 enormes silos construidos en los años 60 y listos para desencadenar el holocausto fueron quedando en desuso, se demolieron e incluso se vendieron. La policía descubrió uno de ellos, transformado en fábrica clandestina del alucinógeno LSD, que producía un tercio del consumo total nacional. En otro se experimentaban formas de vivir artificialmente en Marte.

Un avispado empresario, que antes había sido espía, Larry Hall, adquirió un silo en Kansas por 300.000 $ (inicialmente cada uno costó 15 millones) y lo convirtió en una urbanización (llamada Survival Condo) para la supervivencia de megamillonarios. El silo se transformó en un edificio subterráneo de 15 pisos, cilíndrico y vertical, en el que 75 personas podrían resistir cinco años totalmente aisladas del exterior.

Ahora no se trata de ciudadanos aterrorizados por un posible ataque soviético. Muchos ciudadanos famosos, incluido Trump, alardean de poseer refugios "a prueba de bomba", pero su preocupación no es tanto por una guerra inminente (como durante la Guerra Fría), sino una inquietud por distintos motivos. Accidentes nucleares, colapso del ecosistema, tecnologías descontroladas y agresivas, pandemias, catástrofes naturales, caos económico y violencia popular desencadenada, entre otros.

Clientes no le faltan para sus lujosos apartamentos: un medio piso, por 1.500 millones de dólares; el piso entero, por 3.000; y áticos de 335 m2 a 4.500 millones. En total, 12 apartamentos albergarán en condiciones de máximo lujo y seguridad a 57 inquilinos, que además pagarán 5000 $ mensuales en gastos de comunidad.

Sabedor de los serios problemas psicológicos de una convivencia forzada en un lugar cerrado, ha aplicado todos sus conocimientos sociológicos -que no son pocos- para crear en sus inquilinos "la ilusión de una vida normal". Desde los ritmos circadianos que rigen la vida humana hasta comprar en el supermercado, asistir al cine o jugar con las mascotas: todo está previsto y las más modernas tecnologías de supervivencia y aislamiento total garantizan una vida cómoda durante los cinco años del contrato.

Por supuesto, y enlazando con lo antes comentado, una armería bien provista será el último nivel de defensa personal contra posibles intrusos, si fallaran los complejos mecanismos de defensa que tenía el misil intercontinental, reforzados y actualizados, incluyendo la enorme puerta blindada del complejo, capaz de resistir la explosión de un misil soviético.

El ambiente refinado y plácido de un lujoso hotel no es la finalidad buscada, recuerda Hall: "No se trata del lujo, sino de la supervivencia. Si no se dispone de todo lo demás, se puede caer en distintos grados de depresión o de claustrofobia". A ello contribuyen las piscinas, la vegetación natural, los espacios para hacer deporte, lugares de reuniones sociales y demás: "A nadie le gusta que le recuerden en todo momento que está viviendo como en un submarino".

Resulta paradójico que una instalación creada para destruir a buena parte de la humanidad se haya transformado en un refugio para quienes teman que el mundo que les rodea se ha vuelto hostil y puedan pagarse el capricho.