Aspectos militares de la pandemia

Hace unos días, un antiguo profesor de Historia en la Academia Militar de West Point, ahora en situación de retiro y colaborador en diversos medios de EE.UU., en un análisis de lo que podrían ser las fuerzas armadas de su país tras la Covid-19, escribía lo siguiente:

"Esta es la honda y trágica paradoja de todo lo anterior. Como el coronavirus debería habérnoslo recordado, las verdaderas amenazas existenciales para EE.UU. (y para la humanidad) -pandemias sanitarias, un posible apocalipsis nuclear y el cambio climático- son inmunes a los instrumentos militares de Washington. Buques de guerra, brigadas de infantería o acorazadas, equipos de comandos... nada pueden hacer ante los virus mortíferos, la subida de las mareas o la radiación nuclear. Por eso, la proliferación de carros de combate o de portaaviones (verdaderos caldos de cultivo para cualquier virus cercano) y las ingentes finanzas del Pentágono (más necesarias en otras partes) serán, en el futuro, monumentos a la era del desengaño americano".

No obstante tan pesimista perspectiva, la OTAN sigue en sus trece y el Secretario General aludió al impacto económico de la pandemia en una videoconferencia en marzo pasado, insistiendo en su mantra: "Espero que los aliados sigan comprometidos en invertir más en seguridad" (hasta alcanzar el 2% del PNB). Parecía ignorar el reto que ya entonces suponía la propagación de la Covid-19.

Conviene recordar a la OTAN que el panorama internacional ha cambiado mucho y hay que tener en cuenta varios aspectos imprescindibles. Es forzoso suponer que los presupuestos de defensa se reducirán en todo el mundo, puesto que se anticipa un descenso del 5 al 10% en el PNB global. El Cuartel General de la OTAN en Bruselas va a tener que enzarzarse en serias discusiones en los próximos años si continúa con sus viejos planteamientos a estilo "guerra fría".

Por otro lado, la "unidad y cohesión" internas de la OTAN, tan frecuentemente aludidas y ensalzadas, se van a ver en peligro. Ya antes de la pandemia existían motivos de desacuerdo (como la intervención turca en Siria o las amenazas procedentes de África) y ahora se anticipa la rivalidad entre los Estados por obtener fondos que ayuden a la recuperación económica de la UE tras la pandemia. La política hacia China o hacia Rusia y la errática posición de Trump en sus relaciones internacionales van a hacer difícil que la OTAN pueda establecer objetivos claros y bien definidos que satisfagan a todos sus socios.

Un tercer aspecto es cómo va a afectar la pandemia a la operatividad de las fuerzas armadas. Varias maniobras previstas hubieron de ser suspendidas o aplazadas, a la vez que algunos países europeos tenían que recurrir a sus ejércitos para afrontar la emergencia sanitaria.

No menos importante es el desapego que se advierte entre los aliados de ambas orillas atlánticas. Trump no oculta cuales son sus objetivos personales y nacionales. Nada más lejano para él que consolidar una alianza transatlántica que combata la pandemia y ayude a los países más afectados. Sus inmediatas aspiraciones electorales empañan el resto del problema.

Y desde nuestra perspectiva mediterránea, el último aspecto a considerar sería la peculiaridad del flanco meridional otánico, desde donde acechan el terrorismo, las migraciones y las incertidumbres políticas internas que se extienden por el norte de África hasta el Próximo Oriente.

Lejos de aquel alto el fuego universal con el que el Secretario General de Naciones Unidas pretendía lograr un esfuerzo mundial para afrontar la Covid-19, si ésta es vencida o neutralizada las guerras "post-Covid" serán objeto de estudio posterior como lo han sido todas las guerras que han acompañado a la humanidad desde el inicio de los tiempos. Y traerán novedades de mucho calado.