Setenta y cinco años de armas nucleares

El pasado jueves, 16 de julio, se cumplió el 75º aniversario de la primera explosión nuclear causada por manos humanas. Se la denominó Trinity y tuvo lugar en el polígono de pruebas de misiles de White Sands, también conocido como Alamogordo, en el Estado de New Mexico (EE.UU.).

Se hizo explosionar una bomba de plutonio de unos 20 kilotones de potencia, similar a la que poco después arrasaría Nagasaki poniendo fin a la 2ª G.M., que aún proseguía en el Pacífico tras la derrota en Europa de la Alemania nazi. Era el colofón del llamado Proyecto Manhattan, desarrollado por EE.UU. con colaboración británica y canadiense.

Su finalidad era desarrollar un arma atómica antes de que lo pudiera hacer Alemania. Merece la pena reproducir aquí el comentario de un periodista estadounidense que, como cita Anselmo Santos en su "Stalin el Grande" (Edhasa 2020), alabó la tenaz resistencia del Ejército Rojo, sin la que Hitler probablemente se hubiera hecho con la bomba atómica, y añadió, con una pizca de humor: "Stalin murió sin enemigos [...] los había matado a todos [...] pero los que estamos vivos le debemos nuestro agradecimiento".

Desde entonces las pruebas nucleares realizadas en la atmósfera por los Estados que fueron fabricando este tipo de armas han añadido al aire que respiramos los residuos nucleares de unos 428 megatones, el equivalente a unas 29.600 armas como la que destruyó Hiroshima. Las corrientes aéreas y marinas los dispersaron por todo el planeta, dañando con su radiación los sistemas ecológicos en la tierra, los océanos y la atmósfera.

Esta es la realidad tras las más de 2000 pruebas nucleares que siguieron a Trinity, de las que una cuarta parte tuvieron lugar en la atmósfera y corrieron a cargo, principalmente, de EE.UU., la URSS, Reino Unido, Francia y China, precisamente los cinco Estados, ahora nuclearizados, que configuran el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Del mismo modo que todavía se encuentran hormigas cuyos cuerpos contienen diminutas partículas de "trinitita" (así se denomina el material radiactivo formado por los granos de arena que fueron vitrificados en aquella primera explosión nuclear), los efectos de estas pruebas en todo el mundo sobrepasan con mucho lo meramente visible. Muchos fueron los pueblos que los sufrieron, pues esos experimentos se llevaban a cabo lejos de los poblados centros metropolitanos, en regiones marginales o incluso en países periféricos como Kiribati o Kazajistán. Sus descendientes aún conservan en el ADN el rastro de aquellas explosiones.

Tras 75 años de nuclearización militar del planeta parece obligado apuntar hacia una eliminación total y perpetua de las pruebas nucleares. Y aspirar, en último término, a que entre en vigor con alcance universal el tratado de prohibición absoluta de las pruebas con armas nucleares, conocido como CTBT. Aunque 168 países ya lo han ratificado (incluyendo Francia, Reino Unido y Rusia), faltan por hacerlo otros que, como EE.UU., China, India, Irán, Israel, Corea del Norte o Pakistán, parecen no haber renunciado a esa enorme aberración estratégica que se conoce con el nombre de "disuasión nuclear".

Vivimos ahora tan preocupados, porque una partícula del coronavirus pueda alcanzarnos a uno o dos metros de distancia de una persona infectada, que hemos olvidado los residuos radiactivos que sobreviven en nuestro sistema ecológico tras más de dos mil pruebas nucleares. Si a esto sumamos la amenaza de la inminente crisis climática, hay sobradas razones para tomar en serio las emergencias que nos conciernen, fomentando la solidaridad entre todos los habitantes de este planeta y la de éstos con la naturaleza en la que vivimos inmersos.